martes, 30 de noviembre de 2010

Family Matters, family matters

El radiotelegrafista de La Roda, al cual no conocí, tuvo un hijo que fue dentista en Betanzos. Este dentista, que en las fotos en las que tengo a su lado es igual a Gabriel Ferrater, tuvo varios hijos: un neurólogo, un diplomático que luego fue abogado de campanillas, un cirujano maxilofacial que además inventó el colgajo subcutáneo, una asistente social que hizo con los ciegos lo que no se puede ver, una profesora de historia, otros. El neurólogo tuvo bastantes hijos, en realidad los mismos que su padre: dos neurólogos distintos de él y entre sí, un arquitecto, un chico para todo y licenciado de relumbrón, un biólogo que resuelve marrones medioambientales, una farmacéutica mercantil, una profesora de lenguas, un traductor que nunca valió para nada. Uno de los neurólogos tuvo dos hijas que aún son pequeñas para ser nada, salvo inteligencia y sensibilidad puras; el arquitecto tuvo tres, pequeños los tres, y alguno herido por la genética puta; la profesora tuvo dos, las dos pequeñas y un poco demasiado americanas para mi gusto, pero mi gusto no cuenta; el chico para todo tuvo una solo, una pena, porque la que tuvo le salió muy bien. El traductor tuvo tres, ya no tan pequeños los mayores: uno que estudia ingeniería informática, otra que estudia periodismo, otro que sabe tocar el violín. Antes de acabar en Nanclares de la Oca o en Santoña, el traductor se refugió en Almería y se convirtió en un norteño ensureñado. No hablaba nunca con su hijo ingeniero, que no le cogía el telefóno; hablaba a diario con su hija aspirante a periodista, y le dolía todo el cuerpo cuando su hija tenía un herpes, y cuando había fútbol hablaba con su hijo pequeño, el que tocaba el violín y se parecía a Gabriel Ferrater tanto como su bisabuelo y tenía la suerte inmensa de vivir con su madre. y celebraba los goles de su equipo. Un neurólogo tenía mano de santo curando enfermos. La otra tenía manos de santa encontrando las causas por las que enfermaban los que curaba su hermano, y manos mágicas a la hora de amar. El arquitecto dejó de serlo, a la fuerza ahorcan, y fue el mejor padre que haya existido jamás, a la vez que era el marido de la farmacéutica y tan tranquilo. El biólogo era feliz siendo triste y siendo solo con sus novias y su gato. El traductor piensa que debería tener un gato, pero se los encuentra muertos por las calles de su pueblo, y mejor que no. El chico para todo cuidó de la hija del traductor como si fuera la suya a pesar de que detestaba a su padre, y eso que tenía una hija igualita que él, y le hizo sitio en su corazón a la hija de su hermano. El hijo del dentista de Betanzos se murió antes de morir, bastante había hecho. Y sin darse cuenta, ni proponérselo siquiera, nos enseñó a bien morir. Sus hermanos siempre lo han sido. Sus cuñadas, más.
         Sigo sin poder decir una sola palabra acerca de mi madre.
Y es que de niños nos caía con frecuencia una pregunta que ahora yo creo que ya no se hace: ¿tú de quién eres, de papá o de mamá? Mis hijos son todos de sus mamás respectivas, creo, pero yo, a estas alturas, no tengo el menor rebozo en decir que, al contrario que mis hermanos, bisnietos del radiotelegrafista de La Roda, y luego de Puentedeume, y al contrario que mis hijos, soy de papá. Mala suerte la mía, desde luego. Ni una palabra podré escribir sobre mi madre.


Fútbol es fútbol


Para qué lo voy a negar: el día será gris, pero me levanto luminoso. Ayer, en la Peña Barcelonista del pueblo, rodeado por jubilados y chiquillos de 17 años que me abrazaban a cada gol, descubrí que lejos de ser antimadridista soy de un equipo maravilloso, que interpreta el fútbol siempre igual, y como nadie. Luego podemos perder, pero jugamos como los ángeles. Los dos pases de gol que fabrica ese genio llamado Messi para ese chico de barrio llamado Villa son sencillamente memorables. Lo que hace Xavi en el primero con su amigo Iker es para quitarse el cráneo, por más que su amigo Iker grite al linier diciendo no me hagas esto. Ah: y no hay penalti de Valdés a CR. Penalti ser lo que árbitro pitar, que decía aquel, y Víctor llega al balón una hora antes de que CR se caiga. Sí que hay, y no se ha dicho, una cantada de campeonato de Casillas en el segundo, el de Pedro.
Me acordé del 0-5 del 75 en el Bernabeu, buen año para armarla gorda. No me acordé mucho del 2-6 del año pasado, ni del otro 0-5, con Romario armándole un crucigrama insoluble a Rafa Alkorta y rompiéndole la cadera sin tocarlo en un pispás. Pero volví a casa pisando charcos más contento que cuando era niño y en el parque de enfrente de la casa paterna jugaba con mis hermanos en un dos contra dos, Juan y yo azulgranas rebeldes, Pedro y Pablo rojiblancos creo que por destino. O por carácter, que diría Walter Benjamin.
El fútbol es una inmensa tontería, una dictadura a la que uno se somete de buen grado. Si el Madrid hubiese ganado y el Barça hubiera jugado bien, me habría ido a la cama igual de contento. Me fui a la cama pensando que por qué al mejor Madrid de los últimos años le salió todo tan mal. ¿Factor campo? ¿Tembleque Mou, que se equivocó de plano al cambiar a Ozil por Lass? ¿Fútbol fulgurante de un Barcelona en estado de gracia? Yo vi un partido que querría ver dentro de unos años, cuando ya me haya olvidado de todo.
Mi padre, que ha sido del Atlético toda su vida, hasta que se cansó de Gil y de no ganar y se pasó al Madrid y no sé bien con qué corazón ganó la novena, después de haber estado en la final de Heysel, Bruselas, con el golazo de Luis Aragonés a Sepp Maier de falta directa, todo en blanco y negro, seguramente se fue a la cama enfurruñado. Ya no era del Atleti al año del doblete.
Es muy probable que esta liga la ganen ellos: la máquina blanca no va a encasquillarse más como ayer, y los blaugrana vamos a la baja y nos hacemos mayores, y a Puyol gran capitán y a Xavi excelso les quedan pocos partidos para la jubilación. Eso sí: les queda la humildad en la victoria aprendida de sus mayores. (Mi hijo pequeño, barcelonista hasta la médula, Sam se llama por Johnson y por Beckett y por Etoo, ayer estaba exultante: su primer 5-0. En la Peña Azulgrana del pueblo había un niño igual que él. A cada gol que fue cayendo, le toqué en el hombro y le dije: no lo olvides, esto es para siempre. Nothing Dies.)
Despertarse hoy en Barcelona debe de ser un poema: las sonrisas adormecidas en el metro seguramente son el vivo retrato de la felicidad transitoria. Y en Madrid afilan los cuchillos. Y de una manera aviesa pienso que el Barcelona juega al fútbol como Proust entendía la literatura, como Beckett, y el Madrid como Dan Brown. Ganarán ellos, pero nosotros somos de hierro.


