martes, 28 de diciembre de 2010

Entrada doble, o de cómo salir y entrar por distintas puertas

(1)
Una de las últimas causas por las que nunca pude soñar que no podría dormir es que, orientado al norte en un buen hotel de mi ciudad natal ―en realidad, en medio de un centro comercial, que es donde hemos nacido todos, tampoco nos pongamos estupendos―, iba a cascar de esta manera la lluvia en el cristal, aunque parezca un homenaje al bárbaro murciano que hay en casa, que lo hay, y tiene un libro así titulado, en loor al de Michaux, claro, Un bárbaro en Asia, seguido de Ecuador, en dudosa traducción de Borges los dos. Pero vaya si azota la lluvia el cristal, vaya si son regulares los hoteles, y eso que he acertado (en éste me autosecuestro), y los centros comerciales son todos de medio pelo, idénticos, y la ciudad allá arriba, más lejana y sola que Córdoba, y ya es decir. Y yo sin saber si quiero subir o no. Y sabiendo que tengo que. Sin saber si quiero llegar o no venir. Si la carretera de Sintra, que diría Pessoa... Etc.
El libro de mi amigo será de los que conserve después de la quema que se avecina mañana bajo esta lluvia de trueno mojao ―¿he dicho mohawk? En tal caso, toma, hawk― y tambor continuo, mansa, copiosa. Pero no sé dónde lo conservaré. Seguramente donde está, que está bien, mientras se me permita seguir teniendo la biblioteca repartida que se va parcelando y se disgrega. Comme la vie même. En cambio, me volveré al sur con la poesía de Pessoa. Nunca se sabe.
Además, en todos los hoteles del mundo el calor es excesivo. Mañana me toca buceo en el polvo bajo la lluvia y criba de libros, con el frío bien puesto. Gran día. Mortecino. Serán dos días seguidos de acarreo, el segundo ya con nieve.
Para más inri, mi ex me pide que rastree un disco en el que sale fotografiado su padre, en el local comercial del que he de despejar de mi podredumbre en papel ―unos dos mil quninientos volúmenes caja por caja que me deslomaré embalando y bajando, caja a caja―, que además era suyo. De mi ex suegro, quiero decir. Resulta que sé dónde está (el disco: la memoria es fotográfica), y que creo que lo puedo localizar entre todos los trastos de mi ex familia política. A mí me tenía que tocar ese papel entre tanto papel mojado. Será prioritario, pero entre los casi mil kilómetros de hoy y la que se avecina ―and then, the rain―, sé de uno que va a acabar con lomos de caballa y el humor vinagrero.
Además, el viaje ha sido pródigo en revelaciones que no voy a revelar ahora, porque no debo. Me apetece todo tanto que me estoy muriendo de ganas. De probar los miguelitos de la Roda, que sólo probé el día en que Iniesta ¡zaca! a Holanda, y en la prórroga, como debe ser, y la lecha frita de mi ex suegra, el cordero pascual y la madre que lo fundó. Pero una madre es una madre es una madre es una madre, que diría Gertrude Stein de una rosa y mi amigo Igu de una glosa. Y si una madre dice ven, pues no hay más que hablar, aunque poco antes dijera no vengas. Y los miguelitos se los regalo a mi ex, aunque ella no me dirá si le gustaron a ella o a alguno de los suyos.
Al menos llego con Dylan: primero, Thunder on the Mountain; luego, Spirit on the Water:

Spirit on the water
Darkness on the face of the deep
I keep thinking about you baby
I can’t hardly sleep

Llueve con ansia. Esto debe de ser Pamplomo. He cambiado en un día bastantes grados de latitud. Y he perdido la costumbre: en los últimos tres meses dedos de una mano me sobran para contar las gotas que me han caído encima. Y esto es diluvial y furibundo y fatigoso.
Así que no pensaba, pero me empastillo, que remedio, si a la fuerza. ¿Tengo pastillas en mi proverbial desorden? Alguna. Dijo Joe Jackson (jota las dos, por favor) que volver a casa, a la ciudad natal, nunca sería igual (que antes). Dijo Dylan que se puede volver, pero no desandar todo el camino. Corroboro ambas, y órdago a la mayor.
Y ahora, a ver si el ruido del agua que hace como que lame el cristal cuando lo azota y los fármacos de turno hacen su trabajo, porque, si no, con las horas de sueño que llevamos este menda y yo de un tiempo a esta parte, me van a encontrar hecho un rastrojo. Y mojao. Y no en Mojácar, que es donde debería estar sin ir más lejos. In my home town.


