viernes, 5 de noviembre de 2010

Tempus edax rerum

O, como dice mi amiga Catalina en versión clavada, tempus fuck it.
Más si cabe en un día sin par, que se repite cada trescientos y pico. Hace un año hoy estaba en la plaza de Cataluña tan campante y no me imaginaba la que se me venía encima por mi mala cabeza. No fue exactamente que me tocase la lotería: la lotería es que entres en un bar y suenen los primeros acordes de «Brown Sugar», que te llamen tus sobrinas vermontesas y tu hermana de Vermont, o que te llame por teléfono alguien desde un teléfono que técnicamente es el del un muerto, y que le puedas dar las gracias de corazón. La lotería es que te llamen. Desde muy primera hora de la mañana.
Las llaves matarile de la casa funcionan a la segunda. Hace dos años, en una entrevista radiofónica, me pusieron el «Happy Birthday» de Marilyn sin avisar. Fue el día más feliz de mi vida. Pero que hoy me lo cante una amiga por teléfono ―just the first line― me ha sonado mucho más dulce, de veras. La beso agradecido, con too many things, como decía aquel a quien los dos conocemos como nadie. Demasiadas cacerolas al fuego.
La lotería es que te llamen cuando estás lavando el coche y no te enteres. O que llueva y que escampe y que el día feo se quede más guapo que ninguno. Y conspirar con cautela, por teléfono, con un Juan locuaz.
Y, mientras, becketear. Preparar bolos. Frecuentar el trabajo de Daniel Aguirre sobre Rumbo a peor, su trabajo excelente sobre nuestro trabajo. Porque nada es lo peor mientras uno pueda decir «esto es lo peor», mientras aún pueda decirlo. Cada vez que lo releo me cabrea: se queda a un dedo de ser genial, pero ese dedo es gordo.
Y, de paso, trabajar en Barney a destajo. Me asombra que hace diez años no me diera cuenta de que contaba mi vida la novela de Richler, incluido el amigo muerto, pero no por mi mano. Lo que pasa, como le pasa a Barney Panofsky, es que nunca supe qué fue de él. Hay llamadas sin respuesta y respuestas sin llamadas. Pero ahora me doy cuenta de que caló.
No es casual que mi hija ande perdida entre trenes en el tercio norte peninsular, empeoramiento progresivo.
Me acuerdo de la canción de Handke, en Cielo sobre Berlín:

Cuando el niño era niño,
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente,
y este charco el mar.

Cuando el niño era niño,
no sabía que era niño,
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño,
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ningún hábito,
a menudo se sentaba en cuclillas,
y echaba a correr de pronto,
tenía un remolino en el pelo
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

Etcétera.
Me acuerdo ―de la voz de Bruno Ganz ―als das Kind Kind war― de quienes se acuerdan de llamarme. Jose en cambio me cita ―el bar es un gallinero ensordecedor, no hay quien lea ni a Daniel ni a Beckett― y me hace un regalo que me ilusiona una barbaridad, con el que pienso echar la tarde: la Crónica personal que sobre esta tierra ha escrito Antonio Orejudo, al que no tengo el gusto (aunque es amigo de Catalina: a lo mejor un día si viene). Crónica personal es el título de una de mis traducciones buenas. Hay muchas otras plagadas de fallos, hora va siendo de que se sepa. Pero es otra, es la de Conrad. Me acuerdo de que algunas llamadas me llenan el corazón.
Me acuerdo de lo que es un rusty nail y de Lisboa.
Me acuerdo de golpe de los que no me llaman, aunque ellos se lo pierdan. Me acuerdo de que éste es un verso de Justo Navarro que no cito del todo bien.
Así que me pongo con Orejudo un buen rato y luego ya veré si Barney. Pero a lo mejor antes oigo la BSO de Cielo sobre Berlín. Que, al contrario que Paris – Texas, no transcurre un 5 de noviembre que empieza fatal y acaba de cine.
Iba a copiar el resto de la canción de Handke, pero se encuentra en Internet al menos en dos traducciones, y ninguna mala.
Además, el mejor regalo  del día llega cuando el día acaba. El trabajo de edición cuidadoso y cariñoso que ha hecho Íñigo sobre mi trabajo es impagable.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Lo imposible