domingo, 28 de noviembre de 2010

La notte

La noche es por definición aciaga cuando el sueño no viene. Lo espera uno paciente y longitudinal, prono, pero no hay caso. Por eso Juan de la Cruz se emparedaba al alba de pie y pasaba la mañana aterido mirando al infinito entre los olivares ordenados desde Iznalloz, a la vuelta de la esquina, Brenan descubrió el sitio exacto, y Teresa de Jesús se trajinaba ella sola en la noche oscura del alma sin necesidad de tocarse. Qué raro que ahora que andamos sobrevalorando escritoras nadie se acuerde de la escritora que mejor ha descrito un orgasmo, por sobrevalorada que esté. No así el orgasmo, véase a Bernini en el Vaticano.
No viene el sueño ni con fármacos. Algo habré hecho mal, pero echo de menos ahora mismo todo. A mí me echo de menos durmiendo en paz. Echo de menos la calma y estoy en calma. De menos echo la luz y la noche me abriga aun estando en camiseta. El silencio me envuelve del todo y no sé yo si echo de menos un poco de ruido. Y algo de furia. Y un cuento que cuente todo eso que es la vida, full of sound and fury and signifying nothing.
Una amiga distante me escribe en alemán, y je ne comprend rien. Monto el taburete de cartón alemán, de la marca Remember, regalo de Carlos y Juan, de Juan sobre todo. El personaje de Auster en Sunset Park, Miles Heller, hace desmesurados esfuerzos por vivir en el presente, pero es un tramposo donde los haya, yo leo un rato su peripecia, esta mañana, oyendo Living in the Past, de Jethro Tull, y por poco me parto por el eje del tiempo. But I do remember. Por la tarde sigo leyéndole más tranquilo.
Místico estáis, que diría aquella. No, es que no como. Pero he comido. Y además bien, y sin salir de casa.
Se avecina un stormy Monday. But Tuesday’s just as bad.
Me empastillo un poco más, a ver si el sueño tiene a bien. Lo estoy esperando mientras escribo. Escribo para poner un poco más de sal en las heridas saladas que llevo abiertas. Me llama mi hijo pequeño con un mensaje destructor, ¿qué quieres?, dice. Yo no quiero nada más que quererle. Y no he sabido, no he podido. Por esa incapacidad es por donde la grieta del sueño se resiste a abrirse
En vez de Auster, voy a probar con la Divina comedia en la traducción de Bartolomé Mitre, edición de Jacobo Peuser, Buenos Aires, 1897. Puede que ya sólo por el peso me venza el sueño. Puede que lo venza yo y la deje en el lado desocupado de la cama. Puede que esta noche no quiera venir el sueño, y que me canse yo de esperarlo, y luego de la noche el alba, y un lunes otra vez.

All the rest is silence

Acabo de descubrir que este blog tiene fecha de finiquitud. Será el 17 de mayo del año que viene cuando termine, si es que llego y el aliento alcanza. El 17 de mayo de este año 10, que con sus dos ceros era una bicicleta, y luego mira tú  Contador, me pasaron dos cosas: una, que una persona que me quiere creyó verme donde yo no estaba, luego no era yo a quien ella vio. Dos, que una persona que no me puede querer, porque el verbo querer no está entre los que conjuga, rompió unilateralmente relaciones conmigo. El avistamiento en falso de la una y el mandarte a donde se descosen a las gallinas de la otra fueron simultáneos, fueron de sobremesa. Una mandaba sms a mansalva, la otra se mataba a pacharanes delante de mí, pagando yo el insulto. De la ilusión espejística de la primera no diré nada: quiso verme donde no estaba, y no estaba muy lejos. Y luego nos vimos maravillosamente. Del rechazo de la otra no diré nada: fue el torbellino anímico más patético, sensu stricto, que he presenciado en mi vida, y por patético entiendo ante todo la empatía que tuve, y él ni siquiera soñó, ni olió, de apacharanado que iba estando a cada minuto. Después, la persona que me echó de su vida para siempre ―sus razones no tiene, pero no le faltan razones: son suyas― pasó por las horcas caudinas de excusar mi falta de asistencia a una celebración familiar aduciendo «motivos de trabajo» el 4 de septiembre pasado. Mentira, piadosa y sobre todo falsa de toda falsedad. Mentira, vaya. Y que encima le tocase a él. ¿No pudo decir otro esa mentira, tuvo que ser él y notar en la lengua el sabor a falso? Yo no estuve allí aquella vez porque él no me quiso en su vida. No fue el único. Y cuando a uno le dicen lárgate, se larga al desierto tan campante, gorra roja, barba crecida, Paris (Texas), en busca ni siquiera se sabe bien de qué, de las alas, del deseo, de los ángeles, del cielo, de Berlín, hasta el fin del mundo. Antes que él, me habían echado  de sus vidas ―pero no a patadas: con buenos modos― otras dos personas. A los tres ―que son cuatro: mi madre también, pero esto no lo sé seguro, me lo han dicho personas interpuestas― les honra el gesto caritativo, la amabilidad del "desaparece". Hablo de mi hermano, de mi hijo, de mi mujer, de mi madre, y hablo en plata, así lo digo, nadie se llame a engaño. Ahora que pongo fecha de caducidad con seis meses de antelación a este blog que ninguno de los tres sigue, la cuarta sí, conste que nada echo en cara a ninguno: ni el gesto hipócrita de excusar mi asistencia aduciendo falsos factores, ni el perenne silencio administrativo del otro, el que sale en los camiones que adelanto y por poco no me como, ni el cansancio mortal de quien más feliz me ha hecho hasta que no pudo más y me dejó mudo, ni el cariño agotado de la otra. Culpa no tienen, que en eso la exclusiva la tengo yo. Yo sólo acarreo las consecuencias de mi mal hacer, de mi mal nacer. Y este post se lo dedico a la tía Concha, que de mi culpa algo sabe, a la que desagrada que llamemos tía, por más que lo sea, y carnal, pero mía no. All the rest…

is silence

Hoy que cambia el mapa de este país, y hoy que más de la mitad de Cataluña ―según se mira al mar, a la izquierda, muy lejos― tendría que votar izquierda si izquierda tuviera, hoy que una Cataluña amansada vota derecha por encima de la media y vota nacionalismo manso, es día malo para decir todo esto. Estando el mundo como está, que gane la derecha con piel de cordero, derecha lobuna donde las haya, nacionalismo imbécil además, sólo quiere decir una cosa: la televisión nos ha imbecilizado. Eso lo firmarían Karl Marx y Juan Goytisolo, que son más listos y más de izquierdas que yo. Mientras, deja de llover en el desierto. Y yo, ver el desierto pues lo veo. Clarinete.