(2)
Acabo de llegar a mi casita en el sur y me corroe una duda: no sé si he vuelto o si me he vuelto a marchar. Pero es que ha sido un viaje con un inmenso malentendido, un descomunal contrasentido, un desencuentro mundial y una contradicción que ya quisiera Nietzsche. A lo mejor algún día lo aclaro. Al menos un poco.
Por todo el camino he ido acordándome de algo que me dijo mi amiga Esther. (Esther Morillas, ojo: la otra Esther, Benítez, que fue mi madre ―yo he tenido la suerte de tener dos, la que me trajo al mundo y la que me alumbró en la profesión y me dejó huérfano a deshora―, sólo me decía cosas como ésta: «Miguelito, que a ti los dedos se te vuelven huéspedes…». Y veloz consulta al refranero.) Que los amigos te quieran es indescriptible, pero si encima son tan listos como Esther, entonces cohetes.
Me dijo Esther que estaba haciendo leche frita y acordándose de mí y de mi (ex) suegra. Y entonces se dio el caso de que (a) la leche frita se le pegó a la sartén (supongo: no sé cómo se hace la leche frita), y (b) la leche frita se le hizo grumos. Como no apuró el «socarrat» y usó la varilla eléctrica, al final no le quedó mal del todo, pero ya no iba a ser lo mismo. Aunque seguro que le salió una leche frita que valdría la pena probar. Y me preguntaba acto seguido Esther: ¿tú crees que las suegras echan maldiciones como la momia de Tutankamon?
Yo no creo nada. Por todo el camino iba pensando en el verbo «belong», que no tiene nada que ver con la locución «be long». I won’t be long: no tardo nada. Belong: pertenecer, ser de algo, formar parte de, estar en donde a uno le corresponde.
Hay dos canciones de los Beatles (joder con la memoria) en las que aparece el verbo: en el estribillo de «Come Back» (to where you once belonged) y en «Eleanor Rigby»: «Look at all the lonely people / Where do they all belong?». Hay un tema de Iggy Pop que se titula así, «To Belong». Y aún hay otro de Rickie Lee Jones que dice "We Belong Together".
Por el camino oigo a Dylan, claro, aunque no mucho. Y a ciento veinte por hora, ya en Puerto Lumbreras, encuentro traducción para los dos últimos versos de «Mississippi», en hepta- y endecasílabos:

Well, the emptiness is endless, cold as the clay
You can always come back, but you can’t come back all the way

Vaya, pues el vacío es infinito,
y frío como el lodo,
siempre podrás volver,
sólo que nunca volverás del todo.

Esther también me decía que a las fiestas hay que ir vestida de fiesta, y no de trapillo. O sea, que a una Nochebuena hay que ir con espíritu nochebuenesco. No sé si he cumplido, pero lo he intentado, y al que hace lo que puede no se le puede pedir más. Es, también lo decía Esther, como ir a un entierro. Puede parecer absurdo (o a lo menos paradójico) ir a entierros de personas que en vida no nos molestamos en ver, pero que nos da pena que se mueran. Como la vida misma.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Because

Ahora que me enrosco con los audios en las orejas del i-Phone y paseo con mirada asesina y las chicas me miran mejor con mi bufanda cordobesa, verde y azul, aunque luego lo primero que digan es la palabra «marido», con el "mi" delante, chasco al canto, me acuerdo de cuando me tumbaba en un cuarto de la casa de mis padres, con los baffles pegados a las orejas, oyendo a Led Zeppelin (el doble directo,  The Song Remains the Same), Jethro Tull o la Allman Brothers Band (doble directo en el Fillmore East). El final de Cien años de soledad lo leí así, tumbado, con los baffles en las orejas, oyendo Thick As a Brick. Ahora por la playa oigo igual «The Sheltering Sky», de Discipline, King Crimson. Dudo que nadie me mire en el fondo mejor, pero miro mejor el barco inmenso. Dudo que con esta barba de caimán nadie me mire bien, cosa que me da lo mismo. Quiero ver, no que me vean.

