martes, 30 de noviembre de 2010

Family Matters, family matters

El radiotelegrafista de La Roda, al cual no conocí, tuvo un hijo que fue dentista en Betanzos. Este dentista, que en las fotos en las que tengo a su lado es igual a Gabriel Ferrater, tuvo varios hijos: un neurólogo, un diplomático que luego fue abogado de campanillas, un cirujano maxilofacial que además inventó el colgajo subcutáneo, una asistente social que hizo con los ciegos lo que no se puede ver, una profesora de historia, otros. El neurólogo tuvo bastantes hijos, en realidad los mismos que su padre: dos neurólogos distintos de él y entre sí, un arquitecto, un chico para todo y licenciado de relumbrón, un biólogo que resuelve marrones medioambientales, una farmacéutica mercantil, una profesora de lenguas, un traductor que nunca valió para nada. Uno de los neurólogos tuvo dos hijas que aún son pequeñas para ser nada, salvo inteligencia y sensibilidad puras; el arquitecto tuvo tres, pequeños los tres, y alguno herido por la genética puta; la profesora tuvo dos, las dos pequeñas y un poco demasiado americanas para mi gusto, pero mi gusto no cuenta; el chico para todo tuvo una solo, una pena, porque la que tuvo le salió muy bien. El traductor tuvo tres, ya no tan pequeños los mayores: uno que estudia ingeniería informática, otra que estudia periodismo, otro que sabe tocar el violín. Antes de acabar en Nanclares de la Oca o en Santoña, el traductor se refugió en Almería y se convirtió en un norteño ensureñado. No hablaba nunca con su hijo ingeniero, que no le cogía el telefóno; hablaba a diario con su hija aspirante a periodista, y le dolía todo el cuerpo cuando su hija tenía un herpes, y cuando había fútbol hablaba con su hijo pequeño, el que tocaba el violín y se parecía a Gabriel Ferrater tanto como su bisabuelo y tenía la suerte inmensa de vivir con su madre. y celebraba los goles de su equipo. Un neurólogo tenía mano de santo curando enfermos. La otra tenía manos de santa encontrando las causas por las que enfermaban los que curaba su hermano, y manos mágicas a la hora de amar. El arquitecto dejó de serlo, a la fuerza ahorcan, y fue el mejor padre que haya existido jamás, a la vez que era el marido de la farmacéutica y tan tranquilo. El biólogo era feliz siendo triste y siendo solo con sus novias y su gato. El traductor piensa que debería tener un gato, pero se los encuentra muertos por las calles de su pueblo, y mejor que no. El chico para todo cuidó de la hija del traductor como si fuera la suya a pesar de que detestaba a su padre, y eso que tenía una hija igualita que él, y le hizo sitio en su corazón a la hija de su hermano. El hijo del dentista de Betanzos se murió antes de morir, bastante había hecho. Y sin darse cuenta, ni proponérselo siquiera, nos enseñó a bien morir. Sus hermanos siempre lo han sido. Sus cuñadas, más.
         Sigo sin poder decir una sola palabra acerca de mi madre.
Y es que de niños nos caía con frecuencia una pregunta que ahora yo creo que ya no se hace: ¿tú de quién eres, de papá o de mamá? Mis hijos son todos de sus mamás respectivas, creo, pero yo, a estas alturas, no tengo el menor rebozo en decir que, al contrario que mis hermanos, bisnietos del radiotelegrafista de La Roda, y luego de Puentedeume, y al contrario que mis hijos, soy de papá. Mala suerte la mía, desde luego. Ni una palabra podré escribir sobre mi madre.


