miércoles, 16 de febrero de 2011

Días felices, acaso

El primer rayo de luz, el rayar del alba mirando al mar, la conversión de las tinieblas en claridad, nunca dejará de ser el momento más extraño de la existencia, no por repetido hasta la saciedad (hace mucho tiempo que me acuesto temprano, de modo que madrugo a diario) menos enrarecido. Ya lo dice Winnie en el arranque de Happy Days: «Another heavenly day». No sé yo si será celestial éste que empieza ahora, desde luego.


         Vimos Días felices en Málaga el otro día, interpretada de maravilla por Isabel Ordaz, un montaje memorable, con detalles de luminotecnia y resolución escénica y una actuación realmente felices; no me cabe duda de que Beckett habría estado contento con semejante resultado, aunque seguro que le habría encontrado los mismos defectos que yo al alba, si estuviera aquí. ¿No está aquí? A lo largo de la pieza encontré en los monólogos de Winnie Ordaz dos citas para los amigos que me acompañaban: primero, la de Cimbelino, de Shakespeare, que encima adorna la tumba de Gamel Wolseley en el Cementerio de los Ingleses, en Málaga: No temas ya más el calor del sol, que Brenan le puso a su esposa en la piedra, y que en la pieza de Beckett parecía inserta ex profeso para mi querido profesor, Andrés Arenas. Luego, o antes, algo así como qué feliz soy en medio de mi tristeza, la cita no es textual, que me pareció hecha a propósito para mi querido profesor (soy un alumno perpetuo, no siempre querido) José Fernández, con quien ando apretando las últimas tuercas de Sueño con mujeres que ni fu ni fa, la primera novela de Beckett. Qué curioso: cuarenta años después, en Días felices, se cita él a sí mismo, en una frase tomada de Sueño. Se las expuse cómplice a los dos a la salida.
         El viaje a Málaga, con J. y C., fue un relámpago, pero nos salió a cuenta. Me vine con un cuadro de Emily que ahora adorna mi salón y que me llena de orgullo y de gozo, y hace compañía al pequeñito que tengo en el dormitorio, Company, otra obra de Beckett, lectura predilecta de mi hermano Pedro, por ejemplo; estuvimos desayunando con su padre, acompañándoles un rato a los tres en el dolor de la pérdida; disfrutamos con su sobrina; pude abrazar a su hermano (y admirarme de su integridad) y besar a su cuñada, además de tomar unas copas después del teatro ―el teatro es casi tan oneroso como el cine, pero si se elige bien compensa― con el gran Lucas Martín, que ha dejado de fumar de verdad (le tengo que preguntar de veras cómo). Ahora Emily está en Berlín y la vida sigue y este amanecer tiene tintes de tiniebla perpetua, como si en el fondo se demorase y no quisiera.
         Acaso el día que despunta sea feliz. Triste será seguro, pero ambas cosas caben en el mismo saco.

miércoles, 9 de febrero de 2011

La salud (2)