Y no logro subir la foto del barco descomunal, que se llama Vega Taurus. Otro que viene con reparos es mi amigo Javi librero, que dice que lo impúdico de este blog le da pudor. Dice también que está de acuerdo con Roberto Valencia ―el crítico más listo que el hambre que hay en plantel― en que la novela del año es la de David Vann, que me guarda y me dará en mano en unos días. Roberto lo dijo antes que nadie. La vergüenza está en los ojos del que mira y en las orejas del que oye, igual que la belleza, aunque yo oiga «High Water», de Dylan, a todo pedo, y la cante a la vez con rabia por el paseo del mar, rabiando. (Beauty is in the eye of the beer-holder: Igu, el juego de palabras que te oí cuando íbamos en mi coche y vomitabas por la ventanilla sigue siendo impagable.) ¿Por qué no la canto con sosiego? Me sosiega en cambio una canción rabiosa, como «Sally Sue Brown».
 Ahora sí ha subido la imagen del Vega Taurus. Pero en las fotos del amanecer he descubierto otra cosa. Cuando se torna rosa el naranja del día en la franja baja del horizonte que nace en el mar es como ella. El azul de la noche que se retira arriba es como yo. Mezclan bien, se complementan según se desagregan.
La impudicia no es la patria de los herederos de Baudelaire, entre cuyas filas no paso de ser soldadito de plomo. Y milito, como Diego, que es el que resulta que le parte la pierna a su hermano Gabi. ¿O fue al revés? El que mira (beholder) es el que sostiene la cerveza (beer-holder), para los profanos. Y se la bebe, claro.
Me tomo media mañana libre, que me la he ganao. Me voy a Vera a cambiar el jerséi demasiado ceñido por otro que me haga menos gordo o embutido. El amanecer de hoy ―ya se lo dije a Jose― ha sido pa perder el seso. Literalmente increíble. O a lo mejor es que de tanto ver amaneceres se convierte el amanecer en mi prime-time televisivo. Eso que salgo ganando. Eso que galgo sangrando.
Vendrá lenta la tarde. Traerá otra lente la tarde. La guerra contra el humo pulmonar sigue su curso aunque sea tarde. «Death is Not the End», dice Dylan ahora a todo pedo en mi audio, y no oigo más. Pero en esto el genio de Minnesota no anduvo muy fino. (Por cierto: ¿por qué al meter un «uno no» no hay escritor español que no sepa hacer un hipérbaton para evitar la cacofonía del «no - no»? ¿Por qué un señor Premio Nacional flamante como Adam Kovacsis comete el error ―grave― de decir todavía que Beckett fue secretario de Joyce? ¿Por qué no se informa uno mejor? ¿Por qué algunos lo sabemos todo y otros no saben nada? ¿Por qué no sabemos nada unos y otros lo saben todo? ¿Por qué los otros juegan con ventaja, sepan o no? ¿Por qué llama mi hija ahora preguntando el porqué? ¿Por qué ha de haber un para qué en cada una de nuestras acciones? ¿Y si no hay para qué, por qué? Just because, aunque sea injusto y no haya porqué.)
Cierro el paréntesis. De finuras ahora no voy a hablar, bastante cubista voy, y eso en prosa sólo es por la prisa que apresa. Because a veces significa "porque sí",  sin más. Pero eso lo sabe bien mi hermano Juan. But...