Fútbol es fútbol


Para qué lo voy a negar: el día será gris, pero me levanto luminoso. Ayer, en la Peña Barcelonista del pueblo, rodeado por jubilados y chiquillos de 17 años que me abrazaban a cada gol, descubrí que lejos de ser antimadridista soy de un equipo maravilloso, que interpreta el fútbol siempre igual, y como nadie. Luego podemos perder, pero jugamos como los ángeles. Los dos pases de gol que fabrica ese genio llamado Messi para ese chico de barrio llamado Villa son sencillamente memorables. Lo que hace Xavi en el primero con su amigo Iker es para quitarse el cráneo, por más que su amigo Iker grite al linier diciendo no me hagas esto. Ah: y no hay penalti de Valdés a CR. Penalti ser lo que árbitro pitar, que decía aquel, y Víctor llega al balón una hora antes de que CR se caiga. Sí que hay, y no se ha dicho, una cantada de campeonato de Casillas en el segundo, el de Pedro.
Me acordé del 0-5 del 75 en el Bernabeu, buen año para armarla gorda. No me acordé mucho del 2-6 del año pasado, ni del otro 0-5, con Romario armándole un crucigrama insoluble a Rafa Alkorta y rompiéndole la cadera sin tocarlo en un pispás. Pero volví a casa pisando charcos más contento que cuando era niño y en el parque de enfrente de la casa paterna jugaba con mis hermanos en un dos contra dos, Juan y yo azulgranas rebeldes, Pedro y Pablo rojiblancos creo que por destino. O por carácter, que diría Walter Benjamin.
El fútbol es una inmensa tontería, una dictadura a la que uno se somete de buen grado. Si el Madrid hubiese ganado y el Barça hubiera jugado bien, me habría ido a la cama igual de contento. Me fui a la cama pensando que por qué al mejor Madrid de los últimos años le salió todo tan mal. ¿Factor campo? ¿Tembleque Mou, que se equivocó de plano al cambiar a Ozil por Lass? ¿Fútbol fulgurante de un Barcelona en estado de gracia? Yo vi un partido que querría ver dentro de unos años, cuando ya me haya olvidado de todo.
Mi padre, que ha sido del Atlético toda su vida, hasta que se cansó de Gil y de no ganar y se pasó al Madrid y no sé bien con qué corazón ganó la novena, después de haber estado en la final de Heysel, Bruselas, con el golazo de Luis Aragonés a Sepp Maier de falta directa, todo en blanco y negro, seguramente se fue a la cama enfurruñado. Ya no era del Atleti al año del doblete.
Es muy probable que esta liga la ganen ellos: la máquina blanca no va a encasquillarse más como ayer, y los blaugrana vamos a la baja y nos hacemos mayores, y a Puyol gran capitán y a Xavi excelso les quedan pocos partidos para la jubilación. Eso sí: les queda la humildad en la victoria aprendida de sus mayores. (Mi hijo pequeño, barcelonista hasta la médula, Sam se llama por Johnson y por Beckett y por Etoo, ayer estaba exultante: su primer 5-0. En la Peña Azulgrana del pueblo había un niño igual que él. A cada gol que fue cayendo, le toqué en el hombro y le dije: no lo olvides, esto es para siempre. Nothing Dies.)
Despertarse hoy en Barcelona debe de ser un poema: las sonrisas adormecidas en el metro seguramente son el vivo retrato de la felicidad transitoria. Y en Madrid afilan los cuchillos. Y de una manera aviesa pienso que el Barcelona juega al fútbol como Proust entendía la literatura, como Beckett, y el Madrid como Dan Brown. Ganarán ellos, pero nosotros somos de hierro.