Los hechos son los siguientes:
- Al poco de llegar a este pueblo, mi vecina me contó que su padre tenía un grave contratiempo de salud y, como se había enterado de que yo era de una ciudad con fama hospitalaria (quiero decir, sanitaria), vecino, por favor, a ver si puedes hacer algo para que lo vean.
- Me cabreó interiormente, y no poco, tener que hacer una gestión para la que no estoy preparado, sino que más bien soy inepto, o he de pedir favor, pero hice de tripas corazón, o de flaqueza virtud, qué sé yo.
- Hablé con mi cuñada, que es hospitalaria y trabaja en sanidad, y les facilitó un desembarco allá en el norte. Se fue la familia en pleno, dos o tres furgonas, todos vestidos de negro. Coexistimos de maravilla, pero son tan gitanos ellos como payo yo.
- Antes, el día en que mi vecina me pidió que hiciera la gestión, todavía no sé cómo me embarcaron para que bajase un par de calles a ver a su padre. Me imagino que andaba yo condescendiente y despistado y deseoso de congraciarme con todo lo que me rodea. Sólo después me di cuenta de que habían pensado que el médico era yo, y me tuve que sentar al lado de su padre, que resultó ser tocayo mío y me pidió que le palpase un tumor que debía de rondar el kilo y medio mínimo. Lo hice.
- Subieron al norte, los atendieron, volvieron contentos, me lo agradecieron. Mientras tanto, empecé a dar una hora de clase de inglés a la semana a los hijos de la vecina, dos chavales mu avispaos, y de alfabetización a la tercera, que va muy lenta (porque no va al cole muchos días), pero que de lerda no tiene un pelo. El pequeño es muy pequeño y se llama como su abuelo y como yo.
- Decidieron que se le operase en un hospital de Madrid, donde todo pintaba de maravilla.
- El domingo pasado subía yo de ver el partido del Barça en la Penya Barcelonista del pueblo cuando me encontré con un velatorio multitudinario, las calles tomadas. Pregunté qué había pasado con la debida discreción. Un señor que estaba muy afectado y solo, en mi calle, me dijo que había muerto «uno de los nuestros». Y el lunes parecía que fuese verano: había venido una multitud ingente, era imposible aparcar en ninguna parte.
- Me impresionó el sentido gregario de esta gente, aunque no todos eran gitanos, que payos había entre los deudos, en el duelo, y no eran pocos.
- Acaban de entrar a verme los vecinos. Antes, había pasado yo a verles para avisarles de que quitasen la furgona, que mañana asfaltan la calle. No me abrieron, pero me preguntan si era yo, y digo sí, y me dicen que «se nos ha ío». Perplejo, pregunto quién. Resulta que mi tocayo se ha quedado en una mesa de un quirófano en un hospital de Madrid. Tenía 56 años. Y muchos nietos. Y el respeto y el afecto de mucha gente. Y yo sin enterarme, pasando un feliz finde con mi hija, cuando tendríamos que haber ido a ese entierro, porque vela teníamos en él.
Las conclusiones son como siguen:
Desde luego, no somos na.
Hay que seguir bregando.
Contad conmigo pa lo que sea.
Y: a cambio de un «gracias, vecino», dicho por Paqui con un pañuelo negro impoluto al cuello, toda vestida de negro, mientras Luis me abraza, no quiero nada. Me quedo con eso.

martes, 8 de febrero de 2011

La salud

Mientras me investigan dónde han aparecido y qué gravedad revisten, y si no es gravedad será peligro, las úlceras que parece que se han reproducido, se me rompe un cordón de los zapatos y no la lengüeta, sino la tira del otro, que también se me rompió en la mano la tapa de la Divina Comedia, traducción de Mitre, ed. de 1897, en una buena demostración de que las cosas no suceden aisladas, sino todas en bloque, lo cual querrá decir que habrá que esperar lo peor, o no, porque eso siempre nos pillará desprevenidos por más que lo esperemos, y mientras tanto voy al médico con el alma en un pañuelo y resuelto a echar la mañana y parte de la tarde, y con buena lectura, que ir al médico es ir a una sala de espera, me digo: pero si tú no tienes alma, o como mucho de cántaro, pañuelo nunca uso, y ya voy pensando que mañana o pasado se romperá el cordón del otro de mis zapatos Made in Argentina, que apenas me he quitado no sé si en seis u ocho años, que así de buenos son, y así costaron, y bien amortizados que están, dicho sea para quienes me riñeron en su día por gastar tanto en zapatos, que a fin de cuentas son como las úlceras, y al final revientan, por buena que sea la pasta de que estén hechos, o se romperá el cántaro de tanto ir a la fuente, que están de pronto verdes estos campos del sur, todo lo verdes que pueden estar, y no es poco, como si el riego hubiera sido intensivo en el último mes, y ayer en Murcia provincia ya había recolectores a troche y moche, recogiendo a saber qué, huertanos, mientras Murcia City (donde siempre me perdía, ya he encontrado el norte: la construyó Abderramán III y aún no lan terminao) sigue siendo un caldero, y ayer los escotes eran de vértigo; luego el médico hará sus pruebas y dirá lo que le pete, y yo tendré que pensármelo, o actuar en consecuencia, al tiempo que aquí no mejora el tiempo, y en esta casita pal verano hace un frío que no veas, y a ella me vuelvo del médico, que es camino Murcia, a recapacitar sobre la ulceración mientras traduzco Ebrio de enfermedad, título provisional, un libro que quise hacer primero a medias con mi hermana, que motivo tiene, luego a medias con una amiga granaína, que por qué no, y que finalmente hago solo, en el que un crítico literario norteamericano desgrana su experiencia de un diagnóstico canceroso ―de próstata― y su experiencia hospitalaria, y todavía era ayer cuando mi hija, que estuvo aquí unos días deliciosos, me preguntaba si no me iba a dar palo, y le dije que al contrario, que iba a ser terapéutico, y lo está siendo, ya sólo falta que vuelva el tiempo bueno por estos pagos, aunque a lo que se ve pues parece que va a tardar.
         Los cordones de los zapatos nunca se rompen de uno en uno. Las úlceras no salen solas. Los sudores nocturnos ―salgo en barco de la cama, hecha piscina― tendrán un porqué, y no seré yo el que lo pregunte. Sólo ha sido la mañana en el médico y total pa na.