domingo, 19 de diciembre de 2010

Ex


Estas tardes de domingo, de curro y fútbol, cada vez me encogen más el corazón. Vale, ya lo he oído, cocina: si corazón no tienes… Y es verdad que no tengo corazón, igual que esta tierra. Me quedo pues  descorazonado, capte el matiz quien sepa. Así que estas tardes de domingo pues me encogen el bazo o los cojones, que hígado no tengo, y me descoyuntan las vértebras. Llora el pequeñajo de los vecinos en el descansillo. Se acabó la lluvia que ha empañado el alma de estos dos días. Pero he hecho un descubrimiento. Lento como soy en todo, me acabo de enterar. No de todo, claro.
Me acuerdo de otras tardes de domingo de curro y fútbol en casa. Gran concepto, casa, excluido de mi vocabulario. Gran sustantivo que ya no dice nada. Ahora sería un cúmulo de adjetivos, pero no es el momento.
Vaya por delante que este blog sigue una máxima baudeleriana: se trata de mon coeur mis a nu, algún acento se me olvida y no lo pienso poner. Al que le desagrade, que le zurzan. A quien pida cautela, que pierda cuidado. Los riesgos están asumidos.
Y el Almería, que va siendo ―natural―, mi tercer equipo, la caga con el Getafe (2-3), tras haber ido ganando un buen rato. Es que es mucha la jeta la que tiene el Geta.
El ZGZ no vale un pimiento, pero los pimientos rojos de Osasuna no están para guindillas. Suena ―leo, quiero decir que leo, pero Leo Franco― antes de acabar, que los rojillos y los blanquiazules dan por bueno el reparto de puntos exiguo. Pero no eximio. Un 0-0 es lo peor.
He entendido de pronto algo que debiera saber desde hace mucho: lo que es el exilio, lo que es la expulsión, lo que es ser un ex. Es una decisión consensuada: me excluyo, te eximes, te exfumas, te extampo… (Basta de juegos: basta, todo es ex.)
En mi caso no median circunstancias políticas ―o sí: la familia funciona de manera micropolítica, como una micromonarquía republicana; no diré que se consensúe nada, porque todo está consensuado―. Ex hijo, ex padre, ex hermano. En eso me he convertido, por arte y gracia de dios (En esta frase hay un error que no pienso corregir: ¿tiene arte dios? No creo). Y de quienes tienen la ley en la mano: mi hermano, mi padre, mi madre, mis hijos, mi ex. No de mí, que de leyes, ¡uaca!
Pero en esta Almería que es mi México republicano particular, y el clima no es disímil, de pronto lo he entendido ahora que la lluvia escampa y vuelve el tiempo bueno. Los poderes que son ―poderes fácticos, vaya― no desean moscas que molesten. A las moscas se las espanta. ¿Se las expanta? Y si uno se tiene que ir, pues se va. (Ya, ya te oigo: si hay que ir se va, pero… ir paná es tontería. La que extoy, sin ese, bonito juego en inglés, a punto de cometer yo) Recoge velas uno a todo trapo y se larga. ¿A alguien le extraña? Te han expulsado ―hay un relato de Beckett titulado así, L’expulsé―, luego te largas. Te has hecho expulsar. Sin extrañezas. El ex dolor de la ex espalda es como el dolor de la espalda, pero en pasado. Ese sitio donde se hace todo de manera diferente. El ex fumador ―en trámite, todavía no del todo― es el fumador que no fuma. El recuerdo es lo que queda. Todos los ayeres. Y quedan los mañanas, ya lo decíamos ayer, con Luis de León, excarcelado.
He soñado que le partía la tibia y el peroné a mi hermano en una entrada criminal. Yo no sabía que era mi hermano el de la camiseta negra que llevaba el 7 a la espalda. No nos jugábamos nada, un balón dividido, el pescado estaba todo vendido, minutos basura, el empate nos valía a todos. La entrada era de roja directa ―era una entrada sonrojante― y era de muchos partidos de suspensión. De todos los partidos. O acaso lo sabía, sabía que era él. O no, en el sueño no lo sé. Pero le partí la pierna entera. (Para los Galeanos y los Sorianos y los Valdanos y los Cruces y los Suárez, buen argumento para cuento futbolero.)
Llora el peque de los vecinos en el descansillo. Se llama Miguel.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Cerrado, no por vacaciones