sábado, 27 de noviembre de 2010

No es poco


Amanece como si más bien atardeciera. Negros nubarrones en el horizonte horizontal, con lo que la luz de Levante llega desde un flexo de pocos vatios que está muchísimo más lejos que de costumbre, anaranjadamente pálida. El desorden de las nubes ―el desorden con que miro― me recuerda que acaso más bien sea que el mudo ceceo de la lengua del alba se aprieta contra el cielo, y no el de la boca, sino contra ese cielo alto. Ayer, por lo visto ―quiero decir oído―, torrenciales aguaceros en Málaga. Aquí, ayer, lluvia constante y la sensación de estar en una Almería que desconozco. Es la tercera vez que llueve desde que estoy aquí, es fácil contar las precipitaciones escasas. Pero de pronto el desierto del sur fue un lugar completamente nuevo, y no era amigo especialmente, no hubo rayo de sol en todo el día. Puede que en Sierra Cabrera haya empezado a pelechar el verde, lo veré la semana que viene.
Me acuerdo de que Conte, en su Robinson, o la imitación del libro, antepuso este epígrafe: «Este libro trata del tiempo que hace». Este blog trata del tiempo que me hace, que nos hace, nos deshace.
Ayer por la tarde resolví dedicar todo el tiempo antes de dormir a continuar la lectura de Sunset Park, de Auster, de la que ayer hablaba MRR en su Sillón, hablando de paso de los traductores, que es algo que hace anualmente, como Vicent su columna antitaurina. Un rito.
Sospecho que hablaré de esta novela a fondo dentro de poco, cuando acabe, empezando por la coincidencia rematadamente austeriana con que empieza, del amor desigual, de la paternidad, de lo que trata. De momento, la lectura ha adquirido una dimensión anómala: paso tanto tiempo solo, y callado, y he descubierto que debido a una inflamación del oído y de la lengua he perdido precisión en mi pronunciación en inglés, que decido leérmela en voz alta, acaso para no estar tan solo. Y sí, ceceo, y se me pega la lengua al cielo de la boca. Voy muy despacio, voy con la sensación clara de que leer debería ser exactamente esto, aunque si fuera en compañía (como diría Pedro, «An unscratchable itch. What an addition to company would that be?») sería real del todo, digo real, no diré monárquico. Mientras leía largo y tendido y despacio y con la lengua ―leía paladeando―, se entrometía en el texto un verso de Dylan: «Someone’s beating up a dead horse. She went with the man in the long black coat». No entiendo aún por qué, pero de pronto fue irresistible el deseo de leer sin mover la lengua un librito de J. W. Dunne, el autor de An Experiment with Time, más divulgativo, menos matemático, más para todos los públicos, menos abstruso, que se titula Nothing Dies.
El silencio ahora mismo no tiene una sola arista. Joaquín, Paqui y Miguel, los niños de al lado, duermen como soles que se levantan.
Nada muere. Amanece. No es poco.


viernes, 26 de noviembre de 2010

Climatología, estados, ánimo

Mi amigo del sur me dice que no usa jerséis porque le agobian. Pero pasa frío mientras trabajamos juntos en Beckett con el balcón abierto del todo y al cabo de las horas los cerebros se nos quedan hechos mousse de chocolate, la expresión es de mi hija cuando le pregunto si lo tiene líquido tras tanto estudiar. Eso del jerséi, le digo, es porque no eres norteño. Con jerséi y camiseta tengo la sensación de que aquí no hará falta calefacción en el invierno que se recrudece, en los días que se acortan, que es lo que a mí más me jiba ―localismo navarro-aragonés: léase, lo que más me jode―, en la noche temprana, que ayer trataba de vencer a golpe de acelerador y hoy lo mismo me da que me sorprenda sentado a la tecla. Las mínimas de estos días en el desierto sur son más altas que las máximas en la verdura norte. E Irlanda está llena de Greens, por fatal que les vaya.
Estadística y estatalmente este país va a cambiar durante el finde. Y luego el lunes ¿qué más da si es lunes, y los que no nos resistimos a la dictadura futbolera, televisiva, capitalista, acabemos sucumbiendo al bar de la esquina y pasándolo mal, este año a los de azul y grana nos va a tocar pasarlo mal, la máquina blanca es mucha máquina, con dinero yo también, eh?
Subo al terrado y miro al mar y otra vez, pese a la grisura ―hoy no ha tenido a bien asomarse el sol más de diez min.―, se avista la mole del cabo Cope por la izquierda. De pronto, aunque me ordene la mirada, me enoja profundamente que el horizonte sea horizontal. Una leve inclinación mal del todo no le iría.
Y mediada la tarde me musico como quien se medica. Before and after Science. Me acuerdo mucho de una cartaginesa muy querida y muy perdida para siempre hace una eternidad, acaso en una Venecia con acqua alta. Cartagena queda justo a la vuelta, digo yo. En ese disco de Brian Eno está una de las canciones más dulces que conozco, y que dice, por ejemplo,

Julie with her open blouse is gazing at an empty sky
The still sea is darker than before.
Here we are, stuck by this river,
you and I, underneath the sky that’s ever falling down.
You talk to me as if from a distance
and I reply with impressions chosen from another time.

Creo que alguno de los versos lo he utilizado antes. Así que me callo.
Traduciendo a Paul Theroux ―una novela que empieza floja, pero que luego no lo es tanto―, me encuentro con este pasaje: «Uno de los comentarios más optimistas de un lúgubre filósofo alemán indica que la única forma de conocer a una persona consiste en amarla sin esperanza de ser amado».
Una aclaración debo a mis escasos lectores, fieles, a los que agradezco su tiempo y su cariño, Belén la primera: la cita sobre aquello de que cualquier paisaje es un estado de ánimo no era de D’Amicis, Edmundo, seré gilipollas. Es de Amiel, Henri Frederic, cursi donde los haya, obvio donde quepa, y a veces certero. La semejanza del apellido en su parte inicial me lleva a engaño.
En este viernes han sido tres las personas que de motu proprio me dicen «se te nota bien». Qué raro. Estoy como siempre. Si acaso, con un jerséi de más. Con las mismas carencias de siempre. Y la colada sin tender. Viendo pasar pájaros negros, y no son vencejos como los de ayer en los hilos telefónicos de la Mancha, son pájaros grandes, deben de ser cuervos, nevermore. Pero no los puedo fotografiar corriendo, porque ando actualizando el i-Phone (que tendré que reactualizar en casa de mi amigo del sur, y van dos, porque sin una buena conexión pues va a ser que no), y porque los iconos, ya se dijo, hay que racionarlos. E incluso raciocinarlos.
Caerá la nieve sobre Irlanda y nevará en la cuenca de Pamplona. Aquí este frío que no es frío es difícil de calibrar en lo que valga.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Travelling Light

Desde que con 17 o 19 años conocí la canción de J. J. Cale así titulada, mucho antes de soñar que iba a traducir nada ―yo empecé siendo un mal traductor cuando estudiaba latín―, creo que entendí con bastante precisión ―o con un grado de error despreciable― qué quiere decir la pérdida no ya en la traducción, sino en la vida misma. Una cosa es la luz de viaje, otra es viajar ligero, y ambas en inglés son la misma cosa.
Además, según salgo temprano me encuentro con tres trozos enanos de arcoiris aleatorios, fluorescentes, muy de mañana, antes de llegar a Murcia. Poco que ver con los majestuosos arcoiris del norte. A lo largo de la mañana aumentan las horas, se alargan y se acortan, y la latitud norte aumenta y disminuye la temperatura. Es el último viaje del año; de hecho, en diciembre seguramente no me moveré del pueblo, salvo si es para pasar parte de la Navidad navideña con Justo Navarro y compartir una lata de atún y unos buenos whiskeys. En Madrid, hablando de Justo Navarro, alguien me dirá: justo navarro eres tú. Y dejando a un lado el hallazgo traído por los pelos diré por enésima vez que no: que de navarro no tengo un pelo, y justo no soy. A mí me nacieron en Pamplomo, pero no olvidemos que mi bisabuelo era radiotelegrafista en La Roda primero y luego en Puentedeume. De La Roda son además los miguelitos.



