viernes, 21 de enero de 2011

Ventear, aventar. Avenir.

Me levanto de la cama: es un gesto inconsciente. No lo es tanto ponerme unos calcetines, porque hace un frío que cuaja, y el lucero del alba (¿o sigue siendo Venus, si desde donde yace ve cómo Venus nace?) plantado en medio del balcón y bien anaranjado. Con un buen té entro en calor ahora que se está acabando, como mi mal me. Los gitanitos del barrio arrancan sus furgonas. Pensamientos telegramáticos, lenguaje bloguero, no sé yo si te o me. Ahora que los perros callan, denuncia previamente interpuesta, ladran los gallos otra vez. Será que ventean la muerte. Ventear es todo lo contrario de aventar, verbo descubierto de adolescente en Miguel Hernández, antología de Taurus que fue de la tía Concha (¿la conservo aún, con el retrato a tinta del poeta que hizo Buero Vallejo en cubierta, encarcelados los dos en Alicante?). Creo que no. Decía, en «Vientos del pueblo», «me esparcen el corazón y me avientan la garganta».
Más o menos a la misma hora en que moría mi amiga L. la semana pasada, estando yo en Nerja sufría una especie de espasmo intercostal que no se me ha pasado, pero que me parece que remite. 48 horas más tarde, en medio de la humedad del suelo de una bajera de la calle Gaztambide, en Pamplona, a la vez que un transportista se llevaba una treintena de cajas de mi ya descarajada biblioteca, mi ex encontraba ―y no es azar― una carta de mi amiga L., de la que voy a reproducir ―a traducir― un párrafo. Mi ex me copia la carta en un archivo tif que tarda un año en abrirse, y aún no amanece. Me dice: «Supongo que esto es tremendamente emocionante. A mí me ha dejado completamente impactada. Con el movimiento de cosas, cajas, ropas, bolsos y demás ha quedado en el suelo, cerca de la humedad, y el sexto sentido me ha hecho mirar qué era, ya que estábamos con la cabeza en tirar todo lo que pudiésemos. Me he quedado paralizada. He guardado la carta en tu estantería como quien guarda un tesoro que no puede decirle a nadie que ha encontrado. En un principio no te lo iba a decir tan pronto, pero he pensado que es una cosa tuya y mi voluntad no manda. Es su magia, y su luz la que se ha hecho presente, y te pertenece, la que Ella te da, la que está en ti. Disfrútala, Miguel. Todo esto te digo, sin saber lo que dice». (Porque la carta de L. viene en inglés, y mi ex pues no.) Añade que «te la guardo entre tus mejores libros, entre tus tesoros».
Si hay alguien más lista que el hambre, ésa es mi ex. Que además es guapa que no veas. Aunque haya que corregirle las tildes.
En esta madrugada no la voy a volver a leer. Pero sí quiero reproducir, digo traducir, para mi ex, el penúltimo párrafo. Dice L.:

Espero de veras que tu conferencia en Granada salga adelante para que puedas venir a vernos. Y también espero que la afluencia de los trabajos de traducción se mantenga. Repasando tu carta, veo que me dices que Samuel se ha hecho mayor y está bien majo, aunque un poco exigente, cosa que atribuyes a que es hijo único, aunque yo te diría que ser exigente es sinónimo de ser niño, sobre todo en momentos muy concretos de la infancia. Recuerdo un momento en que a mis hijos, a mi hija E. en particular, no le hacía ninguna gracia que yo hablase con otras personas y me exigía toda mi atención. He visto que esto sucede en otras familias y me ha llamado la atención este comportamiento, que seguramente indica un momento de inseguridad (y, por tanto, de sensibilidad especial) en relación con la identidad del niño, siendo sus padres una especie de depósito de la energía que el niño proyecta. Tú, pese a ser padre, estás dando a otros lo que el niño necesita desesperadamente para sí y para consolidar el sentido que de sí tiene. A fin de cuentas, seguramente eso es lo que significa toda la exigencia.