Son las doce de la noche y me fumo el quinto del día, y llevo de pie desde las seis. Nunca he tenido menos ganas que ahora de irme a la cama o de quedarme trabajando un rato más. En realidad, ni siquiera tengo ganas de fumar, es un gesto adquirido, un reflejo. Lo suyo sería darse una vuelta, pero… Me he dado seis. Tampoco he tenido nunca menos ganas de viajar, ni de quedarme, es un espejo. Ni de ver llover, ni de que salga el sol. De apetecerme algo, sería leer a Proust. O a Beckett. (A mis clásicos hay que darles un respiro, que, si no, ahora toca Garcilaso, y entonces me muero de pena, y de pena ya voy muerto, y sin embargo redivivo.) Pero estoy cansado, con dolor de dorsales, con el mal humor del abstinente.
(Mañana amanecerá impecable y puntual, ahora que los días se acortan.)
Vacaciones, el traductor autónomo no tiene. Así que cerramos el chiringo por causas. ¿De fuerza mayor? Por causas, punto. No ajenas, ojo. Si podía quedarme donde estoy sin que pasara nada… ¿paqué me voy a que nada pase?
Además, cambio de oficio en unos días y me convierto en transportista Zatopek (Jose Andrés Rojo, querido: no es Zapotek, gran post en tu blog, y el de Kertesz más), me convierto en trasladador sin ladrar de mí mismo, y de mi hija, y de una amiga suya, para pasar los festivos más raros del mundo mundial: voy a pasar las festividades de la compañía bien solo, cerca de la compañía, cuando podía estar acompañado, lejos. Voy a desembalar mi biblioteca.
Casi mil kilómetros para encerrarme en el polvo de mi biblioteca sumergida, de la que hay que disponer, y en un hotel de la periferia de mi ciudad natal. No está mal. Para ser raro, claro.
Disponer quiere decir, no sé si es eufemismo, liquidar. Resulta que hoy no es ayer. Y ayer no es hoy ni de lejos.
Se me va la mano a la caja de tabaco y la mano se para sola. Paqué voy a fumar, si puedo correr pasado mañana como Emil Zatopek. (Jose decía el otro día que sin tabaco me fluyen mejor las ideas traduciendo Sueño. Pero Jose es demasiado caritativo, y me perdona los cabreos. Y traduciendo Sueño mis ritmos de fumador han llegado a cotas de las que más vale que nadie sepa nada, porque andaba con tres manos: dos en el teclado y el ratón, y otra fumando, en una de mis dos bocas, mientras con la otra reñía con Jose, y media docena de pantallas abiertas, más el original, y el diálogo con él. Pero ha sido una bella empresa, como lo es el dejar de fumar.)
Sueño el de anoche, premonitorio: me desvelo a las dos y a las cinco se confirma lo que decía el sueño. Son secretos entre mi hija y yo. Dan un poco de miedo estas cosas, soñar que una cosa pase y que en tan corto periodo pase de verdad.
Sólo espero que entre kilómetros y llegadas y ausencias y desalojos me dé tiempo a terminar la intro a los cuentos de la Dinesen. Ese miedo a entregar no se vencerá nunca. Entregar: deliver the goods. En realidad quiere decir «cumplir». Y a sentarme en una mesa el 27 con una ausencia señalada, impertérrito. Y no echar de menos nada. Vivir es despojarse. Y por los 5 roscos en Cornellà tendríamos los culés que pedir disculpas, y saber que la racha no durará.
Volveremos el año que viene, y el año que viene será ayer. Quiero desear todos los mañanas del mundo a quienes me leen, con el agradecimiento de todos los ahoras.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Los clásicos, escudos


A mi madre

Joder, anteanoche Quevedo ―pasando por Carlos Edmundo de Ory― y ahora me da el punto Luis de León. Aquí va sólo el final de «Virgen que el sol más pura», y en mi anticlericalismo cada vez mayor tiene cáscaras que me acuerde de estas cosas y de don Jesús Cañedo, que me las enseñó (también me acuerdo de Bataillon, de Henríquez Ureña, de Rico, que no me las enseñaron, pero me las contaron: me acuerdo de todo lo que hubiera sido si el humanismo hubiera triunfado sobre la cerrazón de la Iglesia):

Virgen, por quien vencida
llora su perdición la sierpe fiera,
su daño eterno, su burlado intento;
miran de la ribera
seguras muchas gentes mi caída,
el agua violenta, el flaco aliento:
los unos con contento,
los otros con espanto; el más piadoso
con lástima la inútil voz fatiga;
yo, puesto en ti el lloroso
rostro, cortando voy onda enemiga.