Parecía que el desierto estaba lejísimos de todo, pero sólo está, de Madrid, un poco más lejos de lo que estaba antes. Por galante invitación de Pilar Álvarez resuelvo hacer un viaje relámpago y acudir con mi hija a la exposición de los «Jardines impresionistas», en el Thyssen. Me encuentro con Julio Grande, pero no consigo saludar a Pilar, que debe de estar abducida por los notables recién llegados de Giverny con la tierra del jardín pegada a las uñas. La ocasión es memorable: la presentación de las cartas de Monet que ha editado Turner y que hacen varios especialistas ―y son cartas que ha traducido Manuel Arranz, por lo que seguro que están bien: Manuel Arranz es una pieza crucial en mi periplo a pesar de que no nos conocemos en persona― es estupenda por lo clara, lo atinada, lo sucinta. Luego, como tantas veces, la exposición del Thyssen pecará de sucinta en exceso y me decepcionará: ¿cómo no están los Nenúfares que vi un tarde heladora, con mal humor, con mi antigua familia política, en París? ¿Hay jardín más impresionista que esos óvalos?
Paso a la ida por Humanejos, por Guatén, por el Jarama. Hay trozos muy verdes ya. No así en mi desierto, donde el verde es por fortunas mejores inconcebible. A la vuelta, me extravío, no sé bien por qué, supongo que porque a veces me paso de listo, acaso las más de las veces de un tiempo a esta parte. O porque iba cantando con Tom Waits a pleno pulmón, "Shore Leave". O acaso porque me tocaba tarde o después reeditar mi particular "Lost in La Mancha", que diría Terry Gilliam. Pero esa pérdida en el recorrido, unos 80 kilómetros de más, y si no voy atento acabo en Valencia, es en el fondo una ganancia: las autovías y las autopistas son como la televisión que no veo, y no se ve nada en ellas. Las carreteras comarcales por las que rectifico ―Iniesta, Villanueva de la Jara, Tarazona de la Mancha, Quintanar del Rey: los alrededores de las Hoces del Cabriel― son más bien como el teatro, o como la pintura de género que fui a ver a Madrid: se ve todo, todo llega. Frena uno la marcha sin darse cuenta de que se sumerge la Mancha profunda, maquinaria agrícola, pinares como los de la infancia, encinares impensables, extrañas geometrías rurales, vides. Vi. Vi sobre todo esos cielos.


Y me entero de que el Cervantes se da este año de matute, como todos los premios, no lo olvidemos, al margen de los méritos. Amatutada y cervantina, doña Ana tiene el dudoso gusto de decirle a la ministra del ramo que mentiría si le dijera que no se lo esperaba.
Pero debe de ser que el viaje ya ha empezado raro, porque toda la vida llevo buscando rótulos en la espalda y el lomo de los camiones, rótulos que obsequiar a los amigos, para encontrarme hoy con esto primero:



 y a los contados kilómetros con esto otro (que no se ve muy bien, pero lleva el nombre de mi hijo mayor en polaco, pero es que si me acerco un poco más me lo como, y no habría sido buena idea, ya devorará Saturno a los suyos):


El camión praguense de Kafka Transport, deduzco, tiene que ir cargado por ejemplo de cintas para máquinas de escribir que sólo unos pocos usan, pero que compran a toneladas. Y mientras disparo a ciegas la maquinilla de fotografiar, a ver si hay suerte y sale, dejo de oír a U2 (aunque sobre Rattle and Hum creo que debo decir algo pronto) y dejo de oír Hindu Love Gods, y desestimo a Miles y Coltrane, porque no son carreteros, sino de salón, y un poco infantiles, o será que yo voy para viejo, y vuelvo a Dylan, qué remedio, y oyendo Blonde on Blonde descubro que no es una, sino que son dos las canciones que contienen cifrado mi nombre en un mismo sintagma. Pensé que era en «Visions of Joanna» y en «Rainy Day Women 12 # 35», pero no: es, qué menos, en «Stuck Inside of Mobile with the Memphis Blues Again)»:

Well, Shakespeare, he’s in the alley
With his pointed shoes and his bells
Speaking to some French girl
Who says she knows me well
And I would send a message
To find out if she’s talked
But the post office has been stolen
And the mailbox is locked

El cuarto verso, claro: a mí en el mundo anglosajón me calzan una diéresis gratuita y oportuna en la u muda de mi nombre, (para qué van a poner los españoles una u muda, deben de pensar si piensan, y luego "si te ajombras, no te ajombres", que dicen por aquí octosilábicamente) y me convierto o concierto en «Me Well». Y habrá quien me conozca bien, desde luego. La otra es «Absolutely Sweet Marie», aunque aparezca encubierto por el encabalgamiento, y acaso sea más pertinente:

Well, I waited for you when I was half sick
Yes, I waited for you when you hated me
Well,
I waited for you inside of the frozen traffic
When you knew I had some other place to be
Now, where are you tonight, sweet Marie?

De la primera, traductivamente no hay nada que hacer más, porque lo que hizo Kiko Veneno, «Atascado por el blues de Memphis (sin poder salir)», es un prodigio. Pero de la segunda a lo mejor me estiro próximamente con una versión, que será en todo caso un homenaje a Salvador Peña. El otro día, en Málaga, supe que da clases de traducción con Dylan.
*
Era importante llegar de día, porque cae la noche y no veo ni las flechas pintadas en el asfalto. E iba por tanto persiguiendo el poniente con el sentido de la rotación de la tierra en contra, quiero decir en la misma dirección, pero a una velocidad terrestre inferior a la de la tierra. Aún tuve tiempo de comprobar que los montes que hay en Cieza demuestran que Murcia es china:



Y según pongo en limpio estas notas del viaje veloz, cuando más corría en pos del crepúsculo, recuerdo que en ese tramo sonaba "Thunder on the Mountain" y su natural continuación, "Spirit on the Water".





Y va y resulta que llego finalmente hecho puré, no siempre se puede llegar hecho un pincel, y, en efecto, es de noche. Que por los dedos se me escapaba el día de los dedos escurrido. Descargo de conciencia y de maletero. Se me ha quedado el espíritu fontanar. Me acuerdo de haber visto que las embarazadas leen guiones mientras espero a mi hija, que tarda, en el  Hotel de las Letras. Pero llega bellísima. y a su manera puntual y me encuentra con la lámpara delante de la cara leyendo Intoxicated by my Illness. Me acuerdo de haber pasado un rato gratificante con Ortuño, hablando de las descortesías de que somos objeto. A mansalva. Y conspirando un poco. Creo haber estado esta mañana en un gran almacén sueco comprando muebles para mi hija, y creo recordar que estaba en Las Suertes, pero puede haber sido un sueño, como todos los olvidos. Al volver a su casa a descargar ―maletero, no conciencia―, he visto una pintada que puede resumir bien el periplo:

«Nuestra venganza es ser felices»

Y el consejo va a ser, qué remedio, no abusar de la iconografía, y menos hacer fotos cuando uno circula como una apisonadora a más de ciento treinta kilómetros por hora. Si no, este blog corre el riesgo de ser el centón de un fotógrafo presuroso y más bien malo, y ya me jode, es lo que hay. Próximamente, además del regalo Dylan para Salvador, me hago la promesa de abstenerme de las imágenes, a ver si termino pintando yo un jardín en Giverny encontrado en medio de la Mancha, o en el desierto cercano.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Lo perjudicial

He visto que hay quien tiene por costumbre reproducir en una página web o blog o lo que sea algo que se ha publicado en otra, así que me voy a apuntar a la corriente, sin que sirva de precedente. Este artículo que sigue se publica hoy mismo en http://cvc.cervantes.es/trujaman/ a pesar de estar entregado en agosto. Contiene un pequeño desliz, y es que Green Mountain no es la sierra que dé nombre al estado de Vermont, sino que una vez nombrado el estado por los franceses que lo pisaron en su día los norteamericanos se apropian del nombre y lo traducen para designar la sierra. Es chocante la absoluta falta de imaginación que se demuestra en la toponimia de toda Norteamérica. Pero no tiene mayor importancia.