Si ella ―mi ex― se anonada, yo me quedo ojoplático. Oséase, atónito, Cuánta razón, cuán sabias las palabra de L. Y qué inmensa la amabilidad de mi ex. Inmensa como su sabiduría y su belleza. Lo de menos son las tildes.
         La carta de L. no tiene fecha, pero la cifro en 2006, más o menos. La conocí en 2003 y se nos acaba de morir. Venteando el aire del amanecer con el té en las manos y el lucero del alba enfrente, aunque sea Venus, y aventando mi pena, pienso en el avenir, léase, en el futuro, que será largo, ya lo decía el filósofo marxista asesino. Ojeo la prensa, veo la autoconmemoración de Babelia, merecida, y me acuerdo de cuando Babelia aún no era Babelia, y era el suplemento de Letras y artes, o al revés, o Artes y pensamiento, no me acuerdo, con nostalgia me acuerdo.  Y vaya si cantan los gallos, más que ladraban los perros. Me acuerdo de Conte, un padrazo. Veo el retrato de grupo ―hilarante― que se cascan los editores al señalar cada cual su momento señero de estos 20 años. Veo los retratos individuales que hace cada uno de sí y ya no me río tanto.
         Y como ya me he alargado más de la cuenta, cierro el chiringuito. La semana que viene no habrá entrega, que me voy a Madrid con el frío, a ver a los editores amigos y a mi hija. Ahora voy a ver si los dedos me siguen la velocidad del pensamiento. Voy a ver. Si.

PS:  Aquí, el obituario escrito a medias con Lucas Martín: http://www.elpais.com/articulo/Necrologicas/Lynda/Nicholson-Price/musa/poeta/traductora/elpepinec/20110123elpepinec_1/Tes

martes, 18 de enero de 2011

Los ayeres, los collares, las perlas

A Adela, claro;
a Amalia, desde luego;
en memoria de Lynda


Uno de mis tres mejores poemas es una silva, sietes y onces ordenados casi al azar, y lo digo porque a lo mejor hay quien no se entera. Para colmo, contiene el mejor de mis versos, ese interrogante con las tres elles. Además, es el último ―cronológicamente― de los que se recogen en La coz en el tintero, libro que seguramente ya sea inencontrable, cosas de su editor pasajera y afortunadamente ya no amerluzado, en el que va reunida toda mi poesía, 1988-2008. En mi editor confío, porque lo merece. Y me equivoco cuando digo que el libro es inencontrable y que mi editor es un merluzo. Son cosas que pasan, a todos nos pasan. Y por fortunas mejores son cosas que pasan, son toros pasados. Me he acordado del poema al escribir una introducción a los Cuentos reunidos de Isak Dinesen, que publica en breve Alfaguara, porque resulta que me encuentro retrospectivamente reñido ―¿he dicho reunido?― con la magistral cuentacuentos danesa.
Sin modestias indebidas, el poema que escribí (que a mi editor le gusta, y de tonto no tiene un pelo: por algo fue él quien lo publicó) es éste:

The End
(New Beginning)

La partida ideal de ajedrez sería la que concluyera
con las piezas en sus posiciones iniciales.
―Samuel Beckett

En este fin en que todo comienza
ahora que la función termina,
cuando todo renace,
y nada es igual
si ahora nada cambia
y todo es todo ahora,
veo acomodarse en tus pechos,
abalconados siempre,
dos cucharadas de flan en mi boca,
ese collar de perlas
patinadas de tiempo:
de mi madre desde que yo respiro
―y mira si ha llovido―,
hoy adorno tuyo para los restos.

Cada perla a caballo
entre animal y piedra
roza tu piel donde la suya
rozara, y el mismo broche esmeralda
tan de memoria posado
en su hueco, en sus estragos,
hoy idéntico luce en la base de tu cuello.
Años luz el enigma,
la claridad de tu rostro sereno
en las perlas se espeja
como la luz de su semblante claro
y es certeza: que cuando todo termina
gracias a ti empieza.

Arden otra vez los álamos: humo
de pavesas es cuanto de mí queda,
el humo que se te mete en los ojos
cuando en tu nácar opalino y borroso
no estoy ni por asomo.
¿Mejor valle ha de hallar tan noble lluvia?
Agua hecha relumbre,
¿cauce más acogedor puede encontrar
que tu seno generoso?