jueves, 27 de enero de 2011

Escena cotidiana # 52

La escena la había visto y la habré protagonizado, pero nada como presenciarla en vivo y en directo, por persona interpuesta, para entenderla mejor. Aunque sea a toro pasado.
Por el lado mar y por el sur, negros nubarrones. Por poniente, por el interior, la luz de esta tierra se desprende de nuevo del cielo tacaño cuando cae la tarde, tras muchos días de cerrazón y frío.
En una ferretería, o tienda-pa-tó, entro a comprar unas bombillas. La dependienta, hija de la dueña, y dueña por tanto, me atiende con amabilidad inmensa. Me convence como es su deber para comprar unas de bajo consumo y mayor potencia lumínica, que cuestan una pasta y no me gustan nada, porque dan luz blanca. A la hora de abonar el precio de la mercancía es una niña la que me cobra, de la edad de mi hijo pequeño aprox. He dicho aprox. com, no aprox.es. Está interneteando con el ordenador de caja. La madre, hija de la dueña, repito, la instruye: tienes que poner en el concepto, le indica, bombillas de bajo consumo, 40 ww, 2 unidades. La niña teclea con agilidad En ese momento, desde la calle entra un individuo malencarado y malhumorado que conmina a la niña, sin hablar con su madre, que no le habla, a que termine cuanto antes lo que esté haciendo y salga de una vez. La madre de la niña ni siquiera lo mira. La niña tampoco lo ha mirado.
¿Hice yo alguna vez una cosa así con la niña a la que ahora le escaneo material gráfico para un trabajo de carrera que yo mismo le sugerí, y que le está costando arrobas? No lo recuerdo. (Tampoco recuerdo que nadie haya empleado la palabra arroba en los últimos años en su acepción original, quiero decir aborigen.) Es improbable: es seguro en cambio que viví una escena semejante en la puerta de los boy scouts de su barrio (en la víspera de viajar a California para convertirme, sin saberlo, en un español único en mi especie) o en cualquier otro lugar de contacto ―quiero decir desencuentro― con su señora madre. Mientras le escaneo sus materiales y le hago de zapador documentalista me pregunto, y le pregunto a mi asistenta, que plancha gaditana como si se tirase en plancha, qué mundo es el que estamos construyendo con hijos sobrecuidados, heridos, necesitados, dolidos, enajenados, reticentes ―vaya: cambió el régimen participial, del pasado al presente―, documentados, indocumentados, queridos, querientes ―once again you can dance if you want to, que decía Byrne en la intro de «Crosseyed and Painless» en directo: escuchadle, en Stop Making Sense, de propina, después de «Take Me to the River», donde versionean al fabuloso Al Green―, hijos en todo caso, como nosotros lo fuimos. Y lo somos. Y seremos. Igualitos que ellos, aunque no nos pasen las cosas que a ellos cuando actúan de cajeros en la tienda de la abuela.
Bueno. Malo. Regular. En fin. Al principio. Es decir: rebaño y araño un fondo de mi cabeza (en la peli del directo, Byrne y el otro guitarra hacían una cosa que no se ha hecho nunca: tocaban unos riffs cada uno en la guitarra del otro) y va y aparece la letra de los Heads:

Lost my shape  Trying to act casual!
Can't stop  I might end up in the hospital
I'm changing my shape  I feel like an accident
They're back!  To explain their experience
 
Isn't it weird/Looks too obscure to me
Wasting away/And that was their policy
 
I'm ready to leave  I push the facts in front of me
Facts lost  Facts are never what they seem to be
Nothing there!  No information left of any kind
Lifting my head  Looking for danger signs
 
There was a line/There was a formula
Sharp as a knife/Facts cut a hole in us
 
I'm still waiting... I'm still waiting... I'm still waiting...
I'm still waiting... I'm still waiting... I'm still waiting...
The feeling returns/Whenever we close our eyes
Lifting my head/looking around inside
 
The island of doubt  It's like the taste of medicine
Working by hindsight  Got the message from the oxygen
Making a list  Find the cost of opportunity
Doing it right  Facts are useless in emergencies
 
Facts are simple and facts are straight
Facts are lazy and facts are late
Facts all come with points of view
Facts don't do what I want them to
Facts just twist the truth around
Facts are living turned inside out
Facts are getting the best of them
Facts are nothing on the face of things
Facts don't stain the furniture
Facts go out and slam the door
Facts are written all over your face
Facts continue to change their shape
 
I'm still waiting... I'm still waiting... I'm still waiting...

Voy a bajarme (pagando, claro) el Stop Making Sense. Pero a lo mejor bajo al coche, donde creo que lo tengo. Hay otra versión del mismo tema, veintitantos años anterior, en otro directo casi tan bueno, The Name of This Band Is... Ése sí lo tengo bien comprado en el ordenata. Y ahí hay un tema titulado "Born Under Punches".

martes, 25 de enero de 2011

Sobre la construcción de los puentes, 1 y 2

(No me resisto a reproducir los dos artículos dedicados a una expresión de don Jaime Salinas, o «salinismo», que publicó en El trujamán el cvc.cervantes en marzo de 2005, en dos entregas, por gentileza de Mari Pepa Palomero. Vaya en homenaje a su memoria)