Las rusas del bar de las rusas no hablan ruso entre sí. No son rusas, lo han sido. Se españolizan. La más andaluza, con todo su acentazo y con un culo insuperable, es lituana. La que a mí me gusta habla poco, con esos andares to die for. Es rusa, y su culo es normal, hablando en plata. Como su hermana ―la otra rusa―, la lituana, mismo culazo, acento parecido, anda  hablando español, y no está para morise. La otra rusa, la que me gusta y calla, sí es rusa. Se cuentan menúes de cenas que han probado el fin de semana, atún del norte con pimiento del piquillo, todo de lata, y se lo dicen como si fuera la bomba. Para bombas, las de aquí al lado, en Palomares, cuando ellas no eran ni de lejos rusas, ni lituanas, ni nada, y yo apenas era español por asomo. Hablan español con sus hijos, qué raro. Yo hablo español con mi hija y hablamos de Palomares, aunque a mí siempre me salga Palomeras.
Con mi cara de pez ―la alergia es lo que tiene; bien asesorado por mi cuñada farmacéutica de Miranda de Ebro, la hinchazón baja, y los fármacos caros hacen su trabajo―, miro a las rusas que hablan español y son algunas lituanas, «y por qué no», dice una de ellas. Es la rusa. Todo le parece natural, y acaso lo sea. Acaso el que no es natural sea yo.
Es raro, siendo natural. El lenguaje tiene una autonomía que está por encima de los afectos. Yo no podría hablar en inglés con ninguno de mis hijos. Oigo hablar inglés a alguno de mis amigos con sus hijos, pero afectivamente el lenguaje ―quiero decir, la lengua; es―…es autónomo, o autónoma, quise dcecir Yo no tengo otra lengua que ésta, por más que conozca la otra, y que las otras me interesen cada vez más. El ruso de la rusa, el lituano de las otras. Hartado me he de contarle cosas en inglés a mi ex, si luego resulta que llora. Además, mi ex cuando llama es un tengo que colgar, estoy esperando una llamada, una chica que me tiene que traer unos papeles, mi ex es un déjame.
Tampoco pude hacerme la foto de anteanoche a las 4:30, con ojos de besugo y labios de mero de más de un kilo y cara de pez abotargado,c on una alergia que repunta ahora. La médico que me vio entrar, que era rusa ―se llama Olegska―, ni siquiera siguió el trámite. Paqué, si era de libro. Pero la médico rusa no va al bar de las rusas. Está gordísima., como un queso sobado Vaya alergia que traes, dijo, y me chutó Urbason. Es lo que me recomienda hoy mi cuñada cuando le digo que la hinchazón del ojo izquierdo no mengua. La del derecho sí, la del labio superior también, después de dos chutes. Me pregunto si será todo culpa del tatuaje ―pero la pelirroja de mi brazo no es rusa, aunque en su brazo quede registrado en mi brazo casi todo, y casi tengamos en el brazo los mismos desarreglos― o del cambio de vida o del polen de alguna palmera de Vera, que es lo más probable, y tuerzo el ojo izquierdo. Si me llego a hacer esa foto en la que no me reconocía ni yo, ¿a quién se la enseño? Ni me había disfrazado ni era Andy Warhol empelucado. Sólo me había convertido en el hombre de la cara de pez. Y yo no sé nadar.
A las 4:30 sí decidí bajar al consultorio del pueblo con la cara hinchada y sin decir nada. Andando. De niño, con 15 años, tuve una alergia mal diagnosticada y peor curada. Es la culpable de que desayune té, me prohibieron la leche ―y por tanto el Cola-Cao, y el Nescafé de mis hermanos―, el pescado azul, los huevos, la aspirina. Es una alergia mal trazada que tal vez explique muchas cosas. La de ahora ―no diagnosticada, hinchada, sin curar, abultada, gorda como la médico― tal vez sólo sea indicio de que la aclimatación al medio, o manera de aclimatarse, creo que ya lo dije, quizás sólo sea una manera de llegar. A dónde. Aquí. El que no se aclimata se mata. La alergia es el rito de paso. Allergies, cantaba Paul Simon somewhere.
En Urgencias me encuentro con un cartel que, con la cara abotargada, me arranca una carcajada que a Olegska le asusta. O le asusta mi cara de pez, que no creo. Me encuentro en el cartel un aviso que lleva el título de un libro que creo que no publicaré, pero que quiero de manera especial por lo que contiene y por la forma en que lo cuento, los recuerdos en un año que ahora se cumple de los años vividos con el amor de mi vida.
La hinchazón facial baja. La piel sana. El alma de los muertos sigue en su sitio. El clima sigue siendo excelente, ni en el norte pensar quiero.
Revisar una traducción antigua en la que voy descubriendo que está escrita mi vida, La versión de Barney, a la vez que la digitalizo, es una experiencia que tengo que desaconsejar.  vivamente, y detesto decir obviedades. Como Barney, yo no maté a mi amigo. Mañana, si me encuentro menos gordo de cara, a lo mejor me afeito de una vez, que ya toca. Resulta que La versión de Barney, y yo no me enteré, contiene casi toda mi historia futuramente pasada. ¿Es por eso tan buena novela? Desde luego, si lo es, no es por mí.
Ya toca no hacer daño, ni ser, porque el título de Aramburu, No ser no duele, es de un egotismo tan idólatra, que a ver si lo traducimos bien de una vez: No ser no hiere.
Y entonces es la Jefferson Airplane, es la voz de Grace Slick. Come back the years. ¿Habrá alguien que me diga alguna vez «vuelve»? ¿Vuelve, salva los años, vuelve? ¿Podría yo?
Cae la noche y no hiere.