Ese collar tantos ayeres suyo,
tuyo ahora en tu orgullo,
         mañana será prenda,
rosario entre mis dedos descreídos,
si no es ni ha sido prueba
intachable, venga Dios y lo vea,
vengan las muertas de envidia
o mejor que no vengan,
de que cuando ya todo estaba visto
para sentencia, con sólo un regalo
vuestro una vez más empieza.

El cuento de la Dinesen, «Las perlas», se encuentra en sus Cuentos de invierno, que es de 1942 y tengo en la cuarta edición de Alfaguara, de febrero del 86. En él, una pareja de recién casados hace su viaje de novios a Noruega. A ella su marido ya le resulta decepcionante, y ella sospecha que tampoco está a la altura de las esperanzas puestas en su unión. Se le rompe el collar de perlas que su marido le ha regalado, y las 52 perlas ―como las semanas del año, como los años de casada de una abuela― caen rodando. Las recoge todas, las cuenta y las lleva a un zapatero, que se las ensarta en un hilo nuevo. El zapatero acaso sea el diablo; por el camino, ella se encuentra con otro extraño individuo, que resulta ser Ibsen, el autor de Casa de muñecas. El jeroglífico de su destino queda abierto ante ella. Tiempo después, tras un paseo por el monte, al cabo del cual reconoce que está mejor sola que con su marido, decide por fin contar las perlas del collar, que después de la reparación siempre le ha parecido distinto de como era antes, más liviano, como si el zapatero le hubiese hurtado una. No es así, sino todo lo contrario, y ahorro al lector el desenlace: es en el cuento de Isak Dinesen donde ha de leerlo, en la carta que la joven esposa manda al zapatero para preguntarle qué ha pasado. En otro de sus cuentos, tomado de Últimos cuentos (1957), el titulado «La temporada en Copenhague»―, cuando el destino está a punto de separar a la bella Adelaïde de su amado Ib, el narrador (¿narradora?) dirá que «la mitad vale más que el todo». Es, como muchos otros, un cuento que permite la aglutinación de los campos simbólicos, alegóricos y filosóficos, el medio perfecto para poner debidamente en tela de juicio el caos y la crueldad. La soledad es preferible antes que el falso amor. El libro de la Dinesen lo estaba yo enviando a Copenhague a una amiga, una hermana, sin saber que en cuestión de horas iba a tomar un avión presurosa para venir al sur a incinerar a su madre, que acababa de morir.

Y así descubro que mi silva, escrita con motivo de un cumpleaños de mi mujer, en el que mi madre le regaló un collar de perlas suyo, esmeralda incluida, ya estaba magistralmente escrita por la danesa universal, que tiene, ahora caigo, un notable parecido físico con la madre de mi amiga, de mi hermana, a la que prometí subir a ver a la Alpujarra en cuanto florecieran los almendros, que son las perlas vegetales. Ya no podrá ser.
Durante todos los años en que Adelaida ha sido mi mujer he llevado en el bolsillo, y ahora está encima de la mesa, la alianza, la funda de un mechero Bic de los pequeños, que tiene ya tan perdido el baño de cromo que no se lee le palabra «Aquitaine». Es una habichuela del color del plomo. Sigue pesando en mi bolsillo y sigo acariciándola, sigue teniendo todo el sentido del mundo, aunque sólo sea para mí. No me desprenderé de ese aditamento ni siquiera ahora que dejo de fumar, a punto estuve el otro día de tirarlo al mar. Irá conmigo a donde vaya. Shakespeare y Keats tienen sendas referencias a una humilde alianza de hierro, frente a las altivas alianzas de oro. Una vez, en un pueblo de Málaga, lo consulté con mi amigo Alan Munton, pero no llegamos a conclusiones claras. Ni falta que hace. Podría buscar ahora el pasaje de El mercader de Venecia, pero no lo haré. Es mi anillo de humilde hierro... etc. Ese pedazo de hierro color de plomo es mi alianza de hombre descasado. Es igual que ese collar que llegó tarde a manos de su dueña, y que ahora supongo que descansa en una funda aterciopelada. En aquel amago de reinicio no comenzó nada: todo había terminado. Con el fallecimiento de la madre de mis hermanos, Carlos y Emily, sucede todo lo contrario: la memoria de su madre alumbrará todo lo que ahora empieza. No olvidaré jamás la dulzura con que, a poco de conocerla, me dijo: "Listen, Miguel, I don't want to be written about".