I
Dedica uno la vida entera a un afán, al principio un poco por azar, con el punto diletante y algo superficial del mero aprendiz perpetuo, después con ese sense of purpose que sólo pone en su empeño quien lo disfruta y sabe que comporta su salvación, que viene a ser su condena. Llega un día en que esa vida entera es ya de una anchura y longitud considerables, aguarda el espectro de la vejez a la vuelta de la esquina y ni siquiera el fantasma ha de arredrarle a uno en el cultivo de su huerto, que sigue roturando con un arado ya mellado, pero con manos aún capaces. Una vida entera, a qué engañarnos, es mera gota de agua en el océano del tiempo, pero es océano para la ameba que habita en el plancton.
Indefectiblemente, antes de que llegue el día, tampoco mucho, uno sabe que sabe casi todo lo que se puede saber del campo y del clima. No es gran cosa. Conoce con detalle incluso las piedras que forman los ojos del puente que salva el río con que linda el huerto por el fondo. No es que haya perdido su capacidad de sorpresa, pero hace años que no se asombra. Se asolea. Así, quien cultiva el campo de la lengua, de las lenguas, por azar y con ahínco, rara vez halla novedades cuando pasa de cierta edad; a lo sumo, ahonda en lo que fueron en su día novedades.
Y sin embargo la lengua es infinita. En noviembre, oí de labios de mi hermano una expresión que me gustó y que desconocía: «Ya cruzaremos el puente cuando lleguemos al río». A mi hermano siempre se le ha dado particularmente bien ser correa de transmisión de acuñaciones bastante felices. No es que sea una mina, pero tiene un caudal abundante de expresiones que, nada más oírlas de sus labios juiciosos, uno comienza a emplear sin darse cuenta. A los pocos días, comentando con alguien un acontecimiento no inminente, pero sí previsible para dentro de algunas semanas, le dije: «Ya cruzarás el puente cuando llegues al río, ya lo vadearás aguas arriba si han volado el puente, ya lo salvarás a pie si el río se ha secado y con suerte hasta encontrarás que te han construido un túnel y el río se puede atravesar en tren».
Ahora es enero y dedico una mañana de domingo a seguir leyendo Travesías, las memorias de don Jaime Salinas que abarcan desde 1925 a 1955.1 Está en Baden-Baden, alojado en el hotel Berg, y faltan semanas para que termine la guerra. El paisaje es incierto, un futuro algodonoso, y su deseo es seguir al servicio del AFS como conductor de ambulancias, pero todo hace pensar que su unidad será devuelta a Nueva York, donde quizás pueda apuntarse para partir a China. El escollo lo representa la segura negativa del padre, si bien... «ya cruzaría ese puente cuando llegara a él» (p. 287).
La coincidencia es alentadora, toda vez que las casualidades no existen: no hay nada nuevo bajo el sol, salvo aquello que no ha visto uno todavía, y el reencuentro con la expresión daba a la de mi hermano una autoridad de la que no es que careciera, pero que sí le venía como anillo al dedo. Claro que no termina ahí la cosa: había pasado mes y medio entre el primer registro y el segundo, y solo faltaban siete páginas para que de nuevo compareciera la misma expresión: en p. 293, Salinas se encuentra en la ópera de Amberes con el cónsul de Estados Unidos, quien debe gestionarle los papeles para el regreso. La situación, sin embargo, discurre por derroteros inquietantes. En el descanso, bajan ambos del palco al ambigú y «ante una copa llena de champagne decidí que cruzaría el puente cuando llegara a él».
Disculpará el avisado lector que no le desentrañe del todo el pasaje. Travesías es un magnífico ejemplo de literatura de la memoria, una joya cuyo disfrute prefiero no estropearle a nadie. Bien: ¿quién no ha visto cómo un adjetivo, una locución, un gesto verbal cualquiera se le pegan a quien escribe de tal modo que por más que sacuda la pluma sólo consigue sembrar el texto de repeticiones que restan valor expresivo al hallazgo, sin despegarse nunca de él? El otro día, en la vida de Thomas Browne escrita por Samuel Johnson, una treintena de páginas que figuran como apósito a la traducción española de Pseudodoxia Epidemica, o Sobre errores vulgares (no todos: solo una muestra representativa),2 vi que en seis páginas al traductor se le había caído de la pluma nueve veces un «por ende» bastante enojoso. Por mucho que responda a un thus reiterativo en el original, pero sin valor expresivo, ese uso recurrente termina por ser un grano de arena en el ojo del lector. No es el mismo caso de esta otra recurrencia, aunque ambas obedezcan a un cierto desaliño.
1. Tusquets, 2003.
2. Siruela, 1994. Traducción de Daniel Waissbein. 