lunes, 1 de noviembre de 2010

Las medias docenas

La cosa no va mal, pero bien tampoco va. Ni siquiera va mediada.

Si influimos en el clima, ¿por qué no paramos todos los relojes antes que se nos paren del susto?

Murió el mismo día en que nació, 49 años y muchos tumbos después.

No lo pudo salvar ni siquiera su propio hijo, al contrario que a aquel militar republicano al que fueron a buscar las tropas fascistas, en su domicilio, en agosto del 36. Salieron los soldados un poco esparavantados porque en el momento en que llegaron a la casa del militar se encontraron a su esposa dando a luz al hijo en el lecho conyugal, sin soñar que el marido, y padre, estuviera escondido debajo de la cama. Era mi tío abuelo.

Úterotumba es una acuñación muy beckettiana, que es en lo que andamos. Wombtomb. Por azar acabo de darme cuenta de que si traicionamos el género gramatical natural y si ponemos úterotumbo, ganamos en sonoridad, en fidelidad, en rotundidad semántica y fonética y andamos más cerca de la formación del autor columpiado entre la cuna y la sepultura. Es lo mismo que el paso del mango a la manga, y no hablo de sartenes, ni del Mar Menor, sino de la misma fruta.

Media docena no es lo mismo que una docena media, ni de tornillos ni de lentejas, ni es lo mismo si es de ruedas que si es de flotadores, ni de huracanes que de anfibios, ni de huevos que de ostras, bien o mal medida. Ni es lo mismo buscar a Roma en Roma, como hicimos hace un año, que encontrarla aunque sea debajo de las piedras, adocenada.