miércoles, 12 de enero de 2011

Desprendimiento (y no de retina)


Me llama mi librero de la ciudad antigua para confirmarme que las casi treinta cajas de libros que preparé durante los días 24, 25 y 26 del pasado diciembre, un 25 por ciento aproximadamente de mi biblioteca, aunque al ya no darles mucho uso pues mucho me temo que el pronombre posesivo no ha lugar, pueden en efecto pasar a su disposición, para que les dé la salida que estime oportuna, que será la que ya dio en su día a una partida algo menor y mucho menos jugosa, puesta en su poder cuando aún creía que estos 1.500 títulos, tiro por lo bajo, podían dormir el sueño de los justos en un local comercial que no se destina al comercio, del que sin embargo se me pidió que desalojara, y así se ha hecho.
En breve, mi librero, que es de los buenos, tendrá esos 1.500 títulos (tras haberse quedado los privilegiados, que los hay, con lo más granado del lote) y los pondrá a disposición de unos cuantos amigos ―suyos― bien escogidos, que encontrarán joyas a precio de ganga. Sé que no los pone directamente en las mesas de venta al público, sino que monta una especie de covachuela o rebotica a la que sólo tienen acceso los más fieles. En todo caso, por mi parte, mera operación de reciclaje, o desprendimiento de lo que ya realmente no voy a necesitar, y sólo molestaba en donde estaba, y tiene todo el derecho del mundo a una nueva vida, un nuevo recorrido, a descansar en otras manos, bajo otros ojos que vean mejor que los míos.
La sensación, naturalmente, es controvertida. Creo que hago bien. Lo hago porque más remedio no me queda. En el fondo, algo me escuece. En esta tanda se van casi todos los españoles e hispanoamericanos amasados (no he dicho acumulados: amasados a mis pechos) a lo largo de muchos años de ejercicio lector, quitando alguna que otra excepción (ejemplo: no fui capaz de meter en ninguna caja ni Rayuela ni ninguna de las obras de Torrente Ballester, ni bastantes cosas de poesía hispana de los 70 y 80 y 90; otrosí, me dio tiempo a hacer partijas, cajas destinadas a mis amigos, a los que no residen en la ciudad antigua, de los cuales el más beneficiado ha sido Juan de Sola, que se lleva un puñado de joyas alemanas traducidas, que a él seguramente no le harán falta).  Y justo es decir que años antes ya había expurgado todo ese sector de mi desembalada, desencuadernada biblioteca, y me había quedado con lo principal, aunque ahora no lo tenga a mano. Me consuela lo justo saber que algún partido le sacaré, y que mi librero, aunque me quede a mil kilómetros, me permitirá tener otro puñado de euros en cuenta a mi favor, para ir retirando lo que se me ponga y cuando quiera. Lo comido por lo servido, do ut des. Cierto es que la segunda acepción de desprendimiento, léase, «generosidad», aquí mucho no pinta. Al mismo tiempo, me libera haber soltado todo ese lastre que estaba estorbando, aunque no a mí.
Desde luego, en este piso enano y con tanto helor nunca habrían tenido cabida, y en los otros dos pisos del norte en los que sí está el grueso más valioso de mi biblioteca, con el posesivo en su sitio, era imposible que cupieran.  (Cualquier día llegará otra orden de desalojo, fijo.) Me vienen de golpe a la memoria dos libros dedicados con afecto, y no son los únicos: Amores patológicos, de Nuria Barrios (aquella entrevista que le hice para «El país» en el lago de la Casa de Campo, charlando mientras veíamos a los patos amarse), y El soldadito de porcelana, de Horacio Vázquez Rial, que es un novelón de los de antes, y que recomiendo a quien me lea.
Sin caer en desafecciones, a veces no queda otra que librarse de los afectos. Habrá otros a quienes afecten esas dos novelas, tan disímiles, tan buenas, así como habrá otros a quienes otros libros del lote les supongan un puñetazo en la cabeza, como a mí en su día, como quiso Kafka que fuesen los libros válidos. ¿He dicho valiosos? Creo que no.
Con todo lo cual, y tras esta semana malagueña, de la que he vuelto al desierto con ciertos perjuicios para la salud que poco a poco se irán remendando, digo yo, me vuelvo al mundo de los pocos libros, dejando el de los ya demasiados para Gabriel Zaïd y sus secuaces, entre los cuales me cuento, así sea por deducción. «Deducir» es «restar», y es por tanto primo de «reducir». Y la vida es en el fondo como una salsa que conviene reducir a lo indispensable, no vaya a quedar aguada. Aguadas, las acuarelas.