Lo perjudicial

Además del ingenioso italiano que acuñó el tópico de la traición, hay otro individuo de nota que ha hecho bastante daño a la honesta profesión del traductor. Los tópicos ya se sabe que encierran una nuez podrida que contiene un ápice de verdad y una gran abundancia de pereza mental corruptora y de cáscara y farfolla banal. Y quien encarga una traducción es como Roma, que no paga traidores.
El otro caso de nota es la ingeniosa acuñación de Robert Frost sobre la pérdida que se produce en el trasvase, lo cual denota antes que nada una mentalidad más bien capitalista y de raigambre protestante, como si fuera la poesía un bien precioso que no debiera servirse en grifo, ni siquiera en vaso, no sea que se derrame. La poesía es lo que se pierde en la traducción, dice el poeta norteamericano, y debo anunciar antes de seguir que a la frase lapidaria de Robert Frost le tengo ganas desde que me dedico en serio a este noble oficio. En su cabaña de Vermont, en Green Mountain exactamente, Frost siembra en un arranque de inspiración el otro tópico que, fruto de la galbana intelectual, perjudica más de lo que ilumina el arte de traducir.
Poetry is what gets lost in translation, dice, y me imagino que suspira y pide otro refresco para tomarlo con pajita y sigue echando cuentas con el lapicero encima de la oreja. En contra de ambos supuestos siempre cabe aducir que un clásico, o un poeta, es el que por su numen resiste incluso una traducción defectuosa, que tenga filtraciones o pérdidas.
Pero es que al poeta de Vermont se le puede aplicar su propia medicina. Juzgue quien pueda, pero aquí obsequio al lector unos versos de Frost que contienen una imagen espléndida, que además versan sobre la mecánica de los fluidos, y porque las pérdidas que haya en el trasvase desde luego son, pero son inapreciables.

The shattered water made a misty din.
Great waves looked over others coming in
And thought of doing something to the shore
Water had never done to land before.

El mar, roto en esquirlas, era ensordecedor.
Las olas inmensas se miraban justicieras
y tramaban hacer a la costa alrededor
algo que el mar brumoso a la tierra nunca hiciera.

Sin detrimento de que la traducción de poesía tal vez debiera estar tipificada en el Código Penal, prescindir aquí de metro y rima habría sido perder no ya la poesía que contengan los versos, sino reciclar toda la sustancia poética que puedan destilar para hacer por ejemplo un folleto ecologista en prosa.
No diré que sea el caso de esta traducción anónima encontrada en Internet, pero a Frost tal vez se le helaban las cañerías durante el invierno de Vermont y era fácil que se le filtrase algo en el trasvase, mientras sigue habiendo otros casos, y no son pocos, en que la poesía es aquello que persiste intacto al traducirla. 


domingo, 21 de noviembre de 2010

Regresado por la voz pasiva

Hoy toca doble dosis. Un Lp conceptual, de los de un solo tema por cara. Pero más bien será un single, que es lo que uno es.

Cara A
Para quien pasa muchas horas solo, la compañía es el mayor de los lujos, y por tanto un peligro necesario. La literatura es una necesidad: hagamos nuestras necesidades.
Me invitan a montar un taller de traducción en Málaga, me apoyo en un Beckett antiguo, de hace diez años, koljosizado, y me encuentro con una respuesta entre el alumnado como para quitarse la boina que no llevo a tornillo. Bien ha valido la pena, incluido el conocer a la clase profesoral y sus vicios. ¡Los profesores hablan de los alumnos en sus ratos libres! Para mí, el contacto con otra realidad lejos de la soledad del corredor de fondo no puede ser más gratificante. Mañana volveré a pasear solo por la playa, hoy no. Una vez más corroboro que los alumnos enseñan, y que el estímulo que representan no puede ser mejor. Algunos llegan en cuestión de pocas horas a soluciones que a mí me han costado semanas y un momento de iluminación. Al mismo tiempo, grata ocasión de cultivar la amistad: Vicente Fernández, Juan José Zaro, Salvador Peña (con el cual tenía ganas de pasar un rato así desde hace una eternidad, y vaya si cunde). Se vienen a cenar conmigo (o más bien se avienen a invitarme) y nos contamos las mil y una. Menudean las aventuras del intérprete, que de momento no he de contar, aunque contienen cuentos ejemplares. Se comentan los métodos: que si el Trados, o la memoria de traducción, o la traducción asistida, que no sé yo si es conveniente para quien como yo desarrolla por sus propios métodos de artesano una velocidad de crucero alta y clara. Hablamos de la ética de la traducción, y de la estétitca. La poética es otra cosa. Hablamos de las propuestas abortadas por la vida misma y sus vericuetos. De las estacadas en las que todos nos hemos quedado. Metemos la pata (yo el que más, con un golpe homófobo y ponderado, pero que puede desagradar más de la cuenta) y rectificamos. Lo mejor de los catedráticos es que a partir de cierta pieza de shashimi no sientan cátedra. Lo peor de uno mismo es que tiende a sentar sus reales cuando debería seguir de pie, que es como ha de estar quien no tiene donde caerse muerto. Si ahora me venciese la tentativa de agotar un lugar común, por fuer de ser tan puramente enumerativo como Perec, carecería de su magia, así que habré de conformarme con la memoria de la amistad y la certeza de que no estamos solos, au contraire: estamos, si se sabe hacer, en la mejor de las compañías posibles. Con tres profesores de la Universidad de Málaga. A la vuelta, con dos amigos en Nerja, aunque sólo sean dos horas, la felicidad de compartir tiempo y experiencias, aunque sean dos horas, a mí me humaniza y me exime de culpas. Durante todo el tiempo, con mi hermano Carlos ―yo no tengo un hermano que se llame Carlos, pero Carlos es mi hermano― y su familia, he experimentado lo mismo. Que somos solos pero solos no estamos. Me ha parecido oír, echando gasolina, que llueve en Pamplona. Con fuerza. Es decir, que nieva sobre Irlanda. Aquí no. Aquí si te despistas se te come la luna crudo.


Cara B
Malinconia dominical que empieza en sábado tarde. Ando enmimismado, o entutistado, e incluso en-sushi-asustado. Ensimismado no ando. O sea, que ando ausente, un poco fuera de mí. Y tirando a triste. En este caso, esto quiere decir que ando demasiado dentro. Y de golpe el insomnio al menos productivo: páginas de pasatiempos de una traducción que tengo entre manos sólo por pagar facturas y que en una noche salen como churros, los pasatiempos y las páginas, aunque luego ya veremos si. De tanto haberme acordado de cuanto quise acordarme me creí curado de recuerdos y espantos, y ahora me acuerdo de todo lo que no quiero más si cabe acordarme, y sobre todo a deshoras, y me duele casi todo: el paisaje, la espalda, la pleura un poco, creo, aunque yo pleura ya no tengo, ni domicilio fijo, ni paisaje propio, ni estado de ánimo propiamente dicho, siendo el estado de ánimo un paisaje, frase que atribuí una vez a Leopardi, cuando todo el mundo sabe que es de D’Amicis. O de un tercero. Acordarse no quiere decir que haya acuerdo. Pienso por ejemplo desde el sur llegando al desierto, con vendaval y mar picada, en la falta de libros que ni siquiera podría pedir que me enviasen, por no haber apenas garantías de que los encontrasen, ni de que los quisieran buscar, y más bien muchas ―garantías, digo― de que al cuerno me mandaran con semejantes requisitorias. Forma parte de la almoravidificación en que ando inmerso. Almorávide: no es mala identidad para un invierno de paso, ahora que voy cayendo en que mi andalucización sólo tiene por referente las diversas partes del reino de Granada. Que son tres, y bien distintas. Nunca estuve en Sevilla, y creo que no estaré, por más que mi amigo de Nerja se ponga muy serio cuando me aconseja ir. Mientras, la biblioteca del norte está en Pekín y la gran muralla china pasa por algún tramo del tercio sur peninsular. No echar de menos nada formaba parte del plan ahora que sin querer se echa de menos mucho más que todo. Pero será algo pasajero. Acaso todo empiece algún día de la semana pasada cuando en Málaga, de paseo, de golpe desorientación grave en pleno centro de una Málaga invernal, es un decir, y triste, es un hecho; me encuentro la misma falda debidamente desigual envolviendo otros muslos iguales aunque su dueña sea distinta y el mundo muy otro y yo prácticamente el mismo botarate y ni siquiera sea el único que sobrevive al desengaño. Por el camino de vuelta, despacio, Ben Harper: «More Than Gold», o «Just Another Lonely Day». Ben Harper dice, y yo lo sabía, que «It wouldn’t have mattered, anyway». Lo dice mientras a 135 kms./h me gana la prisa por volver y recluirme aunque sólo sean dos días en el rincón en que me habito, antes de una visita relámpago a Madrid, para ver a mi hija con un buen pretexto, y de esa visita ya se hablará si es preciso con otro paisaje del alma, desde luego más almorávide que éste de almorávide sólo neófito.