domingo, 31 de octubre de 2010

All Souls

Cambia la hora y cambia el tiempo y es el viento el que toca la armónica en las grúas, las campanas de extracción y los tendederos, a la hora en que cambia la hora y cambia el tiempo y es el viento.
         Sólo es una hora. Luego amanece distinto y todo es igual. Noticias confusas del norte del mundo, del enfermo de Asturias y de los sanos de Cantabria ―tan cabrona, más que cantabrona― y de una Pamplona callada y de un Vermont embriagado de enfermedades. Enfermedad sureña sin cambios. Todavía queda un ruido que no sé qué es. Enfados varios que no valen la pena, tanto fracasar mejor para cobrar peor, por noticias nimias. Descubro en la puerta del súper ―he entrado a ver un rato de fútbol con la compra recién hecha― un bar tan anti-madridista como yo, y eso que el Madrid lo borda sin hilo. Luego, el Barça ―la pescatera del súper es tan del Barça que lleva un reloj tamaño televisión con el escudo del Barça― hace lo propio, aunque este año ser del Barça, ya lo decía ella, va a estar caro. Me emplaza en el mismo bar para ver el Barça-Madrid próximamente electoral, y viendo el rojo encendido con que se ha teñido el pelo ―«y espérate, que a lo mejor me pongo una mecha azul»―, sea en domingo o sea en lunes creo que no fallaré.
         Sopla el viento en la armónica de las grúas. Sopla un viento cardado. El día que te cuente de dónde viene a lo mejor lo entiendes todo, me susurra alguien al oído. Y es verdad que ha amanecido distinto, ha amanecido sin colores, con el viento de frente en sepia.
         Mientras, con un viento que ya quisiera la bolsa bailona de la basura en American Beauty, empieza mi particular semana de luto sin que termine la del dolor. No hay semana que termine sin que empiece otra, la redondura es así. Es lo que tienen los domingos antes de festivo. El día de los muertos, esa Hallowed Ween que tan sin sentido se celebra, que nada tiene de sagrado, hallowed, y que no es pequeña, ween. Entra rodando por la calle un espinarcardo, dos, del tamaño de un coche pequeño, y eso que no andamos del todo pegados al desierto, sino a la espalda, y en alto, y mirando al mar. Ya lo dice la vecina, que no es la vecina del flamenco, sino la del culo prieto: es que el aire… Y sale disparada como si no me hubiera visto. Va a ser eso: que me he venido a donde da la vuelta el aire, y eso que mi ex cuñada y mi ex a secas, tan navegantes ellas, lamentaban la confusión de viento por aire, que a mí siempre me ha gustado, porque es natural si el viento es aire en movimiento.
Parece poco probable que aquí se asiente la niebla de la que hablaba Auden: «Nuestra tierra es un lugar triste, / pero esta tregua especial, / tan sosegada y sin embargo tan festiva, / gracias, gracias, gracias, niebla». Aquí las gracias hay que dárselas al viento que abrillanta horas y desempaña amaneceres, por más que la cabeza tenga un sueño que el cuerpo no tiene, por más que tenga el cuerpo unas ganas de dormir que la cabeza ni a tiros.
Primero de noviembre. Tenía previsto ir a la playa de los Muertos, a cada cual sus tradiciones, pero iré a traducir otro poco de Beckett a casa de Jose, queden para mañana los muertos, seamos vivos, soñemos, despertemos. «Cada noche, los cristianos, / con los ojos muy abiertos / velan por no despertar / en el reino de los muertos.» Ya lo decía Juan Perro cantando la leyenda del Joraique por las sierras de Almería. En Sierra Cabrera hoy se agarra con dedos muy finos un amago de nube que seguramente será niebla por la parte de Sopalmo. Lo bueno de esta tierra está en desconocer sus vicios, sus muertos, sus vivos.
Pero la leyenda del Joraique sigue así, aunque así no termine:

El Joraique allá en Tetuán 
armó su negra goleta; 
ya llegó al Cabo de Gata 
ya no duerme un alma quieta.

martes, 26 de octubre de 2010

Día de perros

Éste es un trozo de un libro en curso, titulado Todos los días del año. Pour finir encore.