jueves, 6 de enero de 2011

Twelfth Night


De todos los regalos que me ha hecho mi padre ―el cero del primer Scalextric, los libros, la vida, y algún tortazo― tengo un recuerdo raro de una camisa de vaquero anarquista, si tal cosa es posible, roja y negra, que me trajo de su primer viaje a los Estados Unidos, a Filadelfia exactamente, que no es territorio de sheriffs ni de Billy el Niño. Creo que también hubo un  pantalón a juego. Yo tenía seis años. Él volvió ufano. Seguramente, pero esto no lo recuerdo, venía con pistola incluida, de plata, con cachas nacaradas. Recuerdo la camisa. En su día tuvo la misma o mayor trascendencia que tendría regalarle hoy a un niño, a mi hijo pequeño por ejemplo, una camiseta de la Roja. Era roja entera, salvo los hombros, que eran negros. Es la camisa que he querido llevar toda la vida, leyendo, jugando al Scalextric, paseando por la playa, dando una conferencia. Aún la busco. Un día seguramente se fue al tacho de la basura porque se me había quedado pequeña. No recuerdo que ninguno de mis hermanos menores la vistiera.
De todos los regalos que me hizo mi mujer tengo en especial estima un molino de trigo, manual, que está en su casa como si no fuera mío. Es lo único mío que hay en sus vitrinas. No lo voy a reclamar, porque allí están bien esas dos piedras blancas que encajan como guante en mano, que habrían de triturar el cereal costosamente cultivado para luego amasar el pan, y porque aquí no sabría dónde ponerlo. Me lo trajo de Túnez.
De todos los regalos que me han hecho mis hermanos tengo especial aprecio por uno de Juan, en el que me retrata en mi biblioteca ya definitivamente disuelta.
De todos los regalos que me han hecho, y de los que ya no me acuerdo, tengo un aprecio especial por el aprecio emocionante que noté en todos: la portada de Íñigo para un libro inexistente que adorna mi estudio deshabitado en Pamplomo, una acuarela, la foto de la Quinta Avenida que me regaló Pedro en Miranda, a saber qué pintaba yo allí, la tarjeta metálica del club Jameson que encontró mi hija en el rastro y pensó en mí, la bufanda verde y azul que vino de Córdoba (otras bufandas regaladas nunca me las he puesto), los zapatos Dippner de Adela, el regalo que nunca me hizo la tía Concha, que para mí es un regalo, la bronca y reconciliación postrera con Jaime, que es un regalo que él me hizo a regañadientes, y que brilla en mi memoria, el reloj que me regaló Silvia y sobre la marcha regalé yo a Luis Antonio de Villena, que era azul, y él me lo cambió por el que llevaba puesto, rojo, o el taburete con el que Juan de Sola adornó el arranque de la escalera de este apartamento, la bici de la primera comunión, imagino, porque no la recuerdo, y era una BH azul, el vestido rojo que envolvía un regalo envenenado hace ya casi dos años, que demasiado bien recuerdo, una sombrerera plateada que terminó siendo un costurero, llena de caramelos, de los que no probé ninguno, unas botas de monte, verdes, que no sé dónde están, o la luz y el silencio de este día de Reyes, en el que nadie me regala nada salvo el silencio y la luz, y entiendo que me lo han regalado todo sin merecer nada yo, sin haber regalado nada.
Duodécima noche, William. Debe de ser una de las palabras en mi otra lengua que menos vocales y más consonantes contiene, twelfth. Noche de Reyes, pa entendernos. Como si los regalos que nos hacen fueran consonantes y los que hacemos una e. Pero de esto el que sabe es Proust, camino de Swann, o mirando a Albertine dormida.