martes, 16 de noviembre de 2010

Cercanías, miopías, presbicias

Marcho a Málaga una semana y dejo el pueblo con un vendaval flautista. Tardo un rato en entender que la flauta es un arpa de boca que toca la grúa de al lado. En puerto, atracado, el North Spirit. O Wandering Spirit, según reza mi canción preferida del tocayo Jagger. Carga la arena despacio el barco. Es la primera vez que oigo cómo resopla el viento, pero no puede ser la primera vez que sople desde que ando por estos pagos. Despeja tanto todo el viento que desde el terrado se ve claro hasta pasado Mazarrón, hasta el cabo Cope, vaya nombre, estos murcianos son marcianos atomatados, es la segunda vez que lo veo desde aquí, y ulula. No el cabo. El viento donde da la vuelta el aire, es lo menos que cabe decir ahora que se anuncia un póstumo de don Gonzalo Torrente Ballester.
         El viaje es lento como un regreso y largo como una jornada que uno preferiría, acaso, que no terminase.
         Viene una semana en casa ajena. Acompañado. La noticia del día es que Manuel Ortuño me publicará Todos los días del año. No me la esperaba, la verdad. Di por hecho que me iba a encontrar con otro inédito en las alforjas, y estaba conforme, o más bien conformado a ese sino. Pero resulta que no, resulta que tengo un libro en capilla. Un libro que me importa mucho (algún pasaje ya ha salido en este blog): la celebración del amor a falta del amor, la conmemoración de todos los regalos recibidos ahora que no queda ni memoria. Y tendré tiempo para depurarlo, más incluso de la poda que ya le hizo Iñigo, y que lo ha mejorado. Al libro le irá bien esa labor de ajuste adicional, y yo no tengo por qué quejarme. Hacerlo sería vicio, y a estas alturas uno tiene otros, y entre ellos no cabe la queja. Caben las ausencias y las pérdidas y las derrotas, y cabe la donosura con que uno hace como que no pasa nada.
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Noticias de la muerte puta. Me entero a destiempo de que murió hace algo más de un mes José Luis Brea, que era muy poco mayor que yo. Sabor inane en la boca: años sin saber nada de él y de pronto ya nada. Me acuerdo de golpe de los años 85-91, en que nos vimos bastante, casi siempre con Horacio Fernández. Me acuerdo de Nuevas estrategias alegóricas. Me acuerdo de tantos jeribeques teóricos, de tantos escorzos en la inmaterialidad del concepto.
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Maneras de vivir aconsejables: gozar de la hospitalidad de los demás, estos días en casa de Carlos y Cintia. La conversación de rigor con el tercer poeta del grupo disuelto, Lucas Martín. En realidad el grupo de los poetas portugueses de Málaga nunca tuvo existencia real, más allá de un acto en el que leímos cada cual los poemas de los otros dos, despersonalizándolos. O más allá de la comida ritual en el Laboratorio siempre que visito Málaga, y últimamente van siendo bastantes veces.
Hay deberes pendientes, pero hay tardes en las que se detiene el tiempo y es como si toda obligación de golpe fuera secundaria. Luego, en la calle, en menos de cien metros todo son preguntas en torno a la editorial en la que publicamos los tres un libro hace ya tiempo, y que parece detenida, preterida, desmantelada, abortada incluso entre promesas. Preguntas por ausencias. Pero ya sabíamos que nada es para siempre, salvo, acaso, algunas amistades con las que nos privilegian los demás.
*
         Un pasaje del libro que muy probablemente termine por quedarse fuera:
Miopía