domingo, 28 de noviembre de 2010

La notte

La noche es por definición aciaga cuando el sueño no viene. Lo espera uno paciente y longitudinal, prono, pero no hay caso. Por eso Juan de la Cruz se emparedaba al alba de pie y pasaba la mañana aterido mirando al infinito entre los olivares ordenados desde Iznalloz, a la vuelta de la esquina, Brenan descubrió el sitio exacto, y Teresa de Jesús se trajinaba ella sola en la noche oscura del alma sin necesidad de tocarse. Qué raro que ahora que andamos sobrevalorando escritoras nadie se acuerde de la escritora que mejor ha descrito un orgasmo, por sobrevalorada que esté. No así el orgasmo, véase a Bernini en el Vaticano.
No viene el sueño ni con fármacos. Algo habré hecho mal, pero echo de menos ahora mismo todo. A mí me echo de menos durmiendo en paz. Echo de menos la calma y estoy en calma. De menos echo la luz y la noche me abriga aun estando en camiseta. El silencio me envuelve del todo y no sé yo si echo de menos un poco de ruido. Y algo de furia. Y un cuento que cuente todo eso que es la vida, full of sound and fury and signifying nothing.
Una amiga distante me escribe en alemán, y je ne comprend rien. Monto el taburete de cartón alemán, de la marca Remember, regalo de Carlos y Juan, de Juan sobre todo. El personaje de Auster en Sunset Park, Miles Heller, hace desmesurados esfuerzos por vivir en el presente, pero es un tramposo donde los haya, yo leo un rato su peripecia, esta mañana, oyendo Living in the Past, de Jethro Tull, y por poco me parto por el eje del tiempo. But I do remember. Por la tarde sigo leyéndole más tranquilo.
Místico estáis, que diría aquella. No, es que no como. Pero he comido. Y además bien, y sin salir de casa.
Se avecina un stormy Monday. But Tuesday’s just as bad.
Me empastillo un poco más, a ver si el sueño tiene a bien. Lo estoy esperando mientras escribo. Escribo para poner un poco más de sal en las heridas saladas que llevo abiertas. Me llama mi hijo pequeño con un mensaje destructor, ¿qué quieres?, dice. Yo no quiero nada más que quererle. Y no he sabido, no he podido. Por esa incapacidad es por donde la grieta del sueño se resiste a abrirse
En vez de Auster, voy a probar con la Divina comedia en la traducción de Bartolomé Mitre, edición de Jacobo Peuser, Buenos Aires, 1897. Puede que ya sólo por el peso me venza el sueño. Puede que lo venza yo y la deje en el lado desocupado de la cama. Puede que esta noche no quiera venir el sueño, y que me canse yo de esperarlo, y luego de la noche el alba, y un lunes otra vez.

All the rest is silence

Acabo de descubrir que este blog tiene fecha de finiquitud. Será el 17 de mayo del año que viene cuando termine, si es que llego y el aliento alcanza. El 17 de mayo de este año 10, que con sus dos ceros era una bicicleta, y luego mira tú  Contador, me pasaron dos cosas: una, que una persona que me quiere creyó verme donde yo no estaba, luego no era yo a quien ella vio. Dos, que una persona que no me puede querer, porque el verbo querer no está entre los que conjuga, rompió unilateralmente relaciones conmigo. El avistamiento en falso de la una y el mandarte a donde se descosen a las gallinas de la otra fueron simultáneos, fueron de sobremesa. Una mandaba sms a mansalva, la otra se mataba a pacharanes delante de mí, pagando yo el insulto. De la ilusión espejística de la primera no diré nada: quiso verme donde no estaba, y no estaba muy lejos. Y luego nos vimos maravillosamente. Del rechazo de la otra no diré nada: fue el torbellino anímico más patético, sensu stricto, que he presenciado en mi vida, y por patético entiendo ante todo la empatía que tuve, y él ni siquiera soñó, ni olió, de apacharanado que iba estando a cada minuto. Después, la persona que me echó de su vida para siempre ―sus razones no tiene, pero no le faltan razones: son suyas― pasó por las horcas caudinas de excusar mi falta de asistencia a una celebración familiar aduciendo «motivos de trabajo» el 4 de septiembre pasado. Mentira, piadosa y sobre todo falsa de toda falsedad. Mentira, vaya. Y que encima le tocase a él. ¿No pudo decir otro esa mentira, tuvo que ser él y notar en la lengua el sabor a falso? Yo no estuve allí aquella vez porque él no me quiso en su vida. No fue el único. Y cuando a uno le dicen lárgate, se larga al desierto tan campante, gorra roja, barba crecida, Paris (Texas), en busca ni siquiera se sabe bien de qué, de las alas, del deseo, de los ángeles, del cielo, de Berlín, hasta el fin del mundo. Antes que él, me habían echado  de sus vidas ―pero no a patadas: con buenos modos― otras dos personas. A los tres ―que son cuatro: mi madre también, pero esto no lo sé seguro, me lo han dicho personas interpuestas― les honra el gesto caritativo, la amabilidad del "desaparece". Hablo de mi hermano, de mi hijo, de mi mujer, de mi madre, y hablo en plata, así lo digo, nadie se llame a engaño. Ahora que pongo fecha de caducidad con seis meses de antelación a este blog que ninguno de los tres sigue, la cuarta sí, conste que nada echo en cara a ninguno: ni el gesto hipócrita de excusar mi asistencia aduciendo falsos factores, ni el perenne silencio administrativo del otro, el que sale en los camiones que adelanto y por poco no me como, ni el cansancio mortal de quien más feliz me ha hecho hasta que no pudo más y me dejó mudo, ni el cariño agotado de la otra. Culpa no tienen, que en eso la exclusiva la tengo yo. Yo sólo acarreo las consecuencias de mi mal hacer, de mi mal nacer. Y este post se lo dedico a la tía Concha, que de mi culpa algo sabe, a la que desagrada que llamemos tía, por más que lo sea, y carnal, pero mía no. All the rest…