miércoles, 5 de enero de 2011

Fúrgol


Al Levante, o al Almería, se le marcan ocho con la gorra. Marcarle uno al Atleti (de Bilbao) es una proeza. Tres tiempos ha tenido el Atleti al Barça sin marcar. Y entonces viene Abidal, cesión bien entendida y generosa de Villa, pase de Iniesta memorable, y marca su primer gol con la camiseta blaugrana. Un 1-1 en San  Mamés que, goles en campo contrario ―toda la vida explicándoles esta norma a Adela y a Samuel, sin que la entendiesen―, a los bilbaínos ―va por ti, Igu―, os dejan con la honra intacta, y el de Llorente es un golazo, y a los culés nos ponen donde queríamos.  Azulgranamente me solidarizo rojiblanco y me pongo de la vera del Nervión. Pero al revés no podía haber sido. Ni a tiros nos habrían ganado. Eso sí: ha costado un congo. Nunca se vendió más cara una derrota. (He pensado, sin fumar en el descanso, que San Mamés era Stamford Bridge.)
Ha costado más que hacer pan con escamas de pez.
He visto el partido en la Peña Barcelonista del pueblo. Sentado a la vera de un señor de Macael, tierra del mármol, que resulta que fue guardia civil en Lecumberri ―las kas de los topónimos en mi lengua, que se las metan por la ka los mismos que quieren decir Ourense o Lleida, llamándose ambas ciudades, en mi lengua, Orense y Lérida― durante veinte años, en los setenta más bien. Yo entonces aún no delinquía. Si no, altas probabilidades de que me hubiese detenido. Y hubiésemos visto juntos un Atleti-Barça en la Catedral como un abuelo con su nieto. Hoy, en el entreacto ―él no fuma, y calza boina; yo lo intento, y no la llevo―, hemos hablado de las cuevas de Muguiro y de San Miguel de Aralar.
Detrás de mí, un señor al que le ha ido bien el tratamiento de un cáncer de páncreas que le han hecho a su señora en la clínica de la puta universidad de navarra, todo con minúsculas, que es como se llama en mi casa la puta cun. Más atrás, dos negros más negros que Abidal, que no sé a qué se dedican, pero que han llegado en patera, seguro.
Sólo me ha jodido una cosa de todo el partidazo: no había en la Peña ni una sola mujer. El día de la manita al Madrid ―Daniel: no todo está perdido― había un par, pero hoy éramos todo tíos. A ver cuántos roscos le mete mañana el Madrid ¿al Levante? Que yo me levante y lo vea. Y en mi nevera, las naranjas de la Levantina, que es la que de verdad me la levantina, a falta de. En la Copa, o juegas con el Atleti o no vale. Luego llegas a la final y te gana el Betis.