II
Dos páginas más allá, cuando Salinas respira tranquilo a sabiendas de que dentro de dos días zarpa en un liberty ship1 con destino a Norfolk, Virginia, en el que tiene plaza asegurada, se muestra preocupado por la segura insistencia paterna de que recale en Puerto Rico y curse sus estudios en la Universidad de Río Piedras, cuando todo su empeño sigue estando en China, y se dice: «...tenía tiempo por delante. Por el momento, el Atlántico se interponía y también cruzaría ese puente cuando no me quedara más remedio» (p. 295).
Se abre entonces un compás de espera preñado de posibilidades; la vida entera despliega sus opciones en todos los continentes del globo ante un jovencísimo Salinas que a sus veinte años ha vuelto de Europa, de la guerra, por segunda vez, aunque en circunstancias harto distintas de la primera, del niño que huyó de Santander a Burdeos, de allí a la casa familiar en Argelia y luego a París y al exilio americano. Cabría suponer que van a multiplicarse los ríos por cruzar, los puentes tendidos o improvisados incluso sobre botes, las avanzadillas de los zapadores, las decisiones por tomar y las que se toman a pesar de uno, y así es, pero la figura no vuelve a aparecer en el texto. O sí: en la página 319, en Nueva York, se encuentra Salinas con un amigo en busca de colegio universitario donde seguir viviendo, y «al decirle yo que no sabía si mi padre podría pagarlo, con una sonrisa pícara me replicó que de momento me olvidara de eso: “We’ll cross that bridge when we get to it”. Me hizo gracia que recurriese a uno de mis dichos favoritos».
Por la frecuencia con que aparece en el libro de Salinas, asociado a un año teñido por la guerra (don Jaime recibe la noticia de la atrocidad de Hiroshima a bordo del barco, en plena travesía del Atlántico: la guerra, que concluye oficialmente con la repetición de la atrocidad en Nagasaki, termina cuando aún no se han cumplimentado los trámites burocráticos para su reingreso en el país del que partió), supuse que la expresión bien podía tener un origen bélico. Al mismo tiempo, notaba en ella dos sabores distintos: tenía un regusto a traducción, a la vez que su carácter sentencioso, la juiciosa resignación del mensaje, la cordura que aconseja no precipitarse, un no sé qué qué sé yo fronterizo de la sabiduría budista, de las enseñanzas del Tao, que me hizo pensar en su más que probable procedencia del acervo popular, que a fin de cuentas el caudal paremiológico de muchas lenguas europeas tiene ráfagas de afinidad o parentesco indudable con el corazón de la filosofía de la vida oriental, ahora mismo no caigo en la cuenta de a quién o dónde he oído decir que China y Japón son a fin de cuentas los dos puntos que más al este quedan de Occidente.
Así las cosas, la acuñación podría estar presente en el corpus shakespeariano, en el Decamerón, en el Libro de Buen Amor o en Miguel de la Montaña. Lo raro no es que yo no me la hubiera encontrado nunca; lo de veras raro es que en un plazo tan breve haya brotado de golpe en tres textos tan disímiles: un acto de habla proferido en un bar de Madrid a comienzos del siglo XXI, unas memorias publicadas en 2003, pero cuya redacción se remonta como mínimo a una década atrás, y el trecho que rememora corresponde a mediados del siglo xx; y, en tercer lugar, digo bien, el diario de un viaje por Escocia realizado en 1773 y publicado doce años más tarde: ojeando hace un rato mi edición del Journal of a Tour to the Hebridees, de James Boswell (Oxford, 1972), el dedo se ha querido parar en la página 317, donde el biógrafo pone en boca del doctor Johnson, su acompañante en dicho viaje, y durante más de media vida, estas palabras: «We shall cross that bridge, my dear friend, as soon as and if we get to the riverbank». Y Boswell se limita a comentar que las palabras de Samuel Johnson le parecieron «quite enigmatic, not being used to hear any sophistry from his judicious lips».2
1. Es de ver que el autor de Travesías antepone una nota que empieza diciendo así: «En la edición de estas Memorias se han respetado algunas idiosincrasias de mi castellano: galicismos, anglicismos o “salinismos”» (p. 11).
2. «Cruzaremos el puente, mi querido amigo, tan pronto como y si es que llegamos a la orilla». (...) «Bastante enigmáticas, por no estar habituado a oír ningún sofisma de sus juiciosos labios».

Don Jaime

A Cata;
a Marta, aunque sea un poco

La muerte cabrona se amontona. La muerte puta se junta. No repuesto de la pérdida de Lynda, viene hoy la noticia de que nos hemos quedado sin don Jaime, que en el fondo llevaba años muriéndose en la Islandia almeriense de su feliz adopción.
         Sobre «the Grim Reaper» seguro que Jorge Manrique tiene una traducción, original e infinitamente mejor que «la muerte puta». Y sobre Manrique mucho sabía  don Jaime, no sólo por su padre.