is silence

Hoy que cambia el mapa de este país, y hoy que más de la mitad de Cataluña ―según se mira al mar, a la izquierda, muy lejos― tendría que votar izquierda si izquierda tuviera, hoy que una Cataluña amansada vota derecha por encima de la media y vota nacionalismo manso, es día malo para decir todo esto. Estando el mundo como está, que gane la derecha con piel de cordero, derecha lobuna donde las haya, nacionalismo imbécil además, sólo quiere decir una cosa: la televisión nos ha imbecilizado. Eso lo firmarían Karl Marx y Juan Goytisolo, que son más listos y más de izquierdas que yo. Mientras, deja de llover en el desierto. Y yo, ver el desierto pues lo veo. Clarinete.

sábado, 27 de noviembre de 2010

No es poco


Amanece como si más bien atardeciera. Negros nubarrones en el horizonte horizontal, con lo que la luz de Levante llega desde un flexo de pocos vatios que está muchísimo más lejos que de costumbre, anaranjadamente pálida. El desorden de las nubes ―el desorden con que miro― me recuerda que acaso más bien sea que el mudo ceceo de la lengua del alba se aprieta contra el cielo, y no el de la boca, sino contra ese cielo alto. Ayer, por lo visto ―quiero decir oído―, torrenciales aguaceros en Málaga. Aquí, ayer, lluvia constante y la sensación de estar en una Almería que desconozco. Es la tercera vez que llueve desde que estoy aquí, es fácil contar las precipitaciones escasas. Pero de pronto el desierto del sur fue un lugar completamente nuevo, y no era amigo especialmente, no hubo rayo de sol en todo el día. Puede que en Sierra Cabrera haya empezado a pelechar el verde, lo veré la semana que viene.
Me acuerdo de que Conte, en su Robinson, o la imitación del libro, antepuso este epígrafe: «Este libro trata del tiempo que hace». Este blog trata del tiempo que me hace, que nos hace, nos deshace.
Ayer por la tarde resolví dedicar todo el tiempo antes de dormir a continuar la lectura de Sunset Park, de Auster, de la que ayer hablaba MRR en su Sillón, hablando de paso de los traductores, que es algo que hace anualmente, como Vicent su columna antitaurina. Un rito.
Sospecho que hablaré de esta novela a fondo dentro de poco, cuando acabe, empezando por la coincidencia rematadamente austeriana con que empieza, del amor desigual, de la paternidad, de lo que trata. De momento, la lectura ha adquirido una dimensión anómala: paso tanto tiempo solo, y callado, y he descubierto que debido a una inflamación del oído y de la lengua he perdido precisión en mi pronunciación en inglés, que decido leérmela en voz alta, acaso para no estar tan solo. Y sí, ceceo, y se me pega la lengua al cielo de la boca. Voy muy despacio, voy con la sensación clara de que leer debería ser exactamente esto, aunque si fuera en compañía (como diría Pedro, «An unscratchable itch. What an addition to company would that be?») sería real del todo, digo real, no diré monárquico. Mientras leía largo y tendido y despacio y con la lengua ―leía paladeando―, se entrometía en el texto un verso de Dylan: «Someone’s beating up a dead horse. She went with the man in the long black coat». No entiendo aún por qué, pero de pronto fue irresistible el deseo de leer sin mover la lengua un librito de J. W. Dunne, el autor de An Experiment with Time, más divulgativo, menos matemático, más para todos los públicos, menos abstruso, que se titula Nothing Dies.
El silencio ahora mismo no tiene una sola arista. Joaquín, Paqui y Miguel, los niños de al lado, duermen como soles que se levantan.
Nada muere. Amanece. No es poco.