martes, 4 de enero de 2011

Sabor a zumo de naranja


Me encarga Pilar Álvarez una traducción, La edad de los prodigios, que es un compendio de erudición amena como sólo está al alcance de los muy sabios. En este caso, Richard Holmes, discípulo de George Steiner, por dos de cuyos libros ―y su posible aparición en castellano― llevo años bregando: Footsteps y Sidetracks. Sin éxito. Pero va Pilar y contrata un Holmes y… ¡carambola!, me lo encarga. Nada es casual.
Holmes (y es el Sherlock de los biógrafos británicos, ya lo dice Michael Holroyd) es el biógrafo de Coleridge, sin ir más lejos, y después de la suya, en dos volúmenes, no tiene sentido escribir una nueva biografía del poeta opiómano, del autor de «Kublai Khan», del escritor de la inspiración perdida porque cuando estaba escribiendo llamó a la puerta «un caballero de Porlock», que es el título que tuvo Lolita cuando era sólo un proyecto y Vera, mujer de Vladimir, lo salvó de la quema. El caballero lo distrajo y el poema quedó inacabado. Pero Coleridge… cuidado. Que aún falta una edición entera de su Biographia Literaria, que ni es lo uno ni es lo otro, sino filosofía pura, y la que hizo Murillo para Ariel deja mucho que desear, y han pasado milenios.
Es un libro ―el de Holmes― que trata sobre el modo en que los descubrimientos científicos del xix afectaron a los grandes poetas británicos del xix (que son más que Coleridge y Wordsworth, vaya nombre para un poeta: ¿sabía alguien que Robert Southey pasó mucho tiempo en el sur de España, como el hermano de Boswell en Valencia? Esta mañana de eclipse solar, y no pongo foto porque mi cámara no recogería bien el fucsia encendido en lo más bajo del horizonte, parece un buen momento para recoger estas sensaciones. Además, levanto la vista de la pantalla y los bancos de nubes tan pronto se adensan como desaparecen, y el fucsia de repente es luz deslumbrante ―es luz que te deja invidente: es un amanecer más radiante que todos los previos―, como la que fueron a medir a Tahití aquellos chalados, aprovechando el tránsito de Venus por delante del sol, con sus telescopios de andar por casa. ¿Conoce aquí alguien los Night Thoughts, de Edward Young, con los que podríamos ahorrarnos a todo Gustavo Adolfo Bécquer, y sobre todo su cursilería de diestro versificador? ) Exploraciones, microscopios, física y astronomía, química… Todo antes de Darwin, con quien se cierra el libro.
Pero empieza por Joseph Banks, el botánico, y su expedición, al mando del capitán Cook, a Tahití, y a dar la vuelta al mundo. En una peculiar e introspectiva entrada de su diario, Banks iba a reflexionar sobre el hecho de que seguramente nunca más volvería a ver Europa, y que solo había dos personas en todo el mundo que real y verdaderamente podrían echarlo en falta. Y va y dice, con una ortografía que corrijo, con una sintaxis ilegible, porque botánico ―y rico― era, pero era casi analfabeto, que «hoy por vez primera hemos cenado en África, y hemos dejado atrás Europa a saber por cuánto tiempo, quién sabe si para siempre. Este pensamiento exige un suspiro en debido homenaje a la memoria de los amigos que dejamos atrás, y ya lo tienen, aunque no es posible permitirse dos, pues causarían más dolor a quien suspire que placer a los que son motivo y razón de sus suspiros. Baste con que se les recuerde, no creo que deseen que se piense en ellos más de la cuenta cuando uno ha de estar separado de ellos, y más si se halla a merced de los vientos y las olas».
África ahí enfrente anda, ahí delante viene. Pero ni siquiera África, ni Tahití para Banks, nada es para siempre. Me acuerdo del post que mi amigo Javi Morote me pidió para despedirse de su programa en la SER, Navarra. (¡Uf!) Y como le ha servido y le ha gustado y lo ha colgado en su blog (http://elblogdeauzolan.blogspot.com/2011/01/vamos-ir-terminando.html), acaso con alguna modificación lo incluyo aquí. Y dice así:
Que nada es para siempre es una de las cosas que sabemos desde niños, desde que suena el timbre que avisa del final del recreo (siempre he pensado que con ese timbre empieza la eternidad), y es una de las cosas que nunca terminamos de saber. Esta mañana, mientras pensaba que mi amigo Javi Morote ―librero encomiable, lector empedernido, amigo de pedernal― me pide unas palabras con las que poner remate a su blog de comentarista radiofónico de libros aconsejables de corazón, mientras le oía hablar de una traducción mía sin decir que es mía ―bien hecho: ni falta que hace―, y hablar bien del libro, con la dosis justa de entusiasmo, y mientras me acordaba del libro, La biblioteca de los sueños rotos, me ha salido este párrafo en una traducción que estoy terminando, un libro de Kathleen Rooney que se titulará Desnuda y pronto publicará Turner (Encontré el libro en una librería de Cambridge, Massachussets, el verano pasado, paseando con mi hermana. A mi hermana no la he vuelto a ver.) La chica en cuestión desgrana sus experiencias de modelo de artista, siempre desnuda, para pintores, dibujantes, fotógrafos, clases, grupos, etc.:

Desnuda y más o menos anónima, más o menos cosificada, yo había acumulado una curiosa autoridad. Y aun cuando estaba desvestida (teóricamente expuesta, vulnerable) y el fotógrafo seguía vestido (teóricamente dominante, invencible), a menudo me sentía como si fuera yo la que estaba al mando. Pensando de esta manera casi llegué a disfrutar de la situación. A la sazón, fue más que suficiente, y es que todas las cosas ―buenas, malas y regulares, estrafalarias o no― han de terminar.