         Bien está que los que no tienen ni han tenido (que usar) gafas desconozcan la servidumbre del vidrio a que nos vemos condenados el resto de los mortales, los que no tenemos más remedio que ponérnoslas antes incluso de levantarnos de la cama los días buenos y los malos, al entrar y salir de la ducha, al empezar a pensar que habitamos en el cuerpo que nos ha tocado vivir. Hay quien se lo pierde. Yo me pierdo otras cosas.
         Una vez perdí las gafas en uno de esos parajes que algunos llaman «lugares del crimen», sitios a los que conviene no volver. Al menos, los asesinos no vuelven, y yo aspiro a pensar que tampoco volví: el que volvió no era yo, no del todo, sino otro yo. Ya, ya te oigo: yo no soy el mismo que fue ayer contigo al cine. Quise pensar que de algún modo me lo tenía merecido, que así me encontraba con mi Némesis, o con la de otro que años antes fue yo. ¿Fui yo? No sé, yo no estuve aquel día en clase.
         Sin embargo, una tarde de mucho viento, cuando ya se ponía el sol a espaldas de las salinas que hay donde termina la playa del Trabucador, a varios kilómetros de donde estaba cuando caí en la cuenta del extravío o la pérdida, que nunca tengo muy claro si se pierde un objeto o si es el sujeto quien se echa a perder, encontré las gafas en su funda o ataúd: poco faltaba para que la arena azotada por el viento de poniente las enterrase del todo.     Tengo mala vista, ya lo sé, pero creo que tengo buen gusto con las mujeres. Pero ya no estoy con Adela, que se quedó con mi retrato. No estoy con ella porque, por bueno que sea mi gusto, ella tiene mejor olfato.
         El otro día, en una casa estupenda que jamás había visto, perdí las gafas en el fondo de la piscina por bañarme desnudo nada más despertar, tras una noche de farra en el jardín, con Mr. Jameson y un amigo que no lee y lo tiene a gala, tanto como una colección de discos de blues para caerse de espaldas, y que hace casi todo mejor que muchos, incluso cuando lee, que ya es decir. Cierto, en su casa paradisíaca no había estado nunca, pero esa misma noche la terminé con otro baño, desnudo, cuando rayaba la luz grisácea del alba por ese microondas llamado Murcia, cuando aún se oreaba la luna llena en un rincón del cielo, como si no se fuese a marchar.
         Así las cosas, ya había estado antes en la piscina: no perdí las gafas con el primer chapuzón. Lo malo es que así como un arenal y un viento huracanado no me arredran, rara vez paso más de cinco minutos dentro del agua. Para colmo, el fondo de la piscina era una gruesa capa de fango sedimentado, y aunque sostuve a lo largo del día (después) que tarde o temprano sacaría del légamo la pieza de metal y vidrio a través de la cual contemplo el mundo tal como se me muestra, y cómo pasa el tiempo, a las tres o cuatro inmersiones, ya después de haber comido y bebido y charlado como suelen los buenos amigos cuando hace mucho que no se ven y no disponen de mucho tiempo, a la fresca del porche y al socaire de la buganvilia reventona, cuando los perros, Sire, están ladrando, tuve que reconocer que a tientas, y con la parca ayuda de mis pulmones, a mi alcance no iba a estar la culminación de tan ardua empresa. Me vino a la memoria El nadador, el relato de Cheever, pero no me parezco a Burt Lancaster ni en lo blanco del ojo: en la versión cinematográfica, el fornido trapecista recorría el condado de punta a punta bañándose en todas las piscinas que le salían al paso, entre golpes de Daniels y tragos de dry-martini. Me estaba apeteciendo una coca-cola, y no bebo más de dos al año.
         Tuve que pedir ayuda, vaya, y no era el mejor momento para recurrir a quien mejor podía sacarme del atolladero (más bien la única: mi amigo, aunque de morfología cetácea, no se baña ni en su piscina), pues ya se sabe que las mujeres se rebotan después de que los hombres pasen una larga noche trasegando todo el whisky que haya en casa, hablando del pasado y de otras gilipolleces, y caigan en la cama cuando ya es de día, como sacos de garbanzos arrimados a sus costillas, no sea que piense Adán que la cosa fue al revés. Cuando la dejé en la cama acaricié un rastro de arena en los muslos y le dije ahora vengo y no vine, y oí un ruido de arena fina al caerme de los bolsillos al suelo. Ni corta ni perezosa, cuando le pareció que el momento era bueno, Adela comenzó una serie de largas inmersiones.
         Agallas tiene, aunque mejor sería decir branquias. Cada una de las veces que bajaba al fondo a pulmón libre, asomaba sobre la superficie del agua quieta el bello islote móvil, que no a la deriva, de su popa embutida en un bikini rojo encendido como los versos más apasionados o el crepúsculo que iba adueñándose, tras los cipreses que cerraban la piscina, de la rambla de La Alcayna y las lomas peladas que nos separaban de Murcia. Tal vez buceó una docena de veces a tientas, acariciando el fango del fondo, atenta al movimiento sutil, que no invisible, de tanto polvo en suspensión. La hija de mi amigo, que es como la viva imagen de la felicidad, encontró cuando ya anochecía unas gafas... de bucear. Mi pescadora de perlas preferida se las puso y ¡zas!, a la primera zambullida salió con las mías en la mano. Sin alardes, sin fatiga pulmonar, casi como si tal cosa. Sin sonrisas, claro, que no tenía el coño para ruidos, ni ganas de celebrar su hazaña.
         A los dos o tres días llegamos al Cabo de Gata, encontramos un buen alojamiento, caletas salvajes, pescado recién llegado del fondo del mar a la sartén, cervezas a buen precio, un tiempo espléndido, demasiadas moscas tal vez. Le maravilló el lugar. Era bastante más de lo que ella esperaba. Lo peor del caso, lo que está por venir, es que yo he estado antes aquí. No maté a nadie, no robé nada. Conocí a gente que he visto después, hace exactamente dos semanas. Se cumplen nueve años de mi visita. No tengo miedo, pero pánico me da pensar qué voy a perder.
         Ayer mismo, Adela salió como vino al mundo, faltaría más, del agua cristalina de Cala Carbón. Tiempo después, cuando ayer estaba a años luz, le enseñé una foto de aquel viaje y dijo… dijo qué frescor. El viento le acaricia en la foto los muslos de bronce.
Me extrañó no exactamente verla así, que a verla así empezaba a acostumbrarme con deleite, sino que me extrañó a secas, porque acababa de tirarse al agua, y es de las que disfrutan nadando su buen centenar de metros mar adentro. Levanté la mirada del libro que a duras penas leía, más pendiente de sus evoluciones que de las circunvoluciones de la prosa ―lo que no habré leído yo en esas playas― y vi que sonreía. Llevaba sus gafas de sol en la mano; riéndose con ganas, dijo que eso no le había pasado en toda la vida. Tal vez fuese por descuido, pero se zambulló con las gafas puestas: las cazó al vuelo, bajo el agua, antes de que se acomodasen entre las guijas del fondo. Será que la cabra tira al monte, será la querencia del toro por las tablas, pero aquel trozo de fondo marino representaba la virginidad del mar, y las cosas nunca ocurren del todo si sólo suceden una vez.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Lo que va a ocurrir mañana

Bloody Sunday. Bueno, salvo que hayan degollado a un gallo en la vecindad, que podría ser, porque cantan menos, exactamente bloody no ha sido. Ha sido anodino, como todos. Pero es que de los domingos esperamos cuando menos un asesinato y al final todo queda en nada. Y nunca se puede saber, salvo que al fin de semana sigue un lunes otra vez
Trabajo, paseo rápido por la playa de Vera, berenjenas con miel (en El Cenachero escriben berengena con ge), Carlos pegado a la pantalla de su microodenador, becketteando. Pregunta ahora por el libro sobre los Crosby, Black Sun, que alguna vez le presté un rato. A saber dónde para ese libro, le digo. Estará en Pamplona, dice. Estará en Pamplomo, convengo. Y pregunta por qué escribo Maiakovski con i latina las dos, pero es la transliteración que pide mi lengua.
Recapacito en que dice Vicente Fernández, maestro de traductores, que montar un taller sobre Rumbo a peor es muy duro para los asistentes, pero que por eso mismo es generoso. La dureza es generosa. Un taller en el fondo no es sino abrirse la cabeza como una sandía madura, no sé si eso es generoso o es duro, de la sandía depende. Curiosamente, Rumbo a peor surgió ―nuestra traducción a diez manos― de un taller en el que llevamos el simulacro que es todo taller hasta sus últimas consecuencias, cinco cerebros conectados en línea de manera permanente. Luego de año y medio sesioneando para hallar soluciones a lo imposible (el propio Beckett se abstuvo de traducir el texto al francés, la traducción francesa de Edith Fournier no nos sirvió más que para corroborar la elección del título, Cap au pire), publicamos el librito en edición bilingüe y hoy inencontrable. El capitán del barco que se iba rumbo a peor no fui yo, fue Daniel Aguirre, que por lo visto ha andado cerca del premio gordo con uno de sus Ashberys. Daniel es un pamplomés residente igual da si en D. F. o en Cambridge. La última vez que lo vi pasó por delante de mí (yo estaba en el coche, le cedí el paso en la cebra de la plaza de los Fueros, o de los Forros) sin reparar en que dentro del coche estaba yo.
Y así van las cosas.
Todo vino de un desafío, o del vino vino. Esto no se puede traducir, dijo alguien. Y a la vista está que sí. Nada es imposible. Lo hicimos pasando por Turín, que es donde un domingo demoníaco terminamos la primera versión mientras traducíamos a Michael Cunningham, al cual luego traduje solo yo, al cual vi en San Sebastián tan campante. En mi ejemplar de trabajo, dedicado por los otros cuatro miembros de la tripulación (le chant de l’equipage), lo que dice Daniel es premonitorio. «La muerte no nos ha pedido que le reservemos un día libre.» Es una frase del Proust, de Beckett. El Proust es un librito que traduciré este año gracias a los buenos oficios de Ana Estevan y, sobre todo, gracias a la generosidad nada dura de Juan de Sola. Gracias a todo lo cual he podido leer el Tiempo perdido cotejando las dos versiones, de Armiño y de Manzano, que se parecen entre sí como un huevo a una castaña. Pero la gran experiencia lectora está en el cotejo, no en uno de los dos textos aislados.
Si de mí dependiera dedicaría la semana a beckettear con Jose, una vez rescatado del secuestro de su congreso AEDEAN, pero hay otros imperativos. El Sueño con mujeres que ni fu ni fa ha de esperar, como espera en algún lugar del metro la chica que leía Molloy en francés. Carlos tararea melodías imposibles. Qué lejos el gallopedro que nos cenamos nada más llegar. Es un pez cantante: canta el gallo y luego a Pedro se lo llevan todas las negaciones. Las afirmaciones se nos llevarán a la tarde por poniente.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Viaje de invierno (en otoño)