viernes, 26 de noviembre de 2010

Climatología, estados, ánimo

Mi amigo del sur me dice que no usa jerséis porque le agobian. Pero pasa frío mientras trabajamos juntos en Beckett con el balcón abierto del todo y al cabo de las horas los cerebros se nos quedan hechos mousse de chocolate, la expresión es de mi hija cuando le pregunto si lo tiene líquido tras tanto estudiar. Eso del jerséi, le digo, es porque no eres norteño. Con jerséi y camiseta tengo la sensación de que aquí no hará falta calefacción en el invierno que se recrudece, en los días que se acortan, que es lo que a mí más me jiba ―localismo navarro-aragonés: léase, lo que más me jode―, en la noche temprana, que ayer trataba de vencer a golpe de acelerador y hoy lo mismo me da que me sorprenda sentado a la tecla. Las mínimas de estos días en el desierto sur son más altas que las máximas en la verdura norte. E Irlanda está llena de Greens, por fatal que les vaya.
Estadística y estatalmente este país va a cambiar durante el finde. Y luego el lunes ¿qué más da si es lunes, y los que no nos resistimos a la dictadura futbolera, televisiva, capitalista, acabemos sucumbiendo al bar de la esquina y pasándolo mal, este año a los de azul y grana nos va a tocar pasarlo mal, la máquina blanca es mucha máquina, con dinero yo también, eh?
Subo al terrado y miro al mar y otra vez, pese a la grisura ―hoy no ha tenido a bien asomarse el sol más de diez min.―, se avista la mole del cabo Cope por la izquierda. De pronto, aunque me ordene la mirada, me enoja profundamente que el horizonte sea horizontal. Una leve inclinación mal del todo no le iría.
Y mediada la tarde me musico como quien se medica. Before and after Science. Me acuerdo mucho de una cartaginesa muy querida y muy perdida para siempre hace una eternidad, acaso en una Venecia con acqua alta. Cartagena queda justo a la vuelta, digo yo. En ese disco de Brian Eno está una de las canciones más dulces que conozco, y que dice, por ejemplo,

Julie with her open blouse is gazing at an empty sky
The still sea is darker than before.
Here we are, stuck by this river,
you and I, underneath the sky that’s ever falling down.
You talk to me as if from a distance
and I reply with impressions chosen from another time.

Creo que alguno de los versos lo he utilizado antes. Así que me callo.
Traduciendo a Paul Theroux ―una novela que empieza floja, pero que luego no lo es tanto―, me encuentro con este pasaje: «Uno de los comentarios más optimistas de un lúgubre filósofo alemán indica que la única forma de conocer a una persona consiste en amarla sin esperanza de ser amado».
Una aclaración debo a mis escasos lectores, fieles, a los que agradezco su tiempo y su cariño, Belén la primera: la cita sobre aquello de que cualquier paisaje es un estado de ánimo no era de D’Amicis, Edmundo, seré gilipollas. Es de Amiel, Henri Frederic, cursi donde los haya, obvio donde quepa, y a veces certero. La semejanza del apellido en su parte inicial me lleva a engaño.
En este viernes han sido tres las personas que de motu proprio me dicen «se te nota bien». Qué raro. Estoy como siempre. Si acaso, con un jerséi de más. Con las mismas carencias de siempre. Y la colada sin tender. Viendo pasar pájaros negros, y no son vencejos como los de ayer en los hilos telefónicos de la Mancha, son pájaros grandes, deben de ser cuervos, nevermore. Pero no los puedo fotografiar corriendo, porque ando actualizando el i-Phone (que tendré que reactualizar en casa de mi amigo del sur, y van dos, porque sin una buena conexión pues va a ser que no), y porque los iconos, ya se dijo, hay que racionarlos. E incluso raciocinarlos.
Caerá la nieve sobre Irlanda y nevará en la cuenca de Pamplona. Aquí este frío que no es frío es difícil de calibrar en lo que valga.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Travelling Light