Virgen, del Padre Esposa,

dulce Madre del Hijo, templo santo
del inmortal Amor, del hombre escudo:
no veo sino espanto;
si miro la morada, es peligrosa;
si la salida, incierta; el favor mudo,
el enemigo crudo,
desnuda, la verdad, muy proveída
de armas y valedores la mentira.
La miserable vida,
sólo cuando me vuelvo a ti, respira.

Virgen, el dolor fiero

añuda ya la lengua, y no consiente
que publique la voz cuanto desea;
mas oye tú al doliente
ánimo, que contino a ti vocea.

Pero la Virgen María y yo no somos amigos (aquí, el poema entero se puede oír leído por Dámaso Alonso, nada menos, y suena bien, con voz límpida, sin empastar:
Enemigos tampoco somos la madre de dios y yo. Somos dos desconocidos que ni siquiera se han cruzado en el metro. Pero conozco bien a quien tiene hilo directo con Ella.
Y resulta que una de dos: o mi versión en papel es flaca o las que veo en Internet insuficientes, o, tres, ando corto yo de vista y flaco de tiento, porque no concuerdan. Hay dos versos que dicen «Siento el dolor, mas no veo la mano. / Ni puedo huir ni me es dado escudarme». Por ahí es por donde me acuerdo de fray Luis, injustamente encarcelado en Valladolid, junto con un tal Martínez, de raigambre tan hebrea como él. A la vuelta al aula le salió ese eterno «Decíamos ayer…»
Luego de los años de cárcel, algo más de cuatro, Luis de León publicó su traducción del Cantar de los cantares. Esto lo dejo en manos de los que saben, pero resulta que esa traducción es uno de los grandes clásicos de la lengua en que hablamos. Escrito en hebreo, resuelto en español del xvi. A ver si nos vamos enterando del status que, a veces, tiene la traducción. Y sí, a qué negarlo: creo que acabo de rezar. A mi manera., sin saber para qué. Será por el impacto que me ha causado oír ―ver― a Estrella Morente delante del féretro de su padre, cantándole

Granada, no tengas miedo 
de que el mundo sea tan grande, 
de que el mar sea tan inmenso. 
Tú eres la novia del aire.
La de la sombra de plata,
la del almendro, la que parece de nieve 
y por dentro es fuego.
Tú eres rosa del rocío, 
amor de los ruiseñores, 
lamento del agua oculta 
que canta en los surtidores.
Granada del alma mía, 
si tú quisieras contigo
me casaría esta primavera.

martes, 14 de diciembre de 2010

Tous nous sommes Franz


Anteayer me rompe el pecho derecho;
hoy va todo torcido, al revés;
intraducible, reseco, estrecho.
Con la tontuna que vas, vienes, ves.

Ganas de fumar sílabas me quitan;
las tres de su nombre llenan la cama.
Y ganas de otras cosas me marchitan
y despacio se me va la mañana.

Sale el sol, no luce el día, se mete.
Tuerce el verso, y quien quiera entiende
y que fume ceniza dios si puede.