Aunque ni siquiera ahora nos vayamos a poner de acuerdo en cuál es el complejo vitamínico más aconsejable para ti y para mí y para ambos, y tú consumes e incluso distribuyes un producto que yo te compro y que luego te devuelvo porque me parece un burdo sucedáneo, un placebo sin valor nutricional, y tú me devuelves la pasta, que me parece una desproporción, y siga saturándome de fármacos que me amargan y, si no me fortalecen, al menos me van llevando de un día a otro, disfruto con la esgrima verbal de la diferencia y, o mucho me equivoco, o a ti te divierte más que nunca. Nos buscamos al menos en esos espacios intersticiales que fueron los primeros que perdimos, en la conversación amena, en la minucia de compartir tú trozos de tu vida conmigo, yo el yoyó de la escritura contigo. Y te digo, por ejemplo, mientras noto que te cuesta un congo no encender un cigarrillo, que si en algo se parece la escritura a la actividad amorosa es en que la puntería es un don, y quien la tiene juega con ventaja, y los que no pues hemos de acumular muchos dardos lanzados e incluso desperdiciados en apariencia para rondar un poco el centro de la diana, ir soltando bien el brazo, dejar de mirar el trasero de la camarera. Frente a tu finura al tensar el arco y soltar la flecha sólo puedo y quiero oponer mi torpe insistencia; al lado de tu destreza, he de conformarme con la esperanza: como la seducción en su día, como la obra de arte y el futuro mismo, es un ejercicio de la voluntad, lo cual no significa que tu puntería no lo sea.
            Me da entonces por imaginar que en estos retazos de un diálogo que a rachas sostienen el presente y lo vivido, como dos conocidos que hace tiempo no se ven y se cuentan simultáneamente sus andanzas, sin entablar por tanto una conversación propiamente dicha, pero sin perder ni ripio el uno de lo que el otro dice, el otro de lo que calla el uno, compruebo primero que no se usa, no se puede usar el pretérito perfecto en ninguna de las personas del verbo, al menos en su aspecto de acción acabada (más que perfecto, el pretérito es finito), y si se usa es para indicar lo que acaba de suceder; segundo, verifico, aunque sea con la niebla de lo soñado, que somos tú y yo los que siguen visibles en esas hilachas de bruma en las que se encuerdan las voces según las trae el viento. También descubro que hay sintagmas pronominales que no se pueden conjugar a la ligera: no puede decir «tu narcisismo» quien no haya dicho «mi narcisismo».
            Así pues, recojo parte de las consecuencias no de una ruptura, sino de una disolución que había comenzado a ser antes de ser al fin de todo, con todas sus consecuencias, que son éstas y aún serán otras. Te lo he oído decir. He tenido también la desgracia de contemplar el malestar que a los dos nos queda, aunque acaso sea la falta del bienestar que tuvimos y nos dimos mientras creímos que no se podían desanudar las cuerdas con que habíamos trenzado nuestro destino. El nudo no se cortó, no se tuvo que cortar: se aflojó como se suelta una amarra cuando el barco a cuyo timón navegabas no tuvo ya un porqué para fondear en mis orillas, que ya no te daban ni abrigo ni aliciente ni sombra ni nada. Es en el fondo bien simple: se suelta con amabilidad y sin roce el cabo y luego tu proa echa en falta mi ensenada, como echa en falta mi fondo enturbiado el roce de tu quilla. Me parece ver en la noche que desde lejos se hacen señas, como si el malestar que te llevas cuando aún dices que del todo no estás bien, como tampoco yo puedo estarlo, buscasen un reflejo, encontrasen un eco que la despedida confirma, o una oquedad que por siempre será nuestra, la falta del nosotros en la que cobijar nuestros dolores distintos.
Ya no tengo que acordarme de que en este ahora llevaré en el pecho durante años un peso imposible de aliviar, un ascua al rojo que no se apaga, pero me acuerdo sin obligación ni imposiciones de las nubes veloces que corrían haciéndole carantoñas a una luna gorda y baja, como un melón cantalupo que pudieras abrir para darme la mitad y vaciarlo a cucharadas. Es lo que intento.
Entre las cosas que voy teniendo cada vez por suerte más claras, y son bien pocas, hay una que de un tiempo a esta parte adquiere contornos tan precisos como impensables casi hasta anteayer, y es que no escribo porque quiero, sino porque no puedo estar ni ser sin escribir. Dudo mucho que se pueda aducir un pretexto así en descargo de este libro, caso de que necesite el libro alivio o disculpa, ojalá que no. Podría desde luego haberme ceñido al modus operandi con que toda la vida me había conformado, esto es, poner en fila a las hormigas casi siempre divergentes y en varios cuadernos a la vez, pero hace un año cometí la imprudencia de reunir, pulir, adelgazar y publicar los poemas que se habían ido dispersando a lo largo de los veinte años anteriores y, sobre todo, a lo largo de los doce bellos y convulsos años de convivencia con ella. (Ha aparecido por descuido el traductor: ahora, tú eres ella.) Al hacer públicos esos poemas dejan de pertenecerme: son ya de quien los lea, lo cual tiene por efecto que me sienta más ligero de equipaje. O aliviado, es verdad, gracias al peso que comparte. Por una parte, ya no estoy obligado a ser el mejor escritor inédito de mi generación, lo cual ha sido una anomalía vocacional que bien podría explicar, en parte, mi tardanza en estrenarme. Ahora me siento bien en la piel que corresponde a quien no es más que uno entre sus pares. Y, sin embargo, tengo la inquietante sensación de que todo este libro podría ser la tercera parte de un libro que no existirá, cuando en realidad seguramente sea que la sexta parte del libro anterior, tan breve y un poco huérfana, reclamaba más dedicación. Aquella sexta parte del libro anterior decía solamente así: «Sólo recuerda quien no tiene / exiliado de lo que fue».
Por otra parte, las reacciones de unos cuantos lectores, y ellos bien saben quiénes son, me ha resultado tan gratificantes que no tengo por qué ocultar que no sólo no me importaría volver a sentir esa gratitud por quien bien me lee, sino que además esa gratitud (el gesto de aplaudir a quien te aplaude) es sin duda la cifra inscrita al dorso de cuanto escribo. Persigo la ocasión de dar las gracias, cuando a diario procuro darlas de todo corazón. Creo que me explico, pero lo haré mejor copiando a los maestros:

Las más de las veces

 

Las más de las veces
suelo estar en lo que soy,
las más de las veces
sé tener los pies en tierra y luego ya no me voy,
sigo el camino, leo las señales,
no me suelo salir por más que vuelen puñales,
aguanto todo lo que salga al paso,
ya no me fijo en que ya no me hace caso,
las más de las veces.

Las más de las veces
bien lo entiendo,
las más de las veces
no lo cambiaría ni aun pudiendo,
todo lo encajo, aguanto lo mío,
manejo lo que hay aunque me pele de frío,
y ahora sobrevivo, ahora resisto
y ahora ya en ella ya no insisto
las más de las veces.

Las más de las veces
tengo la cabeza en su sitio,
las más de las veces
tengo fuerzas y no odio ni a Cristo.
No me hago ilusiones hasta ponerme malo,
no me asusta este lío aunque sea un palo
Sonrío al ver a los hombres y los ríos.
Ni siquiera recuerdo cómo son sus labios en los míos
las más de las veces.

Las más de las veces
ni siquiera pienso en ella,
no la reconocería ni aunque ahora la viera,
así de lejos me ha quedado.

Las más de las veces
ni siquiera del todo estoy seguro
de que alguna vez estuviera conmigo
o de que fuera yo su canguro.

Las más de las veces
me doy por contento,
Las más de las veces
sé muy bien de qué me sustento,
no me hago trampas, no huyo, no me escondo,
y menos de los sentimientos que llevo en lo más hondo,
No me rindo, ya no finjo,
igual me da ya no verla ni ser más el mismo
las más de las veces.

Lo realmente bueno de la canción es que es un monumento al autoengaño, tan necesario para ir tirando. Durante meses me consumía la pena al oírla y un buen día me vi reflejado en un escaparate, cantándola con una sonrisa en el pecho. He llegado a la conclusión, porque soy así de lento y de zopenco, de que Dylan ―reconozco que lo he oído por activa y por pasiva y por perifrástica mientras escribía este libro― es el genio de las canciones de desamor. Por eso me gusta cada vez más. Por eso, y porque yo también me voy engañando a ratos, ahora para bien todo lo que antes me engañaba yo solo para muy mal. Para ella, en cambio, la canción tiene algo que le recuerda al futuro, a cómo debería ser. Imagino que le recuerda al sabor que tendría que tener el futuro, y entonces le aclaro que no, que cuando Dylan dice «las más de las veces» no son ni de lejos todas las veces, sino que más bien es tan sólo a veces, e incluso muy pocas veces. «Las más de las veces» significa «casi nunca».
            Con lo cual quiero entender que la literatura tiene utilidad innegable para el que escribe y para el que lee, entre otras cosas porque uno escribe para ser leído y uno lee para leerse y todos necesitamos conocernos mejor, ésa es la tarea. Pero con aquel libro de poemas, como al traducir la letra de Dylan, también descubrí que la finalidad que se persigue al escribir, y al publicar, no siempre se consigue. También me acuerdo ahora del concierto de Dylan al que no fuimos juntos, el concierto en que hizo de bis «The Times They Are A Changin’», con la que tardé unos veinte segundos en saber qué tema estaba tocando, aunque el resto del aforo no lo supo hasta que había terminado: es un concierto al que sólo me acompañó ella, no fuimos juntos.
            Así que me abstengo de reproducir la traducción que tengo de «Man in the Long Black Coat», pero no de poner el final de la canción: «Ella nunca dijo nada, nada dejó escrito / Se marchó con el hombre / del largo y negro abrigo». Y acaso se entienda todo mejor con tres estrofas de «Mississippi», tomadas casi al azar:

Con toda mi elocuencia y sublimes pensamientos
No podré hacerte justicia con rima ni sentimiento
Sólo una cosa hice mal de veras
Me quedé en Mississippi más de la cuenta

En fin, mi barco está hecho trizas, se hunde que da gusto
Me ahogo en el veneno, sin pasado ni futuro
Pero no tengo el corazón cansado, sino libre y liviano
No tengo más que afecto por quienes conmigo navegaron

Nada tengo para ti, ni lo tuve antes
Para mí ya no tengo ni siquiera el sobrante
Me arde la cabeza, el dolor llueve a manta
Nada me puedes dar, nada me espanta

domingo, 24 de octubre de 2010

Estolatría

Llevaba parte del fin de semana viendo a la gente más fea, «y he perdido el sentido del tiempo» (dice Kiko Veneno, dice Dylan, «Esto puede ser el fin», aparcado por el blues de Memphis y sin poder salir) cuando me di cuenta de que «hell’s my wife’s hometown», que dice Dylan en ese disco de título esperanzador y estúpido, «Together Thru Life», comprado el verano pasado en Vermont, recomprado hace poco, regalado ya. En esa canción enojosa Dylan versionea a Willie Dixon de una manera que no sé si es ingeniosa, pero que a mí me enoja. No es lo mismo decir que el infierno es el pueblo de mi mujer que decir te quiero hacer el amor. O puede que sea lo mismo.
Pamplonesamente hablando es igual: llueve sobre piedras mojadas. Pamplonesamente el notición es que Armendáriz esté rodando otra vez en la esquina de Maristas. En la puerta de casa. Cuánto me alegro, otra vez Secretos del corazón revisited otra vez qué pesadez. Te lo cuentan con entusiasmo, como si fuese la pera, y tienes que entusiasmarte. Me entusiasmato con la novedad.
Esa esquina es Pamplona: un banco mirando a una tapia, un banco inútil, una tapia engorrosa. La esquina de la casa en la que vive mi mujer. El infierno, que diría Dylan, si no versionease a Willie Dixon. A los maestros hay que exigirles todo y más, por eso me enfada ―y no soy el único― el último Vila-Matas. Cuántas horas esperándola como un perro y mirando a la pared, a la puta tapia, Armendáriz pa qué. Armendáriz y mi mujer tienen un grado de complacencia urbana ―back my hometown, que diría Joe Jackson― que sólo se puede calificar de barcelonina, grandilocuente, trinitotoluena. Puajj.
Ahora que el oído deja de resentírseme, caigo en la cuenta, al ver la cama deshecha, de que hay un hueco entre el edredón hueco y el hueco de la oreja que es donde todos residimos. Es un hueco que debe de ser Pamplomo, con su punto de sangre y supuración en el kleenex de la almohada vacía de al lado. Otra huella de la ausencia ahora que llego al pueblo con controles de carretera ―este pueblo está maltratado por su etnia, para qué había que ir al norte teniendo esto, piensa el que ha vuelto con los de su etnia― y un sol que te alegra el cráneo, después de una tarde familiar, perdiendo ―no iba a ganar― al jugar a las familias.
A la doctora, anteayer, que dijo llamarse Adela, cuando me dijo qué le dije o me besas en la boca o me curas. Bien: ni lo uno ni lo otro, pero me habló en euskera. Nik euskaraz ez, le dije al tercer párrafo, y ella me estaba llenando el bolsillo de Nolotiles.
Mujeres, nombres, analgésicos: mi familia cercana me cuida mejor que toda esa esquina de Maristas del olvido muerto, del corazón secreto, de la tapia palurda. Vuelvo, paso controles, corazón esponjado. Juego a las familias y pierdo, natural. Conozco a las lectoras americanas y nos gustamos, lógico. Vuelvo al hogar.
Esto es la otitis, me dicen. Debe de ser. Salvo que sea latría de la oreja, que también podría ser. En catalán, sería una prueba.

sábado, 23 de octubre de 2010

Mejoría


Mejoro yo, o me lo parece, y el tiempo no empeora, pero será una humilde apreciación. Mejoría… mejor deje que me ría.
De repente arranca Collins, en su «El público desconocido», o arranco yo, o me desatranco de esta afección auricular, y el texto de Collins fluye con naturalidad. Es luminoso todavía hoy, a los 160 años de su indagación chocarrera: o no hemos cambiado mucho, cosa probable, o era muy sabio en sus predicciones, cosa no del todo improbable.
Esto de las traducciones maldita la gracia que tiene, porque ayer mismo, en pleno paroxismo del dolor otítico, y acordándome de Helio Oiticica, cineasta brasileiro al que debía de dolerle permanentemente un oído, mi ex me manda una alerta de Google, «que te gustará» (¿?), en la que un señor que tiene toda la pinta de ser de Murcia o tal vez de Tomelloso comenta las novelas de Benjamin Black y dice de pronto, no entro en la valoración de la coma sobrante ni en el tedioso empleo de los guiones de inciso sin ningún criterio, ni en la ausencia del guión que figura entre mi apellido, una orinalada como ésta: «Todo ello en un castellano, excelentemente cuidado por el traductor de sus novelas, Miguel Martínez Lage, lo que nos permite disfrutar de muchos – de todos no, supongo – de sus matices».
Debe de ser que el lector desconocido de las conocidas novelas se halla en inferioridad automática, asintomática y supositiva por el mero hecho de leer literatura traducida o «en traducción», como quiere Jordi Doce, extremadamente listo, utilizando un calco más bien desaconsejable. De ser cierta esta falsa impresión, al lector desconocido más le valdría circunscribirse a la prosa patria, y dejar en paz las extranjerizaciones que tanto le cautivan. Es algo semejante a lo que me pasó hace algunos años en Granada, una mañana, leyendo un ejemplar forrado con papel azul intenso de la librería Laie. Un novelista local y tapeador me arrancó el libro de las manos diciendo a ver qué lee éste, para responderse él solo: «Vaya, otro que lee en extranjero».
Estaba leyendo La piedra lunar, de Wikie Collins. Mejor dicho, The Moonstone. En mi cabeza lectora, esta novela que cito por su título original era la misma que él desconoce por su título traducido. Por cierto: está en puertas una nueva traducción de la mejor novela de Collins ―sí: es mejor que La mujer de blanco, y ya es decir―, que ha hecho para Alba mi amiga Catalina.
Pero mi doble competencia lingüística ―lengua de salida, lengua de llegada― y mi quehacer traductor me autorizan e incluso me invitan a leer en la lengua que me dé la gana y a verter con garantías aquello, escrito en una, que resuelvo poner en otra, y que siendo totalmente distinto será exactamente igual. Y esto es algo que el cojitranco elogio del lector obtuso, y la reprobación del lector obsoleto, siguen sin querer entender. Al señor de Murcia o de Tomelloso le puedo decir que ya está en la sala de máquinas otro Benjamin Black. Al hipócrita granaíno le puedo decir que siga leyendo la prosa patria, a ver si se esclarece un día de tanto nublado. También le puedo decir que cómo es posible que siendo escritor no publique ya más nada. A mi ex le puedo decir que todo lo aguanto, menos el desprecio.
A todos diré que si todo es lenguaje, cuidémoslo, como cuidamos todo lo que es afecto, y también las aflicciones.