Desde que con 17 o 19 años conocí la canción de J. J. Cale así titulada, mucho antes de soñar que iba a traducir nada ―yo empecé siendo un mal traductor cuando estudiaba latín―, creo que entendí con bastante precisión ―o con un grado de error despreciable― qué quiere decir la pérdida no ya en la traducción, sino en la vida misma. Una cosa es la luz de viaje, otra es viajar ligero, y ambas en inglés son la misma cosa.
Además, según salgo temprano me encuentro con tres trozos enanos de arcoiris aleatorios, fluorescentes, muy de mañana, antes de llegar a Murcia. Poco que ver con los majestuosos arcoiris del norte. A lo largo de la mañana aumentan las horas, se alargan y se acortan, y la latitud norte aumenta y disminuye la temperatura. Es el último viaje del año; de hecho, en diciembre seguramente no me moveré del pueblo, salvo si es para pasar parte de la Navidad navideña con Justo Navarro y compartir una lata de atún y unos buenos whiskeys. En Madrid, hablando de Justo Navarro, alguien me dirá: justo navarro eres tú. Y dejando a un lado el hallazgo traído por los pelos diré por enésima vez que no: que de navarro no tengo un pelo, y justo no soy. A mí me nacieron en Pamplomo, pero no olvidemos que mi bisabuelo era radiotelegrafista en La Roda primero y luego en Puentedeume. De La Roda son además los miguelitos.



Parecía que el desierto estaba lejísimos de todo, pero sólo está, de Madrid, un poco más lejos de lo que estaba antes. Por galante invitación de Pilar Álvarez resuelvo hacer un viaje relámpago y acudir con mi hija a la exposición de los «Jardines impresionistas», en el Thyssen. Me encuentro con Julio Grande, pero no consigo saludar a Pilar, que debe de estar abducida por los notables recién llegados de Giverny con la tierra del jardín pegada a las uñas. La ocasión es memorable: la presentación de las cartas de Monet que ha editado Turner y que hacen varios especialistas ―y son cartas que ha traducido Manuel Arranz, por lo que seguro que están bien: Manuel Arranz es una pieza crucial en mi periplo a pesar de que no nos conocemos en persona― es estupenda por lo clara, lo atinada, lo sucinta. Luego, como tantas veces, la exposición del Thyssen pecará de sucinta en exceso y me decepcionará: ¿cómo no están los Nenúfares que vi un tarde heladora, con mal humor, con mi antigua familia política, en París? ¿Hay jardín más impresionista que esos óvalos?
Paso a la ida por Humanejos, por Guatén, por el Jarama. Hay trozos muy verdes ya. No así en mi desierto, donde el verde es por fortunas mejores inconcebible. A la vuelta, me extravío, no sé bien por qué, supongo que porque a veces me paso de listo, acaso las más de las veces de un tiempo a esta parte. O porque iba cantando con Tom Waits a pleno pulmón, "Shore Leave". O acaso porque me tocaba tarde o después reeditar mi particular "Lost in La Mancha", que diría Terry Gilliam. Pero esa pérdida en el recorrido, unos 80 kilómetros de más, y si no voy atento acabo en Valencia, es en el fondo una ganancia: las autovías y las autopistas son como la televisión que no veo, y no se ve nada en ellas. Las carreteras comarcales por las que rectifico ―Iniesta, Villanueva de la Jara, Tarazona de la Mancha, Quintanar del Rey: los alrededores de las Hoces del Cabriel― son más bien como el teatro, o como la pintura de género que fui a ver a Madrid: se ve todo, todo llega. Frena uno la marcha sin darse cuenta de que se sumerge la Mancha profunda, maquinaria agrícola, pinares como los de la infancia, encinares impensables, extrañas geometrías rurales, vides. Vi. Vi sobre todo esos cielos.


Y me entero de que el Cervantes se da este año de matute, como todos los premios, no lo olvidemos, al margen de los méritos. Amatutada y cervantina, doña Ana tiene el dudoso gusto de decirle a la ministra del ramo que mentiría si le dijera que no se lo esperaba.
Pero debe de ser que el viaje ya ha empezado raro, porque toda la vida llevo buscando rótulos en la espalda y el lomo de los camiones, rótulos que obsequiar a los amigos, para encontrarme hoy con esto primero:



 y a los contados kilómetros con esto otro (que no se ve muy bien, pero lleva el nombre de mi hijo mayor en polaco, pero es que si me acerco un poco más me lo como, y no habría sido buena idea, ya devorará Saturno a los suyos):