En los años noventa, a primeros, o lo acompañaba la madre de mis hijos mayores al edificio de Juan Bravo (si viajaba antes de las nueve), o lo acompañaba yo, porque detestaba viajar solo en metro, de Latina a Núñez de Balboa. Luego nos invitaba, por la tarde, a tomar un gintónic (y don Francisco Rico, que fue su amigo, este verano me prometió que introduciría esta voz en el DRAE, fumando o sin fumar) en su casa heredada de la calle don Pedro, que parecía sólo por el nombre (qué techos, qué salones, aun siendo planta baja) un homenajón a su padre, que fue dueño de esa casa antes de tener que marcharse a las Américas. «Qué alegría… vivir sintiéndose vivido. Rendirse / a la gran certidumbre, oscuramente, / de que otro ser, fuera de mí, muy lejos, / me está viviendo. / Que cuando los espejos, los espías, / azogues, almas cortas, aseguran / que estoy aquí, yo, inmóvil, con los ojos cerrados y los labios, / negándome al amor / de la luz, de la flor y de los nombres, / la verdad trasvisible es que camino sin mis pasos, con otros, / allá lejos, y allí / estoy besando flores, luces, hablo.»
Es tópico citar La voz a ti debida, vida, lo sé, hablando ahora de don Jaime. Pero es el poemario de amor más bello que conozco, el que dedicó su padre a su madre. (Lo tenía mi ex entre sus pocos libros.)
En Argel nació, en Islandia se nos muere el gran caballero de la edición. En metro, Marta lo podrá decir mejor que yo, que fue más veces con él de Latina a Núñez de Balboa, era un hombre de a pie. O sea, un gran caballero de la edición. En su casa, gintónic en mano, era un caballero como una catedral. Afable. Llano.
Aquellos últimos años de ejercicio profesional suyo, después de Seix y Alfaguarra (he puesto dos erres, ya lo sé), a los jóvenes y las jóvenes que íbamos con él en metro, también a la vuelta al barrio, mitologías aparte, nos sirvieron de mucho más de lo que ninguna palabra mía podría expresar.
Dediqué, a su autobiografía manca, Travesías, dos o tres trujamanes. Llegué a inventarme una cita de Boswell para explicar una locución suya que mi hermano Juan utilizó mucho, aquella sobre el río y el puente y la hora de cruzarlos.
Nos faltaba islandesamente, pero allí estaba don Jaime. Not anymore. Y en cambio sigue siempre viajando conmigo en la línea verde. De Latina a Núñez de Balboa.

viernes, 21 de enero de 2011

Ventear, aventar. Avenir.

Me levanto de la cama: es un gesto inconsciente. No lo es tanto ponerme unos calcetines, porque hace un frío que cuaja, y el lucero del alba (¿o sigue siendo Venus, si desde donde yace ve cómo Venus nace?) plantado en medio del balcón y bien anaranjado. Con un buen té entro en calor ahora que se está acabando, como mi mal me. Los gitanitos del barrio arrancan sus furgonas. Pensamientos telegramáticos, lenguaje bloguero, no sé yo si te o me. Ahora que los perros callan, denuncia previamente interpuesta, ladran los gallos otra vez. Será que ventean la muerte. Ventear es todo lo contrario de aventar, verbo descubierto de adolescente en Miguel Hernández, antología de Taurus que fue de la tía Concha (¿la conservo aún, con el retrato a tinta del poeta que hizo Buero Vallejo en cubierta, encarcelados los dos en Alicante?). Creo que no. Decía, en «Vientos del pueblo», «me esparcen el corazón y me avientan la garganta».
Más o menos a la misma hora en que moría mi amiga L. la semana pasada, estando yo en Nerja sufría una especie de espasmo intercostal que no se me ha pasado, pero que me parece que remite. 48 horas más tarde, en medio de la humedad del suelo de una bajera de la calle Gaztambide, en Pamplona, a la vez que un transportista se llevaba una treintena de cajas de mi ya descarajada biblioteca, mi ex encontraba ―y no es azar― una carta de mi amiga L., de la que voy a reproducir ―a traducir― un párrafo. Mi ex me copia la carta en un archivo tif que tarda un año en abrirse, y aún no amanece. Me dice: «Supongo que esto es tremendamente emocionante. A mí me ha dejado completamente impactada. Con el movimiento de cosas, cajas, ropas, bolsos y demás ha quedado en el suelo, cerca de la humedad, y el sexto sentido me ha hecho mirar qué era, ya que estábamos con la cabeza en tirar todo lo que pudiésemos. Me he quedado paralizada. He guardado la carta en tu estantería como quien guarda un tesoro que no puede decirle a nadie que ha encontrado. En un principio no te lo iba a decir tan pronto, pero he pensado que es una cosa tuya y mi voluntad no manda. Es su magia, y su luz la que se ha hecho presente, y te pertenece, la que Ella te da, la que está en ti. Disfrútala, Miguel. Todo esto te digo, sin saber lo que dice». (Porque la carta de L. viene en inglés, y mi ex pues no.) Añade que «te la guardo entre tus mejores libros, entre tus tesoros».
Si hay alguien más lista que el hambre, ésa es mi ex. Que además es guapa que no veas. Aunque haya que corregirle las tildes.
En esta madrugada no la voy a volver a leer. Pero sí quiero reproducir, digo traducir, para mi ex, el penúltimo párrafo. Dice L.:

Espero de veras que tu conferencia en Granada salga adelante para que puedas venir a vernos. Y también espero que la afluencia de los trabajos de traducción se mantenga. Repasando tu carta, veo que me dices que Samuel se ha hecho mayor y está bien majo, aunque un poco exigente, cosa que atribuyes a que es hijo único, aunque yo te diría que ser exigente es sinónimo de ser niño, sobre todo en momentos muy concretos de la infancia. Recuerdo un momento en que a mis hijos, a mi hija E. en particular, no le hacía ninguna gracia que yo hablase con otras personas y me exigía toda mi atención. He visto que esto sucede en otras familias y me ha llamado la atención este comportamiento, que seguramente indica un momento de inseguridad (y, por tanto, de sensibilidad especial) en relación con la identidad del niño, siendo sus padres una especie de depósito de la energía que el niño proyecta. Tú, pese a ser padre, estás dando a otros lo que el niño necesita desesperadamente para sí y para consolidar el sentido que de sí tiene. A fin de cuentas, seguramente eso es lo que significa toda la exigencia.

Si ella ―mi ex― se anonada, yo me quedo ojoplático. Oséase, atónito, Cuánta razón, cuán sabias las palabra de L. Y qué inmensa la amabilidad de mi ex. Inmensa como su sabiduría y su belleza. Lo de menos son las tildes.
         La carta de L. no tiene fecha, pero la cifro en 2006, más o menos. La conocí en 2003 y se nos acaba de morir. Venteando el aire del amanecer con el té en las manos y el lucero del alba enfrente, aunque sea Venus, y aventando mi pena, pienso en el avenir, léase, en el futuro, que será largo, ya lo decía el filósofo marxista asesino. Ojeo la prensa, veo la autoconmemoración de Babelia, merecida, y me acuerdo de cuando Babelia aún no era Babelia, y era el suplemento de Letras y artes, o al revés, o Artes y pensamiento, no me acuerdo, con nostalgia me acuerdo.  Y vaya si cantan los gallos, más que ladraban los perros. Me acuerdo de Conte, un padrazo. Veo el retrato de grupo ―hilarante― que se cascan los editores al señalar cada cual su momento señero de estos 20 años. Veo los retratos individuales que hace cada uno de sí y ya no me río tanto.
         Y como ya me he alargado más de la cuenta, cierro el chiringuito. La semana que viene no habrá entrega, que me voy a Madrid con el frío, a ver a los editores amigos y a mi hija. Ahora voy a ver si los dedos me siguen la velocidad del pensamiento. Voy a ver. Si.

PS:  Aquí, el obituario escrito a medias con Lucas Martín: http://www.elpais.com/articulo/Necrologicas/Lynda/Nicholson-Price/musa/poeta/traductora/elpepinec/20110123elpepinec_1/Tes