Las aes sin ti son aves de paso,
el sol sin las dos no es más que rayajo,
y uno es tan sólo un escarabajo.

lunes, 13 de diciembre de 2010

La bufanda


La bufanda que siempre quise tener me la regaló ayer ―usada― un catedrático de derecho penal (de la Universidad de Córdoba, lejana y sola, igual que es Jaén un niño en el regazo de su madre, "envuelto en cendales de leche y bruma") que circula en moto grande y voluptuosa y es la generosidad grande en persona, sólo porque le dije: llevas la bufanda que siempre quise tener. Verde y azul. No la pierdo ni en Venecia ni en París, ni en Jaén, ni en Córdoba. Al mismo tiempo, me dan definitivamente con la puerta en la narices y coloco por gentileza de un amigo bibliotecario de Barañáin media biblioteca, la de no usar ya ―que tiene uso para otros, fijo como un móvil―, en la Biblioteca General de Navarra, plazuela de San Francisco, a la vuelta de la calle Nueva, aunque yo siempre llegaba por Mayor y Eslava, cuando estudiaba allí con la idiota de mi primera novia, que no fue la primera, y era idiota de remate. La primera fue, mucho después, mi mejor mujer. Y es lista como ella sola.
Vienen fechas señaladas. La puta Navidad es como la regla en la mujer. Viene. Y te la comes o no, pero viene siempre igual. Y te la comes. Como dice bien Carlos P., cuando toca, toca. Y hay que hacerlo, camarada. Lo noble es hacerlo y encima sin por qué y sin fumar. O acaso sea lo más innoble. Lo más sensato es callar.
El problema de espalda y las bombillas que se funden solas cuando enciendo el escáner y que no me acuerdo de comprar en el súper, si las hay, se acrecienta con esto del no fumar. He tirado el mechero al mar. Algún buzo fumador lo sacará del fango dentro de cien años. Y mi novia, mi mujer, la que me regaló el mechero que era infinitamente más que un mechero, seguramente buceará con él. Suenan como cada noche las trompetas de los ensayos de la puta Semana Santa. O sea: es Navidad.
Alan Munton, a principio de este año, me recordaba lo que es el mechero, una alianza de hierro tosco y humilde, como el anillo que exhibe no me acuerdo qué personaje de Shakespeare en Love's Labours Lost.
Bufanda, biblioteca, mujer, mechero, inquina, trabajo, afecto: hay cosas en esta vida que no tienen ni pies ni cabeza. Pasan cuando no deberían pasar. Mejor no entender. Mejor aceptar. Mejor aprender, que el día mejor se hace corto, y no es largo el hilo con que te atan. Los planes están para cambiarlos. A Enrique Morente se lo lleva por delante, en apariencia, un error ―humano― de un cirujano llamado Enrique Moreno. Lo bueno de ir a mi ciudad natal ―¿he dicho volver?, apud Joe Jackson― es que podré recoger Omega y volver a oírlo. Discazo. En mi memoria, Morente canta a Lorca con Lagartija Nick. Leo en prensa que la humildad que sólo tienen los genios era una cualidad que adornaba al cantaor granaíno. Los genios no son humildes. Son genios. Y a veces son humildes. Podré recoger Omega si puedo entrar en la casa del padre, claro.
He visto que las cajeras del súper me miran mejor con mi bufanda nueva. Mientras levanto las botellas de Vichy para ponerlas  en la cinta me da un tirón dorsal que no veas. Me muero de las ganas de fumar. (Me muero de la risa no es lo mismo que me muero de risa, nota para académicos.) Y pienso que si ahora, con mi bufanda nueva, entrase por Mayor desde la Taconera ―los Jardines, llamaba mi ex suegro al parque, ¿o decía el jardín y yo ya no me acuerdo, echándolo de menos?, y en ese parque estuvo más de una vez con mi hijo, ahora que busco con desespero a mi otro hijo y que el ex suegro de mi otra mujer no me quiere ver ni en pintura―, no estaría nada mal sentarse un rato en la Biblioteca General ―un poco militar es el nombre, sólo los militares generalizan― y pedir que me sirvieran uno de los libros cedidos por cortesía de Adela González. Una primera de Cien años de soledad. O varias de Onetti subrayadas y leídas en Puentedeume. O de Rayuela. O Conversación en la catedral. O los libros de lingüística, los Coseriu y los Hjemlslev. O una primera de Gamoneda. O alguna otras joyas, o cualquier cosa que ya no sea mía. Y que nunca pudo serlo, como el cariño. Como el humo que se te mete en los ojos. Como las mejores bufandas que se puedan soñar. Azules y verdes.