El camión praguense de Kafka Transport, deduzco, tiene que ir cargado por ejemplo de cintas para máquinas de escribir que sólo unos pocos usan, pero que compran a toneladas. Y mientras disparo a ciegas la maquinilla de fotografiar, a ver si hay suerte y sale, dejo de oír a U2 (aunque sobre Rattle and Hum creo que debo decir algo pronto) y dejo de oír Hindu Love Gods, y desestimo a Miles y Coltrane, porque no son carreteros, sino de salón, y un poco infantiles, o será que yo voy para viejo, y vuelvo a Dylan, qué remedio, y oyendo Blonde on Blonde descubro que no es una, sino que son dos las canciones que contienen cifrado mi nombre en un mismo sintagma. Pensé que era en «Visions of Joanna» y en «Rainy Day Women 12 # 35», pero no: es, qué menos, en «Stuck Inside of Mobile with the Memphis Blues Again)»:

Well, Shakespeare, he’s in the alley
With his pointed shoes and his bells
Speaking to some French girl
Who says she knows me well
And I would send a message
To find out if she’s talked
But the post office has been stolen
And the mailbox is locked

El cuarto verso, claro: a mí en el mundo anglosajón me calzan una diéresis gratuita y oportuna en la u muda de mi nombre, (para qué van a poner los españoles una u muda, deben de pensar si piensan, y luego "si te ajombras, no te ajombres", que dicen por aquí octosilábicamente) y me convierto o concierto en «Me Well». Y habrá quien me conozca bien, desde luego. La otra es «Absolutely Sweet Marie», aunque aparezca encubierto por el encabalgamiento, y acaso sea más pertinente:

Well, I waited for you when I was half sick
Yes, I waited for you when you hated me
Well,
I waited for you inside of the frozen traffic
When you knew I had some other place to be
Now, where are you tonight, sweet Marie?

De la primera, traductivamente no hay nada que hacer más, porque lo que hizo Kiko Veneno, «Atascado por el blues de Memphis (sin poder salir)», es un prodigio. Pero de la segunda a lo mejor me estiro próximamente con una versión, que será en todo caso un homenaje a Salvador Peña. El otro día, en Málaga, supe que da clases de traducción con Dylan.
*
Era importante llegar de día, porque cae la noche y no veo ni las flechas pintadas en el asfalto. E iba por tanto persiguiendo el poniente con el sentido de la rotación de la tierra en contra, quiero decir en la misma dirección, pero a una velocidad terrestre inferior a la de la tierra. Aún tuve tiempo de comprobar que los montes que hay en Cieza demuestran que Murcia es china:



Y según pongo en limpio estas notas del viaje veloz, cuando más corría en pos del crepúsculo, recuerdo que en ese tramo sonaba "Thunder on the Mountain" y su natural continuación, "Spirit on the Water".





Y va y resulta que llego finalmente hecho puré, no siempre se puede llegar hecho un pincel, y, en efecto, es de noche. Que por los dedos se me escapaba el día de los dedos escurrido. Descargo de conciencia y de maletero. Se me ha quedado el espíritu fontanar. Me acuerdo de haber visto que las embarazadas leen guiones mientras espero a mi hija, que tarda, en el  Hotel de las Letras. Pero llega bellísima. y a su manera puntual y me encuentra con la lámpara delante de la cara leyendo Intoxicated by my Illness. Me acuerdo de haber pasado un rato gratificante con Ortuño, hablando de las descortesías de que somos objeto. A mansalva. Y conspirando un poco. Creo haber estado esta mañana en un gran almacén sueco comprando muebles para mi hija, y creo recordar que estaba en Las Suertes, pero puede haber sido un sueño, como todos los olvidos. Al volver a su casa a descargar ―maletero, no conciencia―, he visto una pintada que puede resumir bien el periplo:

«Nuestra venganza es ser felices»

Y el consejo va a ser, qué remedio, no abusar de la iconografía, y menos hacer fotos cuando uno circula como una apisonadora a más de ciento treinta kilómetros por hora. Si no, este blog corre el riesgo de ser el centón de un fotógrafo presuroso y más bien malo, y ya me jode, es lo que hay. Próximamente, además del regalo Dylan para Salvador, me hago la promesa de abstenerme de las imágenes, a ver si termino pintando yo un jardín en Giverny encontrado en medio de la Mancha, o en el desierto cercano.