Oh all to end, dice Beckett en A vueltas quietas. «Ay, que todo termine», en mi traducción ―que ahora cumple ya diez años―, y quienes me conocen saben que esa coma la llevo en mi haber como una cruz de madera de pino, sin saber aún si tuve o no tuve que ponerla, si la puse sin querer, si quise ponerla, y en mi debe pesa como una cruz de plomo. No queda claro ―pero la anfibología es un arte― si Beckett se alegra de que todo termine y desea que todo termine o si le duele que termine todo.
Ahora termina el año, o ya ha terminado, y empieza otro, y yo no me he enterado, y mi amigo Carlos vuela a Chile. Para mi amigo Javi termina un tiempo de gozo y sombra en el programa de radio en el que ha colaborado semana tras semana, año tras año, con su sufrimiento, movilizando a lectores remolones con sus sabias recomendaciones. Y no termina porque él haya querido, sino porque todo termina alguna vez. Allá quien así lo haya querido, eso es cosa suya.
Lo sabemos desde niños, pero todo fin es más doloroso que el primer parto, que en sí mismo es un fin (el fin de un embarazo, de una vida intrauterina, etc.) «En mi principio está mi fin», dijo Eliot en alguno de los Cuatro cuartetos, creo que es «East Coker». Y eso sí que lo sabemos todos desde niños: lo que hay que meterse en la cabeza es que en mi fin está mi principio.
El programa de Javi, en la SER, matrícula de Navarra, ha sido una gozada de seguir. Está on-line. Es pasado. El futuro empieza ahora.

domingo, 2 de enero de 2011

Noé

A  J., a  C.

Hablarme a mí de disputas y desavenencias conyugales, de rencillas y desacuerdos, de rupturas y remiendos, de enconos y rencores, de desencuentros y malentendidos de pareja, de fracturas del alma, de contrariedades mutuas, de incompatibilidades momentáneas que nunca duran un momento, de las derrotas del amor (derrota es rumbo, y es ir de cabeza, directo a la derrota), o hablarme de cómo se tuercen las cosas que debían ir derechas en el seno de dos que se aman, hablarme de intolerancias invencibles y de exigencias imposibles de cumplir, de cómo ella es bella cuando llora y es más bella cuando ríe, aunque sean las menos de las veces ―¿por qué ha de reír ella y ser uno el que provoque la risa?―, que las más de las veces llora, así como las más de las veces me acuerdo yo con dolor de que lloraba, y hablarme del tiempo perdido en busca del cual a lo mejor emprendo un día un viaje al corazón de África, o hablarme de que ya no hago falta en ninguna parte de tal contexto, y sentirme redundante (o sea, que sobro), e incluso hablarme de cómo curar las heridas que se enquistan, o preguntarme qué hacer para paliar semejantes borrascas, si yo consejos vendo, pero para mí no tengo, y confiarme las tempestades matrimoniales por las que uno u otra pasen ahora, contando con que a lo sumo preste un oído amigo y comparta un silencio comprensivo, para hablarme luego del cómo se resuelven estas cosas que a todos nos pasan, o que, mejor dicho, a algunos ya no nos han de pasar, y que a veces es cierto que se resuelven, se resuelven por medio de ese amor que se resiente de todos los desamores que a lo largo del día vamos dejando caer, y que resentido resiste, y se fortalece, y de cómo convertir una lágrima brillante en una sonrisa mucho más brillante, o hablarme de todos los cielos que vimos juntos y que no eran el mismo cielo, o de cómo nos besamos bajo la lluvia cuando en realidad no llovía exactamente, o llovía sólo encima de uno de los dos miembros de la ecuación, y hablarme ―a mí, que voy ensordeciendo― de que el cielo es azul cuando estamos juntos, aunque el resto del mundo lo vea muy gris, o hablarme del rayo verde que  tintaba otra vez la esperanza a la caída de la tarde en una playa de Portugal que se llamaba Playa Amorosa, anda que no, tengo testigos, y son pequeños, es como hablarle a Noé de la lluvia y del primer rayo de sol que vio al final del acoiris.
Cuando se secó tras el diluvio, Noé ―barbudo, a punto de afeitarse: desbarbarse es desbarbarizarse― no recordaba que hubiera llovido nada. Ni siquiera recordaba que hubiese llevado numerosas parejas de animales bien o mal avenidos a la cúspide del monte Ararat. Y supo que el 2, de enero por ejemplo, era 1. Negro e impar.