Vuelvo convaleciente del viaje a Madrid. Winterreise, como en Schubert. Frío pelón. Resfriado serio y amigdalitis tarzaniana. Lo mejor del viaje, las amistades viejas, las nuevas amistades. La cena con Juan de Sola, Carlos Rod, Patricio Pron, Giselle Echeberry-Walker (pero no sé si pongo bien su apellido, idéntico al de un compañero mío de colegio que se fue a Venezuela cuando teníamos doce años), Esther Morillas y sus inagotables alforjas de buen humor. Una de las cenas de mejor recordación en años futuros.
         De paso, dimos un premio, o dos si son pequeños y no se entera nadie, y quedamos razonablemente contentos. Yo no di nada: estaba encamado, como Caballero Bonald.
         Vuelvo acompañado: vuelvo en tren a Málaga con Carlos Rod, que luego se viene acá a trabajar el fin de semana en nuestro Beckett, uno de tantos. Lento viaje en coche por la costa de sol a sol. Apenas habrá tiempo para baños y gambas con denominación de origen y paseos por el puerto y visitas al pueblo de al lado. Hora de trabajar.
         Es curioso, porque a nada de estar en casa, aunque ésta no sea mi casa, mejoro. Convertimos lo provisional en definitivo con verdadera facilidad, aunque lo definitivo dure un invierno. Con el cuerpo todo dolorido por los calambres y las amígdalas en carne viva, mejoro. Y, si no, me jodo. Pero a lo mejor esta provisionalidad sí que es mi casa. Digo a lo mejor, por ver si mejoro. Salgo a hacer la compra en el mercado callejero de los viernes, bien de fruta y verdura, y con una comida vegetariana en la terraza y la mejor compañía definitivamente mejoro.
         Vuelta al «aún, di aún, sea dicho aún, de algún modo aún, hasta en modo alguno aún».
         Me espera el patético libro de Paul Theroux, malo de solemnidad, pero antes me espera la preparación de un taller en Beckett, con alumnos de Málaga, el fin de semana que viene. Que es como estar en mi salsa, no el taller, sino Rumbo a peor. Y digo taller «en», porque estar en Beckett es como estar en capilla. Es un estado del ánimo.
         Carlos oye a Schubert mientras corrige una traducción mía. Inmensa capacidad de trabajo la suya. O de abnegación. Por otra parte, nada es lo peor mientras pueda uno decir «esto es lo peor».
         Luego se desacompasan los ritmos y Carlos estira el día por un lado mientras yo le arranco horas al sueño por el otro cabo de la vela. Natural. Desacompasados, no nos desacordamos. Y eso que todo es breve y provisional.
         Las vueltas se aquietan. En la cama vuelvo a leer despacio, con lupa, el Gaddis imposible. Es otro que espera, sólo que espera con el diente afilado.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Tempus edax rerum

O, como dice mi amiga Catalina en versión clavada, tempus fuck it.
Más si cabe en un día sin par, que se repite cada trescientos y pico. Hace un año hoy estaba en la plaza de Cataluña tan campante y no me imaginaba la que se me venía encima por mi mala cabeza. No fue exactamente que me tocase la lotería: la lotería es que entres en un bar y suenen los primeros acordes de «Brown Sugar», que te llamen tus sobrinas vermontesas y tu hermana de Vermont, o que te llame por teléfono alguien desde un teléfono que técnicamente es el del un muerto, y que le puedas dar las gracias de corazón. La lotería es que te llamen. Desde muy primera hora de la mañana.
Las llaves matarile de la casa funcionan a la segunda. Hace dos años, en una entrevista radiofónica, me pusieron el «Happy Birthday» de Marilyn sin avisar. Fue el día más feliz de mi vida. Pero que hoy me lo cante una amiga por teléfono ―just the first line― me ha sonado mucho más dulce, de veras. La beso agradecido, con too many things, como decía aquel a quien los dos conocemos como nadie. Demasiadas cacerolas al fuego.
La lotería es que te llamen cuando estás lavando el coche y no te enteres. O que llueva y que escampe y que el día feo se quede más guapo que ninguno. Y conspirar con cautela, por teléfono, con un Juan locuaz.
Y, mientras, becketear. Preparar bolos. Frecuentar el trabajo de Daniel Aguirre sobre Rumbo a peor, su trabajo excelente sobre nuestro trabajo. Porque nada es lo peor mientras uno pueda decir «esto es lo peor», mientras aún pueda decirlo. Cada vez que lo releo me cabrea: se queda a un dedo de ser genial, pero ese dedo es gordo.
Y, de paso, trabajar en Barney a destajo. Me asombra que hace diez años no me diera cuenta de que contaba mi vida la novela de Richler, incluido el amigo muerto, pero no por mi mano. Lo que pasa, como le pasa a Barney Panofsky, es que nunca supe qué fue de él. Hay llamadas sin respuesta y respuestas sin llamadas. Pero ahora me doy cuenta de que caló.
No es casual que mi hija ande perdida entre trenes en el tercio norte peninsular, empeoramiento progresivo.
Me acuerdo de la canción de Handke, en Cielo sobre Berlín:

Cuando el niño era niño,
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente,
y este charco el mar.

Cuando el niño era niño,
no sabía que era niño,
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño,
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ningún hábito,
a menudo se sentaba en cuclillas,
y echaba a correr de pronto,
tenía un remolino en el pelo
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

Etcétera.
Me acuerdo ―de la voz de Bruno Ganz ―als das Kind Kind war― de quienes se acuerdan de llamarme. Jose en cambio me cita ―el bar es un gallinero ensordecedor, no hay quien lea ni a Daniel ni a Beckett― y me hace un regalo que me ilusiona una barbaridad, con el que pienso echar la tarde: la Crónica personal que sobre esta tierra ha escrito Antonio Orejudo, al que no tengo el gusto (aunque es amigo de Catalina: a lo mejor un día si viene). Crónica personal es el título de una de mis traducciones buenas. Hay muchas otras plagadas de fallos, hora va siendo de que se sepa. Pero es otra, es la de Conrad. Me acuerdo de que algunas llamadas me llenan el corazón.
Me acuerdo de lo que es un rusty nail y de Lisboa.
Me acuerdo de golpe de los que no me llaman, aunque ellos se lo pierdan. Me acuerdo de que éste es un verso de Justo Navarro que no cito del todo bien.
Así que me pongo con Orejudo un buen rato y luego ya veré si Barney. Pero a lo mejor antes oigo la BSO de Cielo sobre Berlín. Que, al contrario que Paris – Texas, no transcurre un 5 de noviembre que empieza fatal y acaba de cine.
Iba a copiar el resto de la canción de Handke, pero se encuentra en Internet al menos en dos traducciones, y ninguna mala.
Además, el mejor regalo  del día llega cuando el día acaba. El trabajo de edición cuidadoso y cariñoso que ha hecho Íñigo sobre mi trabajo